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Confesiones de una viajera terrible (vol. 1): disfrutar de los clichés sin sentirte culpable

A veces, el mayor lujo de viajar no es llegar donde nadie ha llegado, sino permitirse disfrutar de lo que tienes delante sin juzgarlo.

Y muchos creadores de contenido vivimos bajo la tiranía del «secreto mejor guardado».

Pero el tiempo me ha enseñado una lección inesperada: la verdadera libertad no es el acceso a lo exclusivo, sino la pérdida del miedo al ridículo.

Me he cansado de fingir que no me muero por comprarme esa sudadera que tiene el nombre de la ciudad que estoy visitando. ¡Y las sigo comprando!

La mayor credibilidad es la honestidad.

Así que sí, este post es un abrazo a mi «yo» turista, esa que se maravilla con «lo típico» y que también quiere ver los sitios que salen en las postales.

En este primer volumen de Confesiones de una viajera terrible, quiero que hablemos de esa culpa invisible que nos persigue cuando hacemos algo «común».

Quiero reivindicar el placer de las masas, la comodidad de lo previsible y la alegría de ser una turista más en la cola de la atracción principal de una ciudad.

Porque esa parte del viaje también tiene su sitio, ¿no?

¿Viajar se ha vuelto un examen?

Durante la última década, se ha gestado una especie de guerra fría silenciosa en las redes sociales.

Por un lado están los «turistas» — vistos casi siempre como una plaga de sombreros de paja y cámaras al cuello (aunque no sean así) — y por otro, los autodenominados «viajeros» o «exploradores».

Esta élite del viaje parece poseer un código moral superior: si no aprendes el dialecto local, si no te has perdido en un bosque sin cobertura o si has comido en un restaurante con menú en inglés, tu experiencia no es «real».

¡Qué agotador!

Las redes nos han empujado a una competición absurda por ver quién es más alternativo, quién llega más lejos y quién descubre el rincón más vacío.

Hemos convertido nuestros ratitos de ocio en un ejercicio de estatus, donde el valor de un viaje se mide por lo poco que se parece al de los demás.

Y os lo digo yo, que siento esa presión en cada foto y en cada recomendación: intentar ser «auténtica» las 24 horas del día es la forma más rápida de dejar de disfrutar del mundo.

Por eso he decidido que me planto.

Esa distinción entre «yo viajo y tú solo visitas» es, en el fondo, una forma de inseguridad.

Reivindico que ser turista no es un pecado, es un estado de curiosidad pura.

  • Es permitirte mirar hacia arriba con la boca abierta aunque sea la enésima vez que pasas por delante del Big Ben.

  • Es aceptar que si un lugar recibe millones de visitas al año, suele haber una razón poderosa (y hermosa) detrás, y no tienes por qué negarte a verla solo para mantener una imagen de «exploradora intrépida».

  • Es entender que la «autenticidad» no está en el lugar, sino en cómo tú lo vives.

Eso sí, no me malinterpretes. No hay nada malo en buscar «lo secreto».

Yo sigo buscando ese cosquilleo que siento al encontrar una cala desierta o un café escondido que no tiene ni cartel en la puerta.

Hay una magia innegable en el descubrimiento, en el silencio y en lo que requiere un esfuerzo extra. Ese es un lado maravilloso de viajar.

Pero aquí está el matiz: buscar lo exclusivo no debería invalidar lo compartido. No hay por qué elegir un bando.

3 pecados capitales que son placeres divinos

Para este primer volumen, he seleccionado tres clásicos que solemos criticar en público pero que, si somos honestos, tienen un hueco en nuestro corazón viajero.

Vamos a quitarles el estigma.

1. El autobús turístico

Durante años, los miré pasar en mi ciudad con una mezcla de lástima y superioridad.

«Pobres, ahí metidos, viendo la ciudad a través de un cristal».

Qué equivocada estaba. El autobús de dos plantas no es solo un transporte; es una herramienta logística brillante.

Imagina que acabas de aterrizar, tienes jet lag y la ciudad es un laberinto.

En una hora, sentado estratégicamente en la planta de arriba, tienes el mapa mental hecho. Ves las distancias reales, descubres barrios que no estaban en tu radar y, lo mejor de todo, descansas los pies.

Y para mí no es falta de espíritu aventurero, es eficiencia. Es un spoiler de la película que vas a vivir los próximos días.

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2. El souvenir «hortera» de 2€

Vivimos en la era del minimalismo nómada y las casas de revista, donde parece que solo está permitido comprar artesanía local de comercio justo o piezas de diseño únicas.

Pero hablemos de ese imán de nevera con relieves de colores o de la mítica bola de nieve que brilla demasiado.

Estos objetos, querido lector, no intentan ser arte. ¡Así que no les busques el lado artístico!

Por el contrario, son lo que yo he decidido llamar «disparadores de memoria».

