Madrid,  España

Tabernas centenarias de Madrid (vol. 1): entre los azulejos de Viva Madrid y el asado de Botín

Madrid es inagotable, no hay otra forma de decirlo.

Hoy me he puesto las zapatillas y me he propuesto un reto: visitar todas sus tabernas centenarias (¡sin dejarme ni una!).

Pero una vez en la calle lo he visto claro: ¡esto no cabe en un solo post! No sería justo.

Así que, aquí empieza el volumen 1 de una serie que espero que sea larguísima.

En esta primera entrega te traigo cinco locales que son auténticas instituciones y que han visto pasar de todo tras sus puertas de madera.

Así que ponte cómodo, querido lector, que la ruta por el Madrid castizo acaba de empezar y no pienso dejarme ni un solo grifo de plomo por descubrir.

¿Nos vamos?

¿Qué hace que una taberna sea centenaria?

Soy consciente de que esta pregunta parece muy tonta. ¡Y seguramente lo es!

Pero es importante aclarar que en Madrid no cualquiera puede presumir de solera.

Para que una taberna entre en este «club selecto», no basta con tener una decoración antigua o servir el vermú en vaso de duralex.

Existe una Asociación de Restaurantes y Tabernas Centenarios de Madrid que vela por este patrimonio y para formar parte de la historia oficial de la ciudad, estos locales deben cumplir un requisito claro: haber mantenido su actividad en el mismo lugar y bajo el mismo nombre durante más de 100 años.

Y las puedes identificar muy fácilmente. ¿Cómo? Fíjate en las placas de Mingote.

En el año 2006, el Ayuntamiento de Madrid encargó al genial dibujante Antonio Mingote el diseño de unas placas de bronce que se colocan en el suelo, justo en la entrada de estos locales.

Ese es el único distintivo oficial y 100% fiable de que estás ante una taberna centenaria.

¡Hazte con todas!

Mis 5 elegidas para romper el hielo

Como te decía al principio, Madrid tiene una barbaridad de tabernas centenarias (¡muchísimas!), pero para arrancar este viaje en el blog he decidido ir poquito a poco.

He elegido estos primeros cinco no solo porque son de los más conocidos, sino porque creo que resumen a la perfección lo que significa ser una taberna centenaria: historia, literatura, un punto de misticismo y, por supuesto, una cocina que no pasa de moda.

Y no podíamos empezar El viaje de Bubi por otro sitio que no fuera el corazón mismo de la Villa y Corte.

Algunos de estos nombres aparecen en el Libro Guiness de los récords, otros en las novelas de los mejores escritores de nuestra historia y otros en el corazón de los madrileños que llevan generaciones pidiendo la misma tapa en la misma barra.

Estas son las cinco primeras paradas de nuestra ruta infinita. ¡Vamos a por ellas!

Sobrinos de Botín: donde el horno no se apaga

Si hablamos de instituciones, esta se lleva la palma.

No lo digo yo, lo dice el Libro Guinness de los Récords: es el restaurante más antiguo del mundo.

Abrió sus puertas en 1725 (¡ahí es nada!) y lo más increíble no es solo que siga en pie, sino que su horno de leña lleva funcionando sin apagarse ni una sola noche desde entonces.

¡Es el corazón caliente de la calle Cuchilleros!

Pero más allá de todo eso, hay dos datos que la hacen especial:

  • Se dice que un joven Francisco de Goya trabajó aquí lavando platos mucho antes de ser el pintor de la Corte, mientras esperaba que le aceptaran en la Real Academia de Bellas Artes.. ¡Para que veas que no siempre se empieza por arriba!

  • Benito Pérez Galdós no solo venía aquí a comer muy a menudo, sino a «cazar» personajes. En su obra maestra, Fortunata y Jacinta, menciona el restaurante como ese lugar donde se iba a comer el mejor asado de la ciudad. Para Galdós, Botín era una pieza clave del engranaje de Madrid.

Ahora lo mismo te estás preguntando: ¿y no mencionas a Ernest Hemingway? Pues te cuento.

Hemingway era un habitual, ciertamente. De hecho, tenía su propia mesa y hasta menciona el restaurante en su novela Fiesta. Dicen que le encantaba tanto el cochinillo que intentaba aprender a cocinarlo él mismo (aunque con poco éxito, al parecer).

Pero en Madrid, casi es más notorio decir que tu establecimiento nunca lo pisó este escritor y periodista estadounidense, que decir que sí lo hizo. ¡Pasó por casi todos!

¿Y aquí qué tienes que pedir? No hay duda: el cochinillo o el cordero asado al estilo castellano. Se cocina en ese horno tricentenario que te comentaba, a fuego lento, y la piel queda tan crujiente que es… ¡un sueño!

Consejito de viajera: aunque es un sitio muy turístico (lógicamente), la calidad sigue siendo impecable. Eso sí, reserva con meses de antelación (¡va en serio!).

Si vas sin mesa, lo más probable es que te tengas que conformar con hacerle una foto a la fachada.

Bodegas Ricla: el mini-refugio del vermú

Esta taberna es de mis favoritas porque es diminuta.

Abierta desde 1867, lo primero que te va a llamar la atención son las enormes tinajas de barro que presiden el local.

Antiguamente se llenaban con el vino que traían directamente de Valdepeñas y hoy son parte de la decoración. ¡Una monada!

Además, el secreto está en la barra.

A diferencia de otros sitios más amplios, en Ricla la magia ocurre codo con codo. Es el sitio perfecto para entender lo que es el «ambiente de barrio» en pleno centro turístico.

