El resurgir del ave fénix: una visita a la Catedral de Notre Dame de París en su nueva era
El 15 de abril de 2019, el mundo contuvo el aliento mientras las llamas devoraban la Catedral de Notre Dame de París, reduciendo a cenizas siglos de historia en una sola tarde.
¡Fue súper impactante!
Aquella imagen de la aguja desplomándose bajo el fuego quedará grabada para siempre en la memoria de muchos viajeros y amantes de la arquitectura como el fin de una época.
Sin embargo — y contra todo pronóstico –, lo que parecía una tragedia irreversible se convirtió en el punto de partida de la mayor aventura arquitectónica del siglo XXI.
En diciembre de 2024 comenzó una nueva era para el que sin duda es el corazón de París. Pero Notre Dame no solo ha vuelto: ha renacido con una luz que no se veía desde la Edad Media.
He tenido el privilegio de recorrer su nueva nave y aunque no es el templo más grande ni el más bonito que vas a encontrar en París, ¡lo que vives aquí dentro es indescriptible!
¿Quieres saber qué ha cambiado y cómo aprovechar al máximo tu próxima visita? ¡Sigue leyendo!



Más de 850 años de historia (¡muy resumidos!)
Situada en la pequeña isla de la Cité y rodeada por las aguas del río Sena, la catedral de Notre Dame, o de Nuestra Señora, es un reflejo perfecto de la historia de París y una de las edificaciones más características del arte gótico en Francia.
Sus orígenes se remontan mucho antes de su concepción, pues se asienta sobre la antigua basílica de Saint-Étienne, el primer templo cristiano de la ciudad erigido en el siglo V sobre las ruinas de un templo romano.
Aquella estructura daría paso, en 1163, a la ambiciosa visión del obispo Maurice de Sully y el rey Luis VII, quienes iniciaron una construcción que se extendería durante casi dos siglos, involucrando a todas las clases sociales parisinas.
¡Aquí comienza la historia de la catedral que conocemos hoy!


A lo largo de su larguísima existencia, este edificio tan emblemático ha sido testigo de los giros más dramáticos del destino de Francia.
Entre sus muros se vivió la ejecución en la hoguera de Jacques de Molay — último gran maestre de la Orden del Temple — en 1314 y la beatificación de Juana de Arco en 1909.
También fue el escenario de la coronación de Enrique VI de Inglaterra durante la Guerra de los Cien Años, del fastuoso ascenso al trono de Napoleón Bonaparte y Josefina, o de algunas bodas reales como la de Napoleón III y Eugenia de Montijo.



Sin embargo, no todo fue «coser y cantar»… ¡Qué va!
Durante la Revolución Francesa, la catedral fue desacralizada, saqueada y convertida en propiedad del Estado, lo que llevó a la destrucción de muchos de sus elementos originales.
Incluso llegó a servir como almacén de comida hasta que Napoleón la devolvió a la Iglesia en 1802.
Eso sí, para convertirse en el edificio que tanto admiramos en el siglo XXI, la Catedral de Notre Dame ha tenido que pasar por siglos y siglos de cambios y restauraciones.
En el siglo XVII, bajo Luis XIV, se añadieron toques barrocos, mientras que en el XVIII se tuvo que desmontar la aguja original por su mal estado. ¡Un templo en constante cambio!


