El secreto del color en el siglo XIII: por qué la Colegiata de Toro es única en España
Hemos visto tantos templos de piedra desnuda que hemos terminado por creer que las iglesias del siglo XIII eran así: austeras e incoloras.
Pero la realidad histórica es justo la contraria, querido lector.
La Edad Media se construyó y se vivió a todo color.
El problema es que el paso del tiempo, el viento, la humedad y algunas restauraciones (muchas de ellas bastante desastrosas, todo hay que decirlo) se encargaron de borrarlo en casi todas partes.
En casi todas partes, menos en este rincón de la provincia de Zamora.
Si me preguntas cuál es el secreto mejor guardado de Castilla y León, no te voy a hablar de las grandes catedrales que todos conocemos. Te voy a llevar directo a Toro.
Allí, encaramada sobre un acantilado que domina toda la vega del río Duero, se levanta la Colegiata de Santa María la Mayor.
Un templo monumental que de por sí ya impresiona por su arquitectura de transición del románico al gótico y por su famosísimo cimborrio leones de influencia bizantina.
Sin embargo, lo que convierte a este edificio en algo único en toda España sucede al cruzar sus puertas. ¿Vamos?



Un templo de reyes en la frontera del Duero
Para entender por qué una villa como Toro alberga un monumento de semejante envergadura, hay que entender qué significaba este lugar en el siglo XII.
Toro no era solo una ciudad próspera por sus viñedos (que lo era, y mucho).
Era una plaza fuerte estratégica, un bastión militar encarado al río Duero y la residencia predilecta de reyes y reinas del Reino de León.
Las obras de construcción de la colegiata comenzaron en torno a 1160 bajo el impulso del rey Fernando II de León.
El monarca buscaba consolidar la repoblación de la línea del Duero frente a los reinos rivales (Castilla y Portugal) y a la vez afianzar el poder regio en una ciudad que le era absolutamente fiel.
Sin embargo, si hay una figura clave en el patrocinio de este templo, esa es la de las reinas de León y Castilla.
Toro fue tradicionalmente villa de señorío real, entregada como «infantazgo» o dote a las reinas.
Personajes de la talla de la reina Doña Urraca, la reina Teresa de Portugal (esposa de Fernando II) y más tarde Berenguela de Castilla ejercieron un mecenazgo directo sobre el templo.
Gracias a las rentas del vino de la comarca y al patronaje real, el proyecto pudo disponer de recursos económicos de forma constante para financiar a los mejores talleres de canteros de la época.
Por eso no es de extrañar que sea tan increíble.
Las obras se desarrollaron a lo largo de casi un siglo, prolongándose durante los reinados de Alfonso IX de León y concluyéndose en torno a 1240, en tiempos de Fernando III «el Santo», cuando León y Castilla quedaron unidas definitivamente.

¿Pero por qué una colegiata y no una catedral?
Esta es una de las preguntas que todos nos hacemos al ver la grandiosidad del templo. Y la respuesta está en la geopolítica eclesiástica medieval.
Aunque Toro tenía un peso político y militar igual o superior al de Zamora, la sede episcopal (el obispado) se estableció en la ciudad de Zamora.
Toro no contaba con un obispo propio, pero sus reyes no querían que la villa quedase en un segundo plano religioso.
Por eso se le otorgó el rango de colegiata: un templo regido por un cabildo de canónigos (presidido por un abad) que gozaba de gran autonomía y privilegios reales, concebido en dimensiones y belleza para competir de tú a tú con cualquier catedral castellano-leonesa.
¡Y vaya si lo hace!


