Guadalajara,  Pueblos Mágicos

Castillo de la Piedra Bermeja en Brihuega, uno de los cementerios más singulares de España

Reconozco que me cuesta un poco eso de visitar cementerios cuando voy de viaje.

¡No te voy a mentir!

Me da la sensación de que estoy invadiendo un espacio que no me pertenece.

Pero con el Castillo de la Piedra Bermeja de Brihuega, en Guadalajara — luego te cuento la leyenda asociada a su nombre — me tuve que tragar mis prejuicios.

No es un monumento al uso, y quizá por eso llama tantísimo la atención.

Ahí donde está, en las alturas y al borde de un precipicio, parece que va a salir rodando por el barranco del Tajuña, y dentro, en vez de encontrar armaduras de cartón piedra, te encuentras con la vida (y la muerte) real del pueblo.

Sus grietas del gótico, su base árabe y los nichos familiares están ahí, todos mezclados, como si fuera lo más normal del mundo.

Si quieres ver un sitio que no se parece a ningún otro castillo que hayas pisado, tienes que subir hasta aquí.

¿Qué te parece el plan? Suena raro, lo sé, y puede dar un poco de respeto, pero no tiene nada de lúgubre.

¡Créeme!

Un repaso rápido a su historia

Lo primero que tienes que saber es que este castillo no nació para ser un cementerio, ni siquiera para ser el palacio elegante que sugieren sus arcos.

Su historia es una sucesión de «remiendos» arquitectónicos que, sorprendentemente, funcionan bastante bien.

Y todo empieza en el siglo XI.

En ese momento, Brihuega era territorio andalusí y lo que había aquí era una alcazaba (una fortaleza militar, ya sabes).

Los constructores árabes no eran tontos: eligieron el punto más alto del espolón rocoso para vigilar quién venía por el valle del Tajuña.

De esa época todavía queda la base de gran parte del recinto — esa robustez que parece nacer de la propia montaña — y ese color rojizo de la piedra que le da nombre.

Sin embargo, el giro de guion más importante llegó tras la reconquista, cuando el rey Alfonso VI decidió regalarle la villa a los Arzobispos de Toledo.

Esto cambió el ADN del edificio para siempre, porque dejó de ser solo un cuartel para soldados y se convirtió en una residencia de verano para los poderosos prelados toledanos.

El gran responsable de lo que vemos hoy fue el arzobispo Rodrigo Ximénez de Rada en el siglo XIII.

Fue él, el mismo que impulsó la Catedral de Toledo, quien decidió que un castillo militar también podía ser elegante y mandó construir la joya del recinto: la Capilla de la Veracruz, que está adosada.

Es por su culpa — en el mejor de los sentidos — que hoy al entrar te encuentras con esas bóvedas de crucería y ese gótico temprano del siglo XIII que te descoloca totalmente en medio de tanta piedra ruda.

Pero ya sabes como es esto…

Con el paso de los siglos, como le pasó a casi todo el patrimonio en España, el castillo recibió golpes de todos los colores.

Aguantó la Guerra de Sucesión y quedó bastante maltrecho tras el paso de las tropas francesas en la Guerra de la Independencia.

Para principios del siglo XIX, el edificio era poco más que una cáscara vacía.

Eso sí, su verdadero cambio de destino no le llegó por una batalla, sino por una emergencia sanitaria: entre 1833 y 1835, un total de cuatro epidemias de cólera morbo golpearon con una fuerza brutal a la población de Brihuega y las autoridades se vieron desbordadas.

Hasta entonces, lo normal era enterrar a los fallecidos en las parroquias del centro, pero el miedo al contagio y las nuevas leyes de higiene obligaron a buscar un lugar ventilado y alejado de las casas de forma inmediata.

El Castillo de la Piedra Bermeja, que por aquel entonces estaba medio en ruinas, se convirtió en la solución de urgencia perfecta.

No había tiempo para construir un cementerio nuevo mientras el cólera segaba vidas, así que el antiguo patio de armas se habilitó como camposanto para proteger la salud de los que seguían vivos.

¡Y ya ves! Lo que nació como una medida desesperada para frenar una tragedia médica acabó salvando al propio monumento de la desaparición.

De hecho, ¿te acuerdas del profesor Max? Pues está enterrado aquí. ¡Búscalo!

Una vistas privilegiadas

Si vas con prisa, te vas a perder lo mejor.

Hay mucha gente que entra al castillo, da una vuelta rápida por el cementerio y se va sin asomarse a disfrutar de las alturas.

Y te aseguro que la magia de este sitio está en lo que hay justo ahí.

Como te decía antes, el Castillo de la Piedra Bermeja está colgado literalmente sobre un tajo de roca, y esa sensación de vértigo es lo que te hace entender por qué los árabes se pegaron por este trozo de tierra hace mil años.

Si está abierto, entra en el castillo, sube por las escaleras de caracol que encontrarás a tu derecha y sube directamente a la azotea.

Da igual la época del año, desde ahí arriba Brihuega se ve minúscula, con sus tejados apretados y todo el valle del Tajuña para ti solo.

Es el punto perfecto para desconectar del mundo un segundo y darte cuenta de que, aunque el pueblo sea famoso por sus flores, el verdadero «balcón» de la Alcarria es este pedrusco bermejo.

Si no te asomas aquí, es como si no hubieras estado en Brihuega. ¡He dicho!

¿Te ibas a ir sin conocer la leyenda?

No, hombre, no. ¡Gracias por leer el post hasta el final!

