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Viaje superficial vs. mirada profunda: ¿nos hemos olvidado de cómo explorar?

Tengo una confesión que hacer.

Alguna vez me ha pillado a mí misma en mitad de un viaje haciendo exactamente aquello de lo que reniego.

Llego a un lugar, me dirijo directamente a ese rincón específico porque he visto la foto 50 veces en Instagram, busco el encuadre perfecto, disparo dos veces con la cámara del móvil y sigo caminando sin apenas fijarme en el edificio que tenía a la espalda.

¡Es aterrador lo fácil que es caer en esa inercia!

Nos hemos acostumbrado a viajar con una lista de «sitios imprescindibles que ver en 24 horas» y una prisa absurda metida en el cuerpo.

De hecho, casi te diría que hemos convertido el acto de viajar en una especie de lista de la compra digital: ir, ver, tachar, subir la prueba a redes y salir corriendo hacia el siguiente punto del mapa.

Pero la pregunta que deberíamos hacernos al volver a casa es siempre la misma: ¿qué nos hemos llevado realmente de ese lugar? ¿Entendemos por qué ese pueblo está ahí, cómo vive su gente un martes cualquiera de noviembre o qué tradiciones están a punto de desaparecer si nadie se interesa por ellas?

Sobre esta forma de devorar mapas en lugar de comprenderlos hemos estado reflexionando largo y tendido en el último episodio de Kilómetros de voz.

Tuve el placer de sentarme a conversar con Ignacio Suárez-Zuloaga Gáldiz, fundador de España Fascinante, y os reconozco que la charla me dejó varios días dándole vueltas a la cabeza a nuestro papel como viajeros.


El «clic» manda


Uno de los temas más interesantes que salieron en la conversación fue cómo la tecnología y las dinámicas de los medios han cambiado nuestra forma de decidir a dónde vamos.

Hoy en día, las revistas digitales, las guías de viajes y las redes sociales viven del «clickbait», o lo que en el episodio se nombra como «clic inmediato».

Y el «clic inmediato» solo se consigue mostrando lo que la gente ya conoce o lo que entra fácilmente por los ojos con imágenes muy llamativas.

Es un círculo vicioso: publicamos sobre los mismos cuatro destinos porque es lo que genera tráfico, la gente viaja a esos cuatro sitios porque es lo único que ve por ahí y esos rincones terminan colapsados.

¡Y así una y otra vez!

El problema es que estamos dejando morir por inanición a la inmensa mayoría del territorio.

Mientras un sábado por la mañana el aparcamiento de un parque natural o de un pueblo muy famoso está hasta arriba, a escasos 20 kilómetros hay comarcas enteras asombrosas que nadie visita simplemente porque no salen en las recomendaciones del algoritmo.

¿No te parece injusto? Como para hacérselo mirar…

El peso de nuestra elección

Al final, viajar nunca ha sido un acto neutro, por mucho que nos hayan vendido la idea de que salir el fin de semana es solo «desconectar».

Cada vez que arrancamos el coche y decidimos hacia dónde apuntar el mapa, estamos tomando una decisión con consecuencias reales.

Elegir si paramos en el bar de la plaza del pueblo a tomarnos un café o si llevamos el bocadillo en el maletero; decidir si dormimos en una casa rural gestionada por una familia de la zona o si volvemos a la ciudad a última hora de la tarde…

Son gestos pequeños, cotidianos, pero cargados de una intención. Son, a mi parecer, un acto político y cívico en el sentido más puro de la palabra, porque con ese dinero y ese tiempo estamos votando qué partes del territorio tienen derecho a seguir existiendo y cuáles dejamos morir en el olvido.

Cuando Ignacio hablaba en el episodio sobre la importancia de fijar población y de que la gente de los pueblos pueda vivir dignamente de su trabajo, el mensaje no iba hacia las grandes administraciones, iba directo a nuestro bolsillo y a nuestras intenciones como viajeros.

Un pueblo no se mantiene vivo solo porque la gente diga que es muy bonito en una foto; se mantiene vivo si la panadería abre, si la persona que cuida el patrimonio local puede ganarse la vida y si el impacto que dejamos a nuestro paso va más allá de un cubo de basura lleno.

Tener esa conciencia no le resta disfrute al viaje; al contrario, es lo único que le devuelve el sentido y el respeto a la tierra que pisamos.

¿Te habías parado a pensar esto alguna vez?

Viajar también es tolerar la «desventura»

En este blog ya hemos hablado largo y tendido sobre esto: nos hemos vuelto unos enfermos del control.

Queremos llegar a un sitio y que el cielo esté exactamente del color azul que salía en el vídeo de Tik Tok y si algo falla — si la iglesia está cerrada o si nos cae una granizada en mitad de la ruta — nos frustramos porque sentimos que el viaje «se ha estropeado».

Pero si lo pensamos bien, un viaje donde todo cuadra al milímetro con lo que ya habías visto en la pantalla no es un viaje, querido lector. ¿Sabes qué es?

Una visita a un parque temático que te garantiza una experiencia predecible. ¿Y qué aventura es esa?

Viajar de verdad implica asumir la incertidumbre y aceptar que las cosas salgan mal.

¿Recuerdas cuando hablamos de abrazar los días nublados y lluviosos? Pues ese es el rollo.

Viajar implica llegar a un pueblo a las tres de la tarde, descubrir que el único bar está cerrado y terminar charlando con un vecino en la plaza mientras intentas averiguar dónde comer.

Es justamente en la grieta de lo que no tenías planeado — en la molestias, digamos — donde ocurre el viaje real.

Todo lo demás es solo consumir una guía que ya te sabías de memoria antes de salir de casa.

La valentía de salirse de la foto

Si algo me quedó claro tras este episodio, es que rescatar el viaje como una experiencia con sentido depende única y exclusivamente de nosotros.

Nadie va a venir a cambiar los algoritmos de las redes sociales, ni las revistas van a dejar de publicar artículos con los mismos diez pueblos de siempre de la noche a la mañana.

La inercia del consumo rápido está ahí, esperándonos cada vez que planeamos una escapada.

Salirse de esa corriente puede parecer difícil porque requiere intención.

Requiere la valentía de desviarse 5km, de entrar a ese bar donde solo hay paisanos viendo la televisión, de no tener miedo a aburrirse o a no encontrar el encuadre perfecto para nuestras fotos.

Pero es justo ahí, cuando dejas de exigirle al lugar que te entretenimiento a cambio de tu tiempo, cuando el mapa empieza a responderte con historias de verdad.

¡Pruébalo algún día! Verás que tengo razón.

En fin, si sientes que a ti también se te ha quedado corto este modelo de viajar con prisa y te apetece escuchar una charla reposada, crítica y honesta sobre lo que significa de verdad poner en valor un territorio, te espero en el episodio de esta semana de Kilómetros de voz.

Y luego me cuentas qué te ha parecido, ¿trato hecho?

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