Pero volvamos ahora al tema de su construcción, ¿te parece?
Los historiadores del arte distinguen claramente dos fases constructivas principales llevadas a cabo por dos talleres de maestría distinta:
Primera fase (alrededor de los años 1160-1190). Bajo la dirección de un primer maestro de influencia borgoñona y compostelana, se levanta la cabecera — los tres ábsides –, la portada septentrional o «de la Calzada» y el arranque de los muros. Es el románico más puro y monumental.
Segunda fase (alrededor de 1190-1240). Tras un parón en las obras, un segundo taller — influenciado por las nuevas corrientes del protogótico del norte de Francia y por los talleres de la Catedral de Salamanca — asume el mando. Se cambian los materiales (se introduce la piedra de caliza franciscana más clara) y se modifica el proyecto original para dar paso a arcos apuntados, bóvedas de crucería más ligeras y elevadas y la portada occidental, presagio de la revolución gótica que estaba por llegar.
Con la estructura de piedra finalizada a mediados del siglo XIII, la Colegiata quedó lista para recibir sus dos grandes señas de identidad: la pintura que daría vida a su policromía y los tesoros artísticos de siglos posteriores.
Recorrido por el exterior
Antes de entrar, merece muchísimo la pena rodear el edificio y contemplar cómo la piedra cambia de tonalidad según le dé la luz del sol sobre la vega del Duero. ¡Es un espectáculo!
Y para que no te pierdas ni un solo detalle, aquí van tres cosas en las que te tienes que fijar sí o sí durante tu paseo por los alrededores:
El cimborrio leonés. Es la seña de identidad del perfil de Toro y forma parte del selecto grupo de los «cimborrios leoneses» (junto a la Catedral de Zamora, la Catedral Vieja de Salamanca y la de Plasencia). Mira hacia arriba y maravíllate. Esta estructura no solo es de una belleza excepcional — muy influenciada por Bizancio y los viajes de las Cruzadas –, sino que tenía la función práctica de inundar de luz natural el crucero del templo.
La Portada Norte o «de la Calzada», que es un ejemplo magnífico de arte románico tardío. Fíjate bien en la las figuras esculpidas en sus arquivoltas: ancianos del Apocalipsis con instrumentos musicales, motivos vegetales y representaciones de vicios y virtudes. Qué te puedo decir… ¡A mí me flipa!
El Mirador del Espolón. Aunque no forma parte de la colegiata como tal, es un imprescindible de la experiencia. La cabecera triple de la Colegiata se apoya prácticamente al borde del acantilado. Desde aquí obtendrás una panorámica súper bonita sobre el puente mayor y la inmensidad de la vega zamorana.
Y una vez concluido este paseo, ¿entramos?



Qué ver en el interior
En cuanto cruces la puerta, prepárate.
Entre la penumbra de las naves y los haces de luz que bajan desde el crucero, la sensación es muy loca. Es imposible que este lugar no te sorprenda.
Pero, querido lector, si ya estás flipando, espérate porque la auténtica magia de este templo todavía está por verse.
Vamos a desgranar, uno a uno, sus secretos mejor guardados, ¿te parece?


El Pórtico de la Majestad
Aquí no vale solo con mirarlo. ¡Tienes que aprender a «leerlo»!
Esculpido entre 1280 y 1300 en piedra caliza clara, se salvó del deterioro gracias a que en el siglo XIV se construyó la capilla exterior que lo cerró al aire libre, creando un microclima perfecto para la conservación.
Vamos por partes.
La fachada y el tímpano
Todo los que vas a ver aquí gira en torno a la salvación y la gloria divina.
Si nos fijamos primero en el tímpano, verás que está dividido en dos: el registro inferior, que representa la muerte y tránsito de la Virgen; y el registro superior, que representa la coronación de la Virgen por Jesucristo.
El dintel — apoyado sobre las jambas — muestra los escudos de armas de los reinos de Castilla y León, reafirmando lo que te contaba del patronaje real del templo.


