Lifestyle

Huéspedes de un recuerdo: cuando el destino es un momento del pasado y no un lugar

Hay una inercia que el cuerpo — yo todavía estoy en el proceso de experimentarlo — tarda años en desaprender.

Siempre he creído que los viajes tienen una banda sonora secreta que no tiene nada que ver con la música, sino con el ritmo de quien nos acompaña.

Viajar con alguien — ya sea una pareja, un amigo o, como en mi caso hasta hace poco, un perro — te obliga a ver el mundo a una altura y a una velocidad determinadas.

Te detienes en lugares que tú solo ignorarías, hablas con personas que de otro modo no saludarías y mides el tiempo en función de un entusiasmo ajeno.

Hace no mucho, al recorrer de nuevo un lugar ya conocido, pero esta vez sin ese tirón en la correa que dictaba mis pasos, el silencio me ha parecido ensordecedor.

La experiencia de viajar se ha vuelto de repente mucho más lineal y eficiente, pero infinitamente más plana.

Es una sensación que reconocerá cualquiera que haya regresado a un lugar conocido tras una ruptura o una pérdida: esa sensación de ser un intruso en tu propia historia.

Miras las plazas y los monumentos y te das cuenta de que el destino nunca fue el punto en el mapa, sino la mirada prestada de quien tenías al lado.

Sin esa mirada, nos convertimos en huéspedes de un recuerdo, intentando descifrar si el lugar nos gusta por lo que es o si simplemente lo queremos por la persona — o la versión de nosotros mismos — que fuimos allí.

Y de eso vamos a hablar hoy, ¿te parece?

El escenario vacío: cuando el paisaje pierde su relieve

Hay una extraña decepción física al comprobar que los lugares no guardan luto.

Al llegar, esperas — quizás de forma un tanto egoísta — que el paisaje haya retenido algo de tus visitas anteriores, que el viento en esa playa o el eco de esa plaza conserven una mínima huella de lo que fuiste allí.

Pero la realidad es más cruda: las ciudades son escenarios «indiferentes».

En mi último viaje, al volver a Peñaranda de Duero, en Burgos, sin Shawn, me he dado cuenta de que el pueblo ha perdido su relieve. Me explico.

Es como ver una película con el croma desactivado: están los actores y están los diálogos, pero falta el fondo que le daba sentido a la historia.

Sin el ritual de buscar una sombra, sin la preocupación por el asfalto caliente o las pausas de hidratación o sin esa alegría explosiva que él sentía al pisar un lugar nuevo, el entorno se ha vuelto plano.

Esta es la gran lección que he aprendido como viajera que regresa a un sitio tras una ausencia: los lugares son recipientes.

Los llenamos con nuestras conversaciones, con nuestros paseos y con las personas que nos acompañan. Cuando ese vínculo desaparece, el recipiente se queda vacío.

Nos empeñamos tantísimo en decir «quiero volver a Roma» o «necesito ir a ese pueblo», cuando lo que realmente estamos diciendo es «quiero volver a ser quien era cuando estuve allí en ese momento determinado de mi vida».

Pero somos nosotros quienes hemos cambiado y el lugar, sencillamente, ya no «pega» con nuestra nueva situación.

La ciudad de «ahora» vs. la ciudad de «entonces»

Caminar por la calle hoy es como intentar superponer dos diapositivas que no terminan de encajar.

Está la ciudad de ahora, la que tiene calles despejadas, pasos de cebra lógicos y un silencio eficiente. Y luego está la ciudad de entonces, un mapa mucho más desordenado y lleno de paradas imprevistas.

En la ciudad de ahora, me muevo con una libertad que me resulta casi incómoda. Puedo entrar en cualquier tienda, cruzar la plaza por el camino más corto y sentarme en cualquier terraza sin preguntar si somos bienvenidos.

Pero esa falta de obstáculos es, precisamente, lo que hace que el paisaje se sienta plano.

He descubierto que la ciudad de entonces era mucho más interesante porque no me pertenecía solo a mí. Era un territorio que yo descubría a través de otro.

Donde hoy hay una acera vacía, yo sigo viendo el rincón exacto donde él se detenía a investigar un rastro invisible. Donde otros ven una puesta de sol perfecta, yo recuerdo la urgencia de buscar un lugar fresco antes de que cayera la tarde.

Es una visión doble constante.

Este contraste es el que muerde a cualquiera que regrese a un lugar tras una ausencia importante.

El restaurante que antes era «vuestro sitio» y que hoy es solo un local con mesas bien puestas o la playa que antes era un campo de juegos y que hoy es solo una extensión de arena y salitre.

En la ciudad de ahora todo es más fácil de gestionar, pero en la de entonces todo tenía un por qué.

El conflicto: el peligro de volver

¿Es un error intentar repetir los viajes que nos hicieron felices?

No te voy a mentir, querido lector, pero claro que existe un riesgo real en el acto de regresar a ellos: el peligro de que la luz del presente termine por echar a perder la fotografía perfecta que guardábamos en la memoria.

Hay lugares que existen en mi cabeza como un espacio protegido, una burbuja donde el tiempo no pasaba y donde Shawn seguía corriendo por ahí.