¡Apenas hay hueco entre tú y el que tienes al lado!

¿Y aquí qué tienes que pedir? Sin duda, sus albóndigas en salsa. Tienen fama en todo Madrid.

Tampoco te vayas sin probar los boquerones en vinagre o su famosa tosta de bacalao con aceite de oliva. Es comida sencilla, pero hecha con un cariño que ya cuesta encontrar por la zona.

Consejito de viajera: es un local muy pequeño y se llena en un suspiro, sobre todo los fines de semana. Si quieres disfrutarlo con calma, intenta ir entre semana o justo cuando abren para el aperitivo.

Es el lugar ideal para tomarse «la penúltima» antes de seguir explorando la ciudad.

Taberna de Antonio Sánchez: la más antigua de Madrid

Fundada oficialmente en 1830 por un picador de toros, se la conoce como la «Taberna de los Tres Siglos» porque ha visto pasar el XIX, el XX y lo que va del XXI sin tocar ni un azulejo.

Todo el mobiliario es el original.

Eso sí, si no te gusta la tauromaquia, quizá este no sea tu sitio. ¡Sabrás por qué lo digo nada más entrar!

El local fue propiedad del torero Antonio Sánchez (el hijo del fundador), y las paredes están llenas de cabezas de toros históricos y carteles de corridas.

Por otro lado, el pintor Ignacio Zuloaga era tan habitual que tenía su propia mesa reservada. De hecho, se cuenta que allí mismo organizaba tertulias que duraban horas.

¡Otra habitual era Gloria Fuertes, que también tiene su mesa!

¿Y aquí qué tienes que pedir? Aquí se viene a comer cocina madrileña de verdad. Sus caracoles y su rabo de toro tienen legiones de seguidores, pero si hay algo que ha hecho famosa a esta casa son sus torrijas.

Son contundentes, bañadas en almíbar y con una receta que no ha cambiado en décadas. Merendar una torrija aquí con un chato de vino es lo más cerca que estarás del Madrid de 1900.

Consejito de viajera: fíjate también en la barra de madera y en las lámparas de gas que, aunque ahora funcionen con electricidad, todavía se conservan tal cual.

Casa Alberto: entre genios de las letras

Entrar en Casa Alberto — fundada en 1827 — es lo más parecido a hojear una página de nuestra literatura.

Para empezar, el edificio se levanta sobre el mismo solar donde estuvo la casa en la que Miguel de Cervantes vivió y escribió parte de Los trabajos de Persiles y Sigmunda.

Solo con eso ya merece la pena la visita, pero la taberna por sí misma es una obra de arte.

Su fachada de madera roja es la envidia del barrio, y una vez dentro, el espectáculo visual sigue: los grifos de latón, el mostrador de madera labrada, ese friso de azulejos…

Además, al estar tan cerca del Teatro Español, Casa Alberto ha sido (y es) el refugio favorito de actores y dramaturgos para comentar los estrenos después de cada función.

¿Y aquí qué tienes que pedir? Este es el templo del vermú de grifo. Acompáñalo con sus famosas croquetas de jamón — cremosas hasta decir basta — o, si tienes más hambre, pide sus callos a la madrileña.

Consejito de viajera: es el sitio perfecto para empezar — o terminar — una ruta por el Barrio de las Letras.

Suele estar muy concurrido, pero ese es precisamente su encanto: ese «caos» tan típico de Madrid. Y, si puedes, asómate al comedor del fondo y luego me cuentas.

Viva Madrid: el museo de azulejos

Viva Madrid — fundada en 1856 — es la cara más bonita de estas cinco.

Su fachada es, probablemente, la más fotografiada de toda la ciudad, ¡y con razón!

Está recubierta de unos azulejos espectaculares de la mítica casa Mensaque de Triana, que retratan escenas de época con un colorido tan vivo que parece que los pintaron ayer.

Pero para mí, lo que hace único a este sitio es cómo ha sabido reinventarse.

Mientras que en otras paradas de nuestra ruta el tiempo parece que se ha detenido, Viva Madrid sigue manteniendo ese espíritu de taberna de siempre, pero con un toque «canalla» y sofisticado muy actual.

Aquí puedes pedir un vermú clásico a mediodía o dejarte sorprender por una coctelería de autor cuando cae el sol.

Ah, y por sus mesas han pasado desde estrellas de la época dorada de Hollywood hasta los protagonistas de la Movida Madrileña. ¡Importante, importante!

¿Y aquí qué tienes que pedir? Es el lugar ideal para el aperitivo. Pídete una gilda (o varias) y un vermú bien frío.

Si vas más tarde, sus cócteles son de otro planeta, pero siempre manteniendo ese respeto por lo castizo. Su media combinación es famosa en todo el barrio.

Consejito de viajera: al entrar, fíjate en el artesonado del techo y en las lámparas. ¡Nada más que añadir!

¡Y hasta aquí nuestra primera incursión!

Pero no te acostumbres a descansar mucho, que en Madrid las placas de Mingote aparecen donde menos te lo esperas…

Eso sí, antes de irme, cuéntame: ¿cuál de estas cinco es tu favorita? ¿Hay alguna otra taberna centenaria que crees que debería aparecer sí o sí en el volumen 2? ¡Te leo en los comentarios!

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2 Comments

  • Ángela Ramos Rodenas

    Estoy poco puesta en tabernas …y en casi todo diría yo ….pero recuerdo tomar un aperitivo con mis compis de facultad en una es no sé si centenaria …pero casi ..nen la bajada desde Latina a San Francisco el Grande….q mona era …..

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