Las siete arquivoltas
Aquí vale mucho la pena hablar de cada una por separado, casi. Fíjate bien en los detalles cuando estés frente a ellas, por favor.
En la primera arquivolta, la interior, verás un coro de ángeles turiferarios — los encargados de llevar el incesario — y adoradores.
La arquivolta de la Mística Música contiene 18 ancianos del Apocalipsis tocando instrumentos medievales. Si te fijas bien, verás un organistrum — un instrumento de cuerda que requería dos personas para ser tocado –, violas de arco, arpas, salterios y laúdes. El nivel de detalle en los trastes, clavijas y cuerdas es un regalo para la musicología histórica.
Las arquivoltas intermedias representan reyes, santos y profetas de la Antigua Alianza con túnicas con cenefas doradas aplicadas a pan de oro.
Y en la arquivolta exterior, o El Juicio Final, verás como la policromía juega un papel psicológico vital. A tu izquierda — la derecha de Cristo –, verás la Jerusalén celestial. Las figuras sonríen y llevan túnicas blancas y doradas, mientras San Pedro los recibe en las puertas del Paraíso. A tu derecha — la izquierda de Cristo –, verás el infierno y como la paleta de colores cambia a tonos oscuros y rojizos. Se representan demonios gesticulantes arrastrando a pecadores atados con cadenas hacia calderos hirviendo. Entre los condenados se identifican claramente figuras de reyes, obispos y monjes, un mensaje directo a las gentes del medievo: la justicia divina no entiende de estamentos ni de riqueza.


Las jambas y el parteluz
A los lados de la entrada se alzan ocho grandes esculturas.
Entre ellos verás al profeta Daniel — sosteniendo un libro con su nombre grabado –, a Isaías, Jeremías, Ezequiel, al rey David con su arpa y al rey Salomón, además de los arcángeles.
Fíjate en los detalles de sus rostros, ropajes y barbas: ¡se ven hasta las pestañas!
Y en el parteluz, como no podía ser de otro modo, verás a la Virgen con el Niño.

La sacristía-museo y sus tesoros artísticos
Un lugar que, más que una sacristía, parece un pequeño museo. Algunas de las obras más destacadas son:
La Virgen de la mosca. Esta tabla al óleo realizada hacia 1500 es una de las piezas más enigmáticas del Renacimiento hispanoflamenco. Si te aproximas a la rodilla derecha de la Virgen, verás un insecto posado. No es un manchón de la tabla: es una mosca, con su propia sombra proyectada sobre la tela. ¡Un ejercicio increíble de trampantojo! ¿A que te dan ganas de espantarla con la mano?
Tabla de la Virgen de la Rosa. Otra pieza hispanoflamenca del siglo XV, donde la delicadeza de los pliegues de las ropas y la luz dorada reflejan la fuerte influencia del arte del norte de Europa.
Un calvario de marfil hispano-filipino del siglo XVII. Una extraordinaria talla en marfil labrada en el sudeste asiático — concrentamente, en Manila — para el mercado español. El nivel de detalle en las costillas del Cristo, los cabellos y las expresiones de dolor de la Virgen y San Juan es…
La custodia procesional y una amplia colección de orfebrería. Verás muchas piezas de plata sobredorada de los siglos XV al XVIII elaboradas por los gremios de plateros de Zamora y Valladolid.
¿No es sorprendente encontrar aquí una colección así?



Retablo mayor, escultura monumental y coro
Más allá del pórtico y la sacristía, la nave principal y las capillas laterales guardan elementos artísticos de primer orden que suelen pasar desapercibidos:
Échale un ojo al retablo mayor. Aunque el templo originalmente tuvo un retablo gótico — algunas de sus tablas se conservan en museos y en el propio edificio –, el actual retablo mayor es una monumental obra clasicista-barroca del siglo XVII.
Fíjate también en las esculturas que hay distribuidas por la nave. Yo voy a destacar dos por su policromía y lo curiosas que son, pero no te pierdas ninguna. La primera, la Virgen embarazada, que muestra a la Virgen María en avanzado estado de gestación; y la segunda, el san Miguel arcángel, que muestra al arcángel alando atravesando al dragón con su lanza (¿un consejo? Fíjate en su armadura).
No te pierdas la sillería del coro, tallada en madera de nogal del siglo XVI de estilo renacentista con matices platerescos. Observa las misericordias (los apoyos inferiores de los asientos): están decoradas con grotescos, seres mitológicos, monstruos y escenas satíricas que reflejan el imaginario moralizador de la época.
Si es que cuando te decía que te ibas a sorprender… ¡lo decía muy en serio!