Cada vez que abres la nevera para comerte un yogur, ese imán te lleva de vuelta a una tarde con tu marido en Roma o a una risa compartida con tus amigas en el zoco de Marrakech.

Ocupan poco, cuestan todavía menos y encierran una historia que una pieza de cerámica minimalista — que te costó 10 veces más y que no sacas de un mueble porque te da miedo que se rompa — no siempre tiene.

Así que no te metas con quien los compre, ¿vale?

3. La foto típica que tiene medio mundo

Hay una tendencia a decir: «yo no me hice esa foto porque es de guiri».

Y yo me pregunto: ¿de verdad te vas a ir de Pisa sin una foto sujetando su torre solo por ser «cliché»?

Disfruta del momento, haz click y guarda la cámara. El mundo no se va a acabar porque tu carrete se parezca al de otra persona…

Tu recuerdo es solo tuyo.

Y si, de paso, te echas unas risas sabiendo que desde fuera pareces imbécil, pues «hakuna matata».

¿Tú sabes lo estupenda que me sentía con mis boinas en París? ¡Eso no me lo quita nadie!

¿Qué nos estamos perdiendo?

Llegados a este punto, toca hacernos una pregunta: ¿cuánto nos está costando mantener nuestra reputación de viajeros expertos?

Porque la realidad es que el miedo a parecer un «turista más» no es solo una cuestión de estética, sino también una barrera que nos priva de experiencias genuinamente divertidas.

El ego es un compañero de viaje pésimo que siempre nos está susurrando al oído: «No entres ahí, es demasiado obvio», «No pidas eso, es lo que piden todos», «No te rías tanto, que pareces un novato».

¡Bah!

Al final, por intentar seguir esta lista de reglas sobre lo que es guay y lo que no, terminamos convirtiendo nuestras vacaciones en una jornada laboral de marketing personal.

Nos fuimos de viaje para escapar de la rutina y las expectativas de nuestro día a día, ¿verdad?

Entonces, ¿por qué permitimos que un algoritmo o el juicio de unos desconocidos en internet dicten cómo debemos vivir un destino?

La libertad de viajar debería ser, precisamente, la capacidad de elegir qué nos hace felices en cada momento.

Si un día te apetece perderte por un barrio que no sale en los mapas, hazlo. Es maravilloso.

Pero si al día siguiente lo que más te apetece es beberte un smoothie en las escaleras del Museo Metropolitano de Arte de Nueva York porque te hace sentir dentro de una serie de los 2000, hazlo también.

Nos estamos perdiendo la risa floja y la sorpresa genuina por miedo a no encajar en los moldes.

Y si el viaje no es libertad, es simplemente un traslado. Y la libertad empieza cuando dejas de pedir permiso para disfrutar de lo que te apetece.

Mini-guía de supervivencia: pecar con estilo

Si vas a ser una viajera terrible, hazlo bien.

Aquí mis reglas de oro para abrazar el cliché sin perder la cordura (ni la dignidad):

  • Si vas a hacer la foto más típica del mundo, hazla con la mejor luz. El cliché duele menos si la foto es espectacular. Madruga o espera al atardecer. El monumento es el mismo, pero tu recuerdo tendrá otro nivel.

  • Identifica las trampas para turistas y de qué tipo son. ¡No todas son iguales! Un restaurante con fotos de comida plastificada en la plaza principal suele ser un «no» rotundo. Pero una cafetería histórica, aunque sea más cara, es una inversión en «vistas y experiencias». Paga ese extra por el sitio, no solo por el café.

  • Si te da vergüenza sacar tu palo selfie o tu mapa gigante, hazlo con una sonrisa. No hay nada que desarme más a un criticón que ver a alguien disfrutando genuinamente de algo simple. La confianza es el mejor accesorio.

  • Aplica el 70/30. ¡Mi fórmula secreta! Dedica el 70% de tu viaje a explorar, caminar y buscar lo local, pero reserva un 30% para ser una turista sin filtros. Súbete al bus, compra la sudadera, entra en la tienda de souvenirs. Ese equilibrio es el que te mantiene vivo.

¿Conclusión? El mundo es tu patio de recreo.

La vida es demasiado corta para viajar con la sensación de que te están examinando.

Al final, cuando pasen los años, no te acordarás de si el restaurante donde cenaste era el más «instagrameable» de la ciudad, sino de lo mucho que te reíste intentando que no se te cayera el helado mientras te hacías una foto.

Viajar es, por encima de todo, un acto de alegría.

Así que, por favor, la próxima vez que sientas ese «ay, qué vergüenza, esto es muy de guiri», hazlo el doble de fuerte.

Y ahora cuéntame tú, ¿cuál es ese «pecado» de turista que cometes una y otra vez y que te da un poquito de vergüenza admitir? Confesiones en los comentarios, prometo que este es un espacio libre de juicios.

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