Pero querido lector, su verdadero punto álgido llegó en el siglo XIX, impulsado por el inmenso éxito de la novela de Víctor Hugo, que devolvió a los franceses su amor por su catedral.
Esto dio pie a un gran programa de reformas de 1844 liderado por Eugène Viollet-le-Duc, quien no solo reconstruyó capillas y altares, sino que pobló las cornisas con sus famosas gárgolas y quimeras y diseñó la aguja central que se convertiría en un icono mundial.
Sí… Esa misma aguja que todos vimos desplomarse la tarde del 15 de abril de 2019, cuando un incendio accidental en el tejado mantuvo en vilo a la ciudad — y a muchos de nosotros, no nos vamos a engañar — durante nueve horas de angustia.
Gracias a la valentía de los bomberos y a una movilización internacional sin precedentes que recaudó más de 700 millones de euros, Notre Dame comenzó su mayor aventura arquitectónica. ¡Tenía que resurgir de sus cenizas!
De ese modo, y tras cinco años de trabajos exhaustivos donde han colaborado más de 250 empresas, la catedral reabrió sus puertas el 8 de diciembre de 2024.
Y por fin he podido conocerla.
Un recorrido por la nueva Notre Dame
La visita comienza justo antes de cruzar el umbral, en la Plaza de la Parvis.
En primer lugar, busca el «Kilómetro 0» de las carreteras de Francia en el suelo. No tiene que ver con la catedral, pero es un detalle que mucha gente omite al pasar por aquí, y a mí me parece un fotón.
Ahora sí, levanta la vista. Lo verdaderamente jugoso está ahora frente a ti, en la fachada occidental. Mientras admiras la Puerta de la Virgen — a la izquierda — fíjate en la figura de San Dionisio. Sabrás enseguida quién es, porque es imposible no verlo: ¡el señor que sostiene su cabeza en las manos!
Hay una leyenda que dice que, tras ser decapitado, caminó seis kilómetros con la cabeza a cuestas hasta llegar al lugar donde quería ser enterrado. Con lo fácil que habría sido dejarlo por escrito en un testamento, ¿no te parece?
A la derecha, en el Portal de Santa Ana, verás un batiburrillo de cosas. Aquí hicieron un poquito de «patchwork», digamos.
Como las obras tardaban tantísimo, los propios constructores decidieron reutilizar piezas de la antigua catedral de Saint-Étienne. Por eso verás que el estilo es distinto — románico — con una Virgen que mira de frente.
¡Empieza el recorrido bien interesante!


Ahora vas a mirar hacia arriba y fija la vista en la Galería de los Reyes. Aquí la historia se vuelve casi una comedia de unos errores tras otros.
Esas 28 figuras que ves ahí son réplicas del siglo XIX porque, durante la Revolución Francesa, el pueblo decidió que no quería saber nada de monarcas y las decapitó a todas a golpe de martillo. Lo que no sabían es que no eran reyes de Francia, ¡sino de Judea e Israel!
Estuvieron decapitados casi dos siglos hasta que, en 1977, un operario que trabajaba en el sótano de un banco cerca de la Ópera encontró 21 de las cabezas originales enterradas.
¡Hoy puedes verlas en el Museo Cluny, si quieres!


Por supuesto, es imposible recorrer la zona exterior sin que los ojos se te vayan hasta las verdaderas protagonistas de las cornisas: las gárgolas y quimeras. Aunque a veces las confundimos, ¡tienen misiones muy distintas!
Las gárgolas, con sus bocas abiertas y formas alargadas, funcionan como desagües para escupir el agua de lluvia lejos de los muros y evitar que la humedad dañe la piedra.
Por otro lado, las quimeras — como la famosísima Estrige, que parece observar París con un aburrimiento infinito — son puramente decorativas.
Es fascinante pensar que, aunque parecen medievales, fueron añadidas por Viollet-le-Duc en el siglo XIX.
El arquitecto se inspiró en los miedos y prejuicios de su época para poblar el tejado de estos monstruos que, tras el incendio, han vuelto a sus puestos de vigilancia perfectamente limpios.


Ahora, si rodeamos el edificio hacia el lateral, verás la aguja — todavía entre andamios y, obviamente, una réplica de la original — y aquí es donde el arquitecto Viollet-le-Duc sacó su lado más travieso. En la base colocó estatuas de cobre de los doce apóstoles.
¡Se salvaron porque estaban siendo restauradas en el momento del incendio!
Si te fijas bien, todas miran hacia la ciudad, protegiéndola, menos una: la de Santo Tomás. Ese apóstol tiene el rostro del propio Viollet-le-Duc y es el único que mira hacia arriba, como si estuviera observando su propia creación y asegurándose de que no tiene ni un fallo.
Por cierto, coronando esa aguja vuelve a estar el gallo, que es el auténtico superviviente del incendio de 2019. Lo encontraron abollado entre los escombros y, aunque parece solo una veleta, es un relicario sagrado (guardaba un fragmento de la Corona de Espinas y restos de San Dionisio).
¡Aunque «ojo cuidao»! Tampoco es el original.

Y ahora sí… ¡entremos!
Lo primero que vas a notar es lo luminoso que es este espacio; nada que ver, dicen, con como era hace años.
Gracias a una buena limpieza, la piedra ha recuperado parte de su esplendor original, las bóvedas de 33 