Manual para viajar con fantasmas: entre el rigor de la historia y el mapa de la imaginación
Confieso que soy una viajera de ausencias.
Me paso media vida persiguiendo a gente que nunca me devuelve el saludo, simplemente porque no existen fuera de mi cabeza (o porque llevan siglos bajo tierra).
Hay algo profundamente romántico, y quizá un poco melancólico, en organizar un viaje entero basándote en un mapa que no ha dibujado ningún cartógrafo, sino un escritor, un director de cine o, por qué no, un personaje de ficción.
Viajar con un fantasma al lado es la cura definitiva contra la soledad.
¡Siempre te acompaña alguien!
En este modo de viaje no vas a ver monumentos, sino a comprobar si el aire todavía conserva el peso de esa historia que te rompió el corazón o te hizo soñar con otras vidas.
Hoy me vuelvo a alejar del rigor de mis guías para compartir una sensación muy íntima: la de que, en cualquier rincón del mundo, siempre parece haber alguien esperándome.
¡Cuatro tipos de fantasma distintos, al menos!

Aprender a «rascar» la ciudad
Las ciudades son, en realidad, palimpsestos.
«¿Y qué me quieres decir con esto, María?», quizá te preguntes.
Pues quiero que hagas un pequeño ejercicio de imaginación y pienses en ellas como esos pergaminos antiguos que, por falta de espacio, se «reutilizaban» una y otra vez para volver a escribir encima.
De igual forma, si raspas un poco la superficie de cualquier avenida principal, aparecen las letras de un poema, el encuadre de una película o los dibujos de un arquitecto que soñó con el mundo que hoy pisamos.
Y aquí esta el quid de la cuestión: la mayoría de la gente se queda en la capa superior. Pero algunos preferimos rascar.
Viajamos para buscar la grieta por la que se cuelan los fantasmas, o esos personajes que, aunque a veces no tengan ni un ápice de realidad, han dejado una huella profunda en nosotros.
Es, por decirlo de algún modo, un ejercicio de fe.
Es llegar a una plaza y decidir que, para ti, ese lugar no es importante por la fecha que figura en una placa conmemorativa, sino porque allí un personaje de ficción decidió cambiar de vida o un autor comprendió, por fin, hacia dónde iba a ir su novela.
Viajar con un fantasma es, en el fondo, reclamar el derecho a que nuestra imaginación sea la que nos guíe.
Fantasmas «de carne y hueso»
Hay un primer tipo de fantasmas que no nacieron de la imaginación, sino que pasearon por las mismas calles por las que tú y yo paseamos ahora.
Son los que aquí voy a llamar fantasmas «de carne y hueso».
Si caminas por la Gran Vía de Madrid, por ejemplo, puedes hacer dos cosas: mirar los escaparates de las tiendas o mirar hacia arriba.
Si haces lo segundo, te encontrarás con el fantasma de un gallego visionario: Antonio Palacios.
¡Cuántos edificios suyos hay (¡y hubo!) aquí!
Y es imposible no maravillarse con cómo soñaba que fuese Madrid este hombre y que ese mismo sueño atraviese las capas del espacio y del tiempo para llegar hasta ti.



Una sensación muy parecida te asalta cuando ves que el fantasma te obliga a calzarte unas buenas zapatillas y lanzarte a realizar el Camino del Cid.
Recorrer los paisajes de Castilla de esta forma no tiene nada que ver con el senderismo y sí mucho con viajar buscando el eco de las espadas y el polvo de mil batallas.
Es similar a lo que se experimenta también en Alcalá de Henares, donde nuestro fantasma es un hombre de imaginación desbordante, don Miguel de Cervantes Saavedra; o en prácticamente toda España cuando sigues las pisadas de los Reyes Católicos.
Porque al recorrer la Alhambra o el Alcázar de Segovia, también buscas el escalofrío de pisar el mismo suelo donde su corte itinerante acampaba para reconquistar un reino.
Son lugares donde la historia cobra vida.



Fantasmas «heridos» o «silenciosos»
Sin embargo, no todos los rastros que seguimos son luminosos o nacen del deseo de aventura.
Hay una capa de este palimpsesto que duele. Y es que este fantasma está «herido».
Hablo, por ejemplo, de las huellas de la Guerra Civil en España.
Viajar con este fantasma es un ejercicio de respeto absoluto, una forma de entender que las ciudades, como nosotros, también tienen cicatrices que no han terminado de cerrar.
Si caminas por la Plaza de San Felipe Neri en Barcelona y pasas la mano por las paredes desconchadas, no estás tocando el paso del tiempo… Estás tocando el miedo.
Es una sensación extrañamente similar a la que te envuelve cuando recorres las trincheras olvidadas de la Ciudad Universitaria en Madrid o los búnkeres que quedan en pie en Nules, en Castellón.
En esos lugares, el fantasma es una ausencia colectiva que te obliga a bajar la voz y a entender que viajar también consiste en reconocer los escombros sobre los que hemos construido nuestra normalidad.
A veces, ese rastro de dolor se vuelve casi místico en lugares como el Pueblo Viejo de Belchite, donde el fantasma es una ciudad entera que quedó reducida a escombros para siempre.
No vas allí a hacer fotos bonitas para Instagram (o al menos no deberías), sino que vas a sentir el peso del vacío y a comprender que el olvido es, en realidad, el fantasma más peligroso de todos.
Buscar estas huellas no es un acto de morbo, es un acto de memoria: es reconocer que bajo el suelo de nuestras ciudades todavía está enterrada la historia de quienes no tuvieron la suerte de ser personajes de ficción.


Fantasmas «de tinta»
Por otro lado, existen los viajeros que no llevan guías en la mochila, sino novelas subrayadas.
Son los que buscan a los fantasmas «de tinta», esos que nunca respiraron pero que han conseguido que ciertos lugares les pertenezcan.
A mí me ocurre siempre que vuelvo en Londres.
Caminar por los jardines de Kensington no es solo pasear entre ardillas; es buscar el rastro de polvo de hadas que dejó Peter Pan.
O perderse por las calles de Regent’s Park esperando ver asomar las manchas blancas y negras de Pongo y Perdita, de 101 dálmatas.
Para mí, ese Londres también es muy real.
Esa misma magia ocurre cuando visito Oxford para seguir el rastro de J. R. R. Tolkien paseando por sus jardines, transformando el musgo y las raíces en los Ents que defenderían la Tierra Media.
Al final, la literatura no sirve solo para evadirse, sino para llenar el mundo de significado.
Buscar el apartamento de un personaje o el parque donde el prota de tu novela favorita lloró por primera vez es una manera de demostrar que las historias nos importan tanto como la realidad.

Fantasmas «cinéfilos»
Y si los libros llenan el mundo de significado, la gran pantalla lo satura de color y movimiento.
Hoy en día, muchos viajamos también con un fotograma clavado en la retina. Y quien diga que no, es que nunca ha visto una peli que le apasione.
El cine y las series han creado un nuevo tipo de viaje: ese que nos empuja a cruzar el océano solo para comprobar si la luz incide en un edificio exactamente igual que en el minuto 42 de nuestra película favorita.
Y Estados Unidos es, sin duda, el epicentro de este multiverso.
De este gigante, Samuel y yo solo conocemos en Nueva York (por ahora) y cada uno iba con una idea distinta de aquel viaje.
Él iba buscando en cada rincón a su personaje de ficción favorito — que es Spiderman — y yo iba buscando (entre muchos otros) a los de dos de mis series favoritas, Gossip Girl y F.R.I.E.N.D.S.



Si termino hablando en este apartado de París, por poner otro ejemplo, tengo que mencionar sí o sí que esta ciudad vive en un duelo constante de estéticas.
¿La bohemia de Amélie buscando tesoros escondidos en Montmartre o el «lujo» contemporáneo y algo irreal de Emily en Paris?
¡Si me conoces un poco, sabes con cuál me quedo!
Y si hablamos de transformar la realidad, es asombroso cómo Juego de Tronos ha «devorado» rincones como San Juan de Gaztelugatxe en el País Vasco o Ait Ben Haddou en Marruecos.
La ficción ha reclamado estos lugares de tal forma que la épica ya nunca se irá de ellos, regalándonos una capa de magia que, aunque no figure en los libros de historia, es la que a muchos nos hace latir fuerte el corazón al llegar.
Y podría darte infinidad de ejemplos más, pero, llegados a este punto, creo que has entendido mi punto, ¿no?



¿Con qué fantasma viajas?
Ahora dime tú, ¿con qué fantasma te quieres encontrar en tu próximo viaje?
Y, querido lector, no se trata de volverse locos ahora y empezar a ver visiones en mitad de una plaza.
Se trata de recordar que el viaje empieza mucho antes de salir de casa: en la biblioteca de tu barrio, en la tele de tu salón o en las historias que te contaban de pequeño.
Viajar con fantasmas es, en el fondo, negarse a aceptar que el mundo es solo lo que se ve a simple vista.
La próxima vez que pises una ciudad nueva, haz lo de siempre: compra el billete, reserva el hotel y visita los imprescindibles si te apetece.
Pero, justo después, rasca un poco la superficie y déjate guiar por tus propios fantasmas.
¿Alguna vez lo has hecho? ¡Te leo en comentarios!
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One Comment
Ángela
Ohhhhhh nunca había entendido mis propios sentimientos en mis viajes ,hasta q te he leído en este post….siiii es verdad ….yo he llamado en muchos viajes ….como me pesa la Historia …me sucedió en el viaje a Alemania o en el de Amsterdam …tb en Londres ….pero no tengo q irme tan lejos ..también aquí, cuando viajo a Aranjuez y pienso en las calles y jardines q mi padre paseo o las aguas del Tajo q nado….o vaya donde vaya …como en Buenos Aires y veo en Sus calles ..las calles de Albacete …..donde paseaba mi mami ……Gracias amada por hacer entender …mis fantasmas en mis viajes ❤️🥰😢