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Lo que el fuego no pudo quemar: el mapamundi botánico de Axel Mahlau

Cuando me desplacé hasta La Adrada, Ávila, para hablar con Axel Mahlau, director del Jardín Botánico «Valle del Tiétar», el ambiente respiraba la calma de siempre: esa paz lenta que solo se consigue tras décadas de trabajo con la tierra bajo la sombra de los alcornoques.

Nada en aquel momento nos hacía pensar que, unos días después, el incendio forestal de Burgohondo terminaría alcanzando las laderas del valle, arrasando a su paso con sus nueve hectáreas.

Sí, querido lector, el fuego también destruyó este espacio maravilloso al que él y su familia habían dedicado décadas de amor, paciencia, creatividad y un trabajo incansable.

Escuchar de nuevo su voz después de lo ocurrido encoge el alma, pero también nos recuerda la inmensa suerte que tuvimos de haber compartido ese tiempo con él.

Publicar este episodio de Kilómetros de voz no es solo un acto de difusión; es un tributo a un hombre optimista, docente por vocación y guardián de la tierra.

Es también la oportunidad de escuchar grandes lecciones sobre la naturaleza y asegurarnos de que el fuego no tenga la última palabra.

¡Te recomiendo mucho escucharlo!

El mapa vivo de un viajero

Seguro que cuando piensas en viajar, piensas en cosas como hacer la maleta o llenar la memoria de la cámara de fotos.

Pero cuando hablas con Axel te das cuenta de que hay formas alternativas de viajar bastante menos predecibles: traer un pedacito de cada lugar contigo y ver cómo echa raíces en tu propia casa.

Eso era (¡y es!) exactamente el Jardín Botánico «Valle del Tiétar», un mapa del mundo dibujado a base de recuerdos y relaciones humanas.

Con mucho mimo, Axel supo aprovechar los 31 metros de desnivel que tiene la finca y la orientación sur para crear un microclima donde especies de rincones durísimos o lejanos conviven refugiadas del viento frío de la Sierra de Gredos.

Por eso, detrás de cada planta (las que siguen en pie y las que no) hay una historia: los laureles que crecían allí salieron de unas semillas que recogió del suelo en Atenas durante su viaje de novios; la zona de suculentas empezó con unas cuantas palas de cactus que se trajo de una excursión a la Serranía de Ronda cuando era una chaval; o el tilo que trajo su padre con él de Alemania y que plantó en la entrada.

Al final este jardín nos enseña que hay espacios mágicos como este que no se construyen a solas.

Se hacen sumando la memoria de mucha gente que decide dejar un pedacito de su historia plantado en la tierra.

La cura contra la «ceguera verde»

El trabajo de Axel nunca fue un mero pasatiempo ni un proyecto paisajístico al uso. Reducirlo a eso es quitarle todo su valor.

Este jardín ha sido una filosofía de vida que choca frontalmente contra la lógica utilitarista del mundo contemporáneo.

En un sistema que mide el éxito por la rapidez del retorno económico, dedicar décadas a acondicionar laderas, canalizar agua y cuidar especies traídas de mil viajes es un ejercicio de paciencia absoluta.

La tierra impone sus propias reglas: hay estaciones que no se pueden saltar, heladas que ponen a prueba la resistencia y años enteros en los que el único avance visible son apenas unos centímetros de tallo.

Esta lentitud obligada representa el antídoto más eficaz contra lo que el propio Axel califica como «la ceguera verde de nuestra época».

Hemos simplificado tanto nuestra relación con el entorno natural que hemos reducido el paisaje a una categoría abstracta, estática y lejana.

Sufrimos una incapacidad progresiva para distinguir la vida vegetal que nos rodea.

Ya no nos sentamos bajo su sombra y hemos perdido el contacto cotidiano hasta el punto de no saber qué frutos corresponden a cada estación.

Ignoramos, en definitiva, que lo que llamamos «verde» es en verdad un lenguaje biológico infinitamente complejo.

En una sola ladera del valle conviven decenas de tonalidades distintas: la rigidez grisácea de la encina adaptada a la sequía, el matiz azulado del alcornoque, el brillo del laurel, la penumbra de los pinos o la vivacidad de los arces.

Analfabetizarse en este lenguaje vegetal es el paso previo a la indiferencia ambiental.

Cuando todo nos parece lo mismo, nada nos parece digno de ser salvaguardado.

Por eso, abrir los ojos a esa diversidad y reeducar la mirada no es un lujo académico, sino una necesidad urgente para comprender que dependemos por entero de la vida vegetal que nos rodea.

El incendio devoró en cuestión de horas el patrimonio natural y afectivo que Axel y su familia levantaron con sus propias manos durante casi medio siglo.

Ver reducido a cenizas un espacio de biodiversidad tan singular es un golpe devastador que pondría a prueba la fe de cualquiera.

Y, sin embargo, la enseñanza definitiva de Axel reside en su negativa a dejarse arrastrar por el desánimo.

La botánica también nos enseña que las cenizas son sustrato, que el conocimiento no se quema y que la verdadera paciencia no es una resignación pasiva, sino la determinación intacta de volver a sembrar y seguir enseñando a mirar allí donde otros solo ven desolación.

Manos que reconstruyen

El fuego arrasó las nueve hectáreas del botánico, destruyó los sistemas de riego por los que fluía el agua día a día y consumió especies únicas recopiladas durante toda una vida.

Pero reconstruir este espacio no es una utopía: es un deber con la memoria, la educación ambiental y la conservación del valle.

Por eso, he decidido activar una iniciativa solidaria a través de mi cuenta de Buy Me a Coffee: todo lo que recaudemos ahí desde hoy hasta el próximo 30 de septiembre irá destinado de forma íntegra a la recuperación del jardín.

Cada aportación se transformará directamente en mangueras, tubos de riego, sustratos y las primeras semillas para devolver la vida a sus senderos.

Puedes sumarte y aportar tu grano de arena.

Tu ayuda, por pequeña que sea, nos acercará a demostrar que las llamas consumieron las plantas y parte de la infraestructura vital del jardín, pero el fuego no pudo quemar la memoria de la tierra, ni el amor sembrado en ella durante décadas, ni la red humana que hoy se levanta para volver a ver florecer este rincón del Valle del Tiétar.

¿Te sumas a devolver sus «mil verdes» a este rincón?

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