Al volver a uno de esos espacios, he roto ese precinto. He expuesto el recuerdo al aire libre y sabemos que el aire libre a veces oxida las cosas.

El conflicto surge cuando te das cuenta de que volver es, en realidad, un acto de «profanación» suave, por decirlo de algún modo.

Al principio, sentí una especie de culpa. Me sentía una intrusa caminando por estas calles sin él, como si estuviera cometiendo una traición por el simple hecho de seguir respirando este aire.

Hay una voz interna que te susurra que no deberías estar aquí, que este escenario le pertenece a una versión de ti que ya no existe. Y en parte es así.

¿Pero por qué nos empeñamos en volver?

A veces lo hacemos buscando un cierre, pero otras veces es un intento desesperado de ver si queda algo de «nosotros» en ese aire. En mi caso, por ejemplo, fue algo totalmente fortuito.

El peligro es que, al no encontrar lo que buscas, el lugar empiece a significar otra cosa.

Corremos el riesgo de que, a partir de ahora, cuando piense en ese sitio, la primera imagen que me venga a la mente no sea la de su alegría desbordante, sino la de mi propia soledad recorriendo esas mismas aceras.

Regresar a un sitio donde fuiste feliz es una negociación constante con la decepción.

Es aceptar que somos huéspedes en un tiempo que ya no nos pertenece y que el mapa, por mucho que lo intentemos, no nos va a devolver a la persona, al vínculo o al compañero que perdimos.

El conflicto no está en la ciudad, sino en nuestra resistencia a aceptar que los lugares son finitos y que, a veces, la forma más fiel de conservar un sitio es, sencillamente, no volver a pisarlo nunca.

¿Pero es posible?

Aprender a viajar con la ausencia

Este es, para cerrar, el apartado más optimista.

Y aunque no tengo todas las respuestas a todas las preguntas que yo misma me estoy haciendo con respecto a este tema, aquí te cuento lo que he aprendido de ese pequeño viaje.

Empezaré por decir que volver no tiene por qué ser un intento de recuperación.

He comprendido que mi perro — al igual que cualquier persona que nos marca profundamente — no era solo un compañero de ruta, sino el que moldeaba mi forma de mirar un destino.

Su ausencia me duele físicamente — en las manos que no sostienen nada o en los pasos que ya no tienen que esperar a nadie –, pero entiendo que, con el paso del tiempo, esa sensación de vacío empezará a transformarse en algo distinto.

No vuelvo a los lugares para buscarlo — porque él ya no habita en estas coordenadas –, sino a reconocer el rastro que dejó en mí.

Si hoy sé apreciar el silencio de un sendero o la importancia de detenerme ante un detalle pequeño, es porque él me enseñó a hacerlo.

Ahora viajo con una mochila distinta.

En algún punto dejaré de sentirme una intrusa y de pelearme con la ciudad de «ahora» para intentar encontrar la de «entonces».

Aceptaré que este lugar ya no es el escenario de un nosotros, sino el punto de partida de un nuevo yo que viaja con la memoria llenita de recuerdos.

Viajar con la ausencia no es viajar solo, sino viajar sabiendo que la persona que eres hoy fue esculpida por cada uno de esos momentos.

El mapa ya no estará roto, simplemente tendrá capas nuevas.

Dejaré de buscar fantasmas en las esquinas para empezar a ver el paisaje con mis propios ojos, sabiendo que, aunque él ya no marque el ritmo, su mirada sigue filtrando, de alguna manera, la luz de cada lugar que decida visitar a partir de ahora.

Me fui de Peñaranda con las manos vacías, pero con la certeza de que no hay pérdida que logre borrar el paisaje que alguien nos enseñó a amar.

Porque, aunque el destino sea ahora un momento del pasado, siempre nos quedará el consuelo de saber que, durante un tiempo, tuvimos la suerte de habitar el mejor de los mundos posibles: aquel que terminaba justo donde empezaba su compañía.

Este post va por ti, Shawn, por enseñarme a mirar el mundo a tu altura y por dejar tu rastro en cada mapa que decida abrir a partir de ahora. Te querré siempre.

¡Te ayudo a organizar tu viaje! 🚀

He seleccionado estas herramientas para ti porque son las que yo misma uso.
¡Y tienes descuentos exclusivos!

2 Comments

  • Alfredo

    Una descripción preciosa de unos sentimientos que fueron vividos en lugares pasados y en los que la nostalgia se hace presente.La cosa es que el Shawunito siempre los volverá a visitar con vosotros porque aunque ya no con su precioso cuerpo lo hará en vuestros corazones.Lo importante es que él estuvo allí y disfrutó de aquellos tiempos presentes,que ahora ya son pasados,pero que de nuevo se hacen presentes porque lo lleváis en vuestro corazón.Ahora camina por sendas eternas y también estaréis presentes en su pequeño gran corazón.Hay lazos invisibles que jamás se rompen,porque fuerte como la muerte es el amor.
    Y doy testimonio de que fue muy amado,y que a su manera él también os amó.
    Me ha encantado esta descripción de sentimientos preciosos.Eso es lo mejor que se puede hallar en nuestras vidas humanas.

¡Deja un comentario!

error: ¡Este contenido está protegido!

Descubre más desde El viaje de Bubi

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo