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Guía de supervivencia veraniega: trucos para viajar con calor (y no discutir con nadie)

Estás en Sevilla a las cuatro de la tarde o cruzando la Gran Vía de Madrid en pleno julio.

Llevas la mochila pegada a la espalda, el aire caliente te da directamente en la cara y, de repente, tu compi de viaje suelta el primer bufido del día:

¿No podíamos haber ido a la playa este año?

En ese instante, el gótico, el románico y la belleza del destino te dan exactamente igual. Solo quieres que la tierra te trague — porque seguramente lleve razón — o empezar una discusión histórica.

Si esto te suena familiar, tengo una mala noticia para ti: el termómetro ha secuestrado tu viaje.

Y es que, querido lector, has de saber que el «mal humor térmico» no es una excusa; es ciencia: está comprobado que las altas temperaturas elevan los niveles de cortisol e irritabilidad.

Pero como aquí hemos venido a disfrutar, he preparado esta guía de supervivencia para que el calor extremo no destruya tus vacaciones (ni tus relaciones).

Todo en clave de humor, por supuesto. Porque con esta ola de calor, ¿quién tiene el cerebro lo bastante fresco como para tomarse la vida en serio?

¿En qué fase está tu viaje?

Antes de que la sangre llegue al río, hay que aprender a detectar los síntomas del colapso térmico en el grupo.

Y es que el mal humor por calor no llega de golpe, sino que te va poseyendo poco a poco. Es un proceso de degradación psicológica que casi siempre sigue los mismos tres pasos:

  • Fase 1: el optimismo sudoroso, o la fase de negación. Sales de tu alojamiento a las 10:00. Hace calor, sí, pero tú tienes un itinerario precioso por delante. Te pones crema, te ajustas las gafas de sol y piensas cosas como: «Bueno, es verano, es lo que toca». Te haces la primera foto del día y, aunque ya notas la primera gota de sudor bajando por la espalda, mantienes la compostura y la sonrisa. Todavía eres un ser civilizado.

  • Fase 2: el síndrome del «buscador de sombra», o la fase táctica. Son las 12:30. El sol ya no acompaña, ahora castiga. El viaje deja de ser turístico y se convierte en una gymkana de supervivencia. Empezáis a caminar en fila india, pegados a las fachadas para arañar un centímetro de sombra. Aquí aparece la primera grieta en la relación: si tú te paras a hacerle una foto a un balcón bonito obligando a tu acompañante a esperarte dos segundos al sol, te va a mirar mal. El lenguaje corporal se vuelve rígido, pero todavía os controláis.

  • Fase 3: la hostilidad silenciosa, o la fase del bucle. Son las 15:00. El aire te devuelve el calor en la cara y el cerebro se te está cociendo a fuego lento. Ya no hay conversación, solo un silencio pesado cortado de vez en cuando por una queja en bucle: «Qué calor, de verdad, es que qué calor» (como si repetirlo fuera a bajar el termómetro). Entráis en modo ahorro de energía total. Si hay que decidir dónde comer y la primera opción está cerrada, nadie propone una alternativa. Os limitáis a miraros con cara de: «Como me hables un tono más alto de lo normal, la tenemos».

Si estás en la fase 1, tranquilo. ¡Todavía hay esperanza para ti! Sigue leyendo y aplica la prevención.

Si te encuentras en la fase 2, mucho ojo, porque estás entrando de lleno en la zona de riesgo. Tu paciencia se está evaporando por momentos y lo sabes perfectamente.

Ahora bien, si te has plantado de golpe en la fase 3, esto es un código rojo en toda regla y tienes que abortar la misión de inmediato.

Necesitas un reseteo térmico de urgencia si quieres volver a casa con la misma pareja, familia o amigos con los que saliste.

Manual de supervivencia: ¡10 trucos!

Ahora que ya sabes identificar en qué fase de mutación térmica te encuentras, toca sacar la artillería pesada.

Estos son los trucos reales que van a salvar tus vacaciones de la quema.

  1. Pactar «la tregua de la bebida fresquita». Está terminantemente prohibido tomar decisiones importantes bajo el sol. Si estás perdido, no encuentras el restaurante o no das con tu destino a 38ºC, no te pongas a debatir con nadie en mitad de la calle. La primera norma debe ser buscar el primer local con aire acondicionado, pedir algo fresquito de beber y, solo entonces, hablar. Así se piensa mucho mejor.

  2. Tener un pequeño «presupuesto de rescate». A veces, por querer ahorrar unos euros, nos metemos unas caminatas absurdas a las tres de la tarde que no tienen ningún sentido. Si notas que la tensión empieza a subir por el calor, no lo dudes: coge ese taxi, vete al metro o súbete a un autobús.

  3. Abraza el «turismo de refugio» y copia a los locales. No intentes ser un héroe. España está llena de refugios climáticos históricos maravillosos. Aprovecha las horas centrales de calor para meterte en catedrales o iglesias de piedra gruesa donde siempre hace fresco de forma natural, descubre los patios interiores andaluces o visita los grandes museos nacionales, donde el aire acondicionado es gloria bendita. Y si no hay nada de esto a mano, haz lo más inteligente que se ha inventado en este país: abraza la cultura de la siesta y quédate en el hotel.

  4. Divide y vencerás (y hazlo sin montar un drama). La tolerancia al calor es como el gusto por el picante: cada persona tiene el suyo y es totalmente biológico (depende de la tasa de sudoración y la tensión arterial de cada uno). Si tú te estás derritiendo y necesitas parar, pero tu pareja o tu amigo tiene energía para verse tres monumentos más bajo el sol, normalizad el separaros un par de horas. No pasa nada. Uno se puede ir a una cafetería mona con aire acondicionado a leer o a mirar el móvil, y el otro puede seguir devorando la ciudad. El reencuentro al atardecer, con unos cuantos grados menos, será mil veces mejor.

  5. El truco japones del aire acondicionado en el coche. El error más típico es subirse en el coche, cerrar las puertas y poner el aire a tope, pero esto solo consigue remover el aire ardiente y desesperaros más. Los japoneses recomiendan hacer el «truco del abanico»: baja la ventanilla del copiloto y abre y cierra la puerta del conductor cinco veces seguidas. Al parecer, esto expulsa el aire caliente del interior en segundos y baja la temperatura casi 10 grados. Luego, arranca con las ventanillas bajadas un par de minutos y, entonces sí, enciende el aire.

  6. Desayuna como un campeón, pero come como un pajarito. La digestión genera calor interno. Si te metes un menú del día contundente con su cocido o su carne en salsa en Madrid o Córdoba, tu cuerpo va a colapsar. Dedicarás toda tu energía a digerir, te entrará un sueño insoportable, sudarás el doble y estarás de un humor de perros. En verano, haz un desayuno fuerte tempranito y, a mediodía, opta por ensaladas, platos fríos o fruta con mucha agua (como el melón o la sandía, por ejemplo).

  7. Cuidadito con la falsa frescura del alcohol o del café con hielo. Sé que cualquiera apetece un montonazo cuando hace calor, pero ojo. Tanto el alcohol como la cafeína son diuréticos y aceleran la deshidratación, además de alterar la vasodilatación, lo que hace que tu cuerpo gestione peor el calor. No te digo que te prives de tu caña veraniega, pero aplica la regla del uno por uno: por cada cerveza o café que te tomes, pídete un vasito de agua. ¡Notarás la diferencia!

  8. Lleva un kit de «primeros auxilios» para el calor en la mochila. Como buena creadora de contenido, mi mochi en verano parece una farmacia. Hay cuatro cosas que te pueden salvar la vida en un apuro: un abanico, toallitas refrescantes para limpiarte la cara y el cuello, una botella de agua de acero inoxidable y caramelos o chicles de menta fuerte. Esto último es porque el mentol estimula los receptores de frío de la boca y le manda al cerebro la señal de que estás fresco, engañando al cuerpo justo cuando necesitas un último empujón para llegar a algún sitio.

  9. Despídete del algodón, querido lector. El algodón absorbe la humedad pero no la evapora, por lo que acabas con la camiseta empapada y pegada a la espalda todo el día (¡hola, rozaduras y malestar!). Para viajar con estilo y estar fresco, pásate al lino o a las fibras transpirables de las marcas de deporte. Vas a sudar igual, pero tu ropa se secará al vuelo y tú te sentirás limpito y cómodo.

  10. Empieza el viaje a las 8:00, paúsalo a las 12:00 y vuelve a la carga a las 20:00. Planifica tu día para que las visitas exteriores (repito: ¡exteriores!) fuertes empiecen muy temprano o a partir de las 20:00. Las ciudades españolas cambian por completo al atardecer, los monumentos se iluminan, las terrazas se llenan de vida y corre una brisita que te devuelve las ganas de vivir.

El verano está hecho para bajar el ritmo

Solemos olvidar con mucha facilidad que las vacaciones de verano nacieron para parar y descansar y no para ir tachando monumentos de una lista como si siguiéramos trabajando en la ofi.

Querido lector, no pasa absolutamente nada por perderse una visita guiada o por renunciar a cruzar media ciudad bajo el sol a cambio de quedarse viendo la vida pasar desde un banco a la sombra con un helado en la mano.

Los mejores recuerdos de un viaje también son esos momentos de paz en los que se disfruta del destino y, sobre todo, de la compañía.

El verano es demasiado corto como para pasárselo entero discutiendo por culpa del calor.

Así que, antes de cerrar la maleta y poner rumbo a tu próximo destino, hazme un favor: mándale este artículo a tu(s) compi(s) de viaje y firmad un «acuerdo de paz» antes de salir de casa.

Pactad que vais a abrazar la siesta y los momentos de parón y que la prioridad absoluta de vuestro viaje va a ser cuidaros el uno al otro (aire acondicionado mediante).

¿Crees que podréis hacerlo?

¡Y ahora te toca! Confiesa en los comentarios: ¿eres de los que prefiere exprimir el día a 40ºC cueste lo que cueste o te unes al club de los que abrazan la siesta sin ningún tipo de remordimiento?

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