Mira, está muy bien saberse la historia, las fechas y los estilos arquitectónicos de un edificio, pero lo que realmente le da vida es lo que se cuenta en las plazas del pueblo acerca de él.

De hecho, si visitas el pueblo el 15 de agosto, día de su patrona, fíjate bien: la piedra brilla con un rojo mucho más fuerte, como si la herida de Elisa volviera a abrirse para que nadie se olvide de lo que pasó.

Es de esas leyendas que, te las creas o no, te hacen mirar los muros del castillo de otra manera cuando los tienes delante, ¿no crees?

Información práctica

Antes de que te lances a la carretera, hay un par de cosas que tienes que tener en cuenta.

No hay nada que dé más rabia que llegar a un sitio como este y darte cuenta de que no conocías bien los horarios o que has aparcado a kilómetros de donde querías estar, ¿verdad?

Pues para que tu visita sea tan tranquila como el propio cementerio, te he resumido aquí todo lo que necesitas saber antes de ir.

¿Cómo llegar?

Para que no tengas excusa, aquí tienes el desglose de cómo plantarte en Brihuega, vengas de donde vengas y elijas el transporte que elijas.

Si te mueves en coche, que suele ser lo más cómodo para explorar la Alcarria a tu aire, Brihuega está a tiro de piedra de la A-2.

Si sales desde Madrid, tardarás poco más de una hora, ya que está a menos de 100 kilómetros. Si vienes desde Guadalajara, la tienes a la vuelta de la esquina: en unos 25 o 30 minutos por la misma autovía y luego cogiendo el desvío de la CM-2011, ya estás allí.

Una vez en el pueblo, mi consejo es que no intentes meter el coche hasta la puerta del castillo. Las calles son estrechas y es fácil acabar encajonado; lo mejor es aparcar en la zona de la Plaza de Toros o en el aparcamiento que hay a la entrada y subir dando un paseo, que en 10 minutos te plantas en la zona alta.

Si pasas del coche y prefieres el transporte público, también se puede, aunque requiere un poco más de puntería con los horarios.

La opción más lógica es ir primero a Guadalajara — tienes trenes de Renfe Cercanías cada poco tiempo desde Madrid — y, una vez en la estación de autobuses de Guadalajara, coger un bus de la empresa Samar.

Estos autobuses te dejan en el centro de Brihuega en unos 45 minutos.

Eso sí, un aviso importante: suele haber un par de frecuencias al día, así que antes de lanzarte a la aventura, echa un ojo a la web de Samar o llama a la estación para confirmar que no te vas a quedar colgado, especialmente si es fin de semana.

No es el viaje más rápido del mundo, pero cruzar la Alcarria en bus tiene su punto porque vas viendo cómo cambia el paisaje y te vas metiendo en ambiente antes de llegar.

Horarios y tarifas

Aquí hay que prestar atención.

Al ser un cementerio municipal, el recinto suele estar abierto todos los días, de lunes a jueves desde las 9:00 hasta las 15:00 y de viernes a domingo hasta las 18:00.

Sin embargo, si lo que quieres es ver es el interior del castillo y subir a la azotea, aquí los horarios cambian:

  • En invierno (del 1 de octubre al 31 de mayo): solo abren los fines de semana, festivos y puentes. El horario es de 11:00 a 14:00 y de 16:00 a 18:00. No te despistes por la tarde que cierran pronto.

  • En junio y septiembre abren de martes a domingo. Por la mañana sigue igual (11:00 a 14:00), pero por la tarde alargan hasta las 20:00 (de 17:00 a 20:00) para aprovechar que anochece más tarde.

  • En julio y agosto es la temporada fuerte de visitas, así que abren todos los días de la semana. El horario es el de verano: de 11:00 a 14:00 y de 17:00 a 20:00.

Un par de consejitos de viajera: no llegues con el tiempo justo porque el último pase es 15 minutos antes del cierre y, si vas en Navidad, ten en cuenta que cierran los días 24, 25 y 31 de diciembre, y el 1 y 6 de enero.

Como ves, lo mejor de este sitio es que, al ser también el cementerio, a veces puedes pasear por el recinto fuera de estas horas si la puerta principal está abierta, pero para subir a lo más alto y ver el interior del castillo sí o sí te toca cuadrar con estos turnos.

En cuanto a conocer la Capilla de la Veracruz por dentro, eso ya depende de las visitas guiadas que organiza la oficina de turismo. Mi consejo es que te pases primero por allí, en la Plaza del Coso y preguntes.

Entrar a todo suele costar 2€, un precio bastante simbólico para lo que vas a ver.

Consejitos de viajera

Voy a ser hiper breve, porque realmente solo tengo un par de consejos importantes que darte.

Primero, un detalle importante si vas en julio: Brihuega se pone hasta arriba por el Festival de la Lavanda.

Es la época más bonita por el color de los campos, pero también la más agobiante. Si puedes, ve un día de diario o prepárate para compartir las vistas con bastante gente.

Si buscas esa paz de la que hablábamos antes, cualquier fin de semana de otoño o primavera es perfecto porque el castillo vuelve a ser un rincón silencioso.

Y un último favor: acuérdate de que, aunque para nosotros sea un monumento fascinante, para la gente de Brihuega es su cementerio.

No hace falta que nadie te lo diga, pero conviene entrar con un poco de respeto, sin armar mucho jaleo con las fotos y respetando la intimidad del lugar.

Es un sitio para disfrutar con los ojos abiertos y la boca lo más cerrada posible.

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