Dos últimas experiencias
Antes de dar por terminada la visita, todavía te quedan dos cosas que hacer aquí dentro:
Sitúate justo en la intersección del crucero y mira hacia arriba. Verás la cúpula sobre trompas del cimborrio. A través de su doble cuerpo de ventanas de arco de medio punto, la luz entra filtrada oblicuamente iluminando el crucero. Es exactamente la misma atmósfera que experimentaban los fieles que pisaron el templo en el siglo XIII.
Sube a su torre. Son 138 escalones (y no son fáciles de subir, ojo), con paradas intermedias en salas de exposición y unas vistas muy bonitas del casco histórico desde el campanario.
¡Ya me contarás qué te ha parecido todo!



Información práctica
Como en cada post, cierro con toda la información básica que necesitas saber para poder organizar bien tu visita.
¡Allá va!
¿Cómo llegar?
Llegar a la Colegiata de Santa María la Mayor es un trayecto muy sencillo, ya que Toro se encuentra estratégicamente conectada en el corazón de la provincia de Zamora y muy cerca de Valladolid.
Si vienes en coche desde Zamora, te separan solo 37 kilómetros y unos 30 minutos de trayecto conduciendo por la A-11 o la N-122. Desde Valladolid la distancia es de 66km, o unos 45 minutos de viaje al tomar la A-62 y enlazar con la A-11.
Para quienes viajáis directamente desde Madrid, como nosotros, el recorrido es de 220km y unas dos horas y cuarto por la A-6 hasta Tordesillas para continuar después por la A-11.
En caso de preferir el autobús, la estación de Toro te deja a apenas 10 minutos a pie de la colegiata recorriendo la calle Mayor, con trayectos que tardan 30 minutos desde Zamora con la compañía Linecar, o entre 50 minutos y una hora desde Valladolid a través de La Regional.
Y si lo que prefieres es venir hasta aquí en tren, la estación de Toro cuenta con conexiones de Media Distancia de Renfe que te traen directamente desde Zamora en apenas 25 minutos y desde Valladolid en unos 40 minutos.
Eso sí, una vez llegas a la estación, debes saber que se encuentra a algo más de un kilómetro y medio del centro histórico, lo que supone una caminata cuesta arriba de unos 20 minutos hasta la colegiata o un breve trayecto de cinco minutos en taxi.
Horarios y tarifas
Los horarios de acceso a la colegiata varían según la época del año en que quieras visitarla.
Durante la temporada de verano — que va desde el cambio de hora de marzo hasta octubre –, abre de martes a sábado de 10:30 a 14:00 y de 17:00 a 19:30, mientras que los domingos y festivos el horario se acorta hasta las 13:00 por la mañana (por la tarde mantiene el horario).
Con la llegada del invierno y el cambio de hora de octubre a marzo, el horario se adelanta ligeramente para aprovechar las horas de luz, abriendo de martes a sábado de 10:00 a 14:00 y de 16:30 a 18:30. Los domingos sigue cerrando a las 13:00 en horario de mañana (por la tarde mantiene el horario).
Ten en cuenta que los lunes suele permanecer cerrado por descanso y que la venta de entradas finaliza 15 minutos antes del cierre.
En cuanto al precio de la entrada, la general tiene un coste de 4€, tarifa que se reduce a 3€ para jubilados y grupos grandes, siendo además totalmente gratuita los miércoles por la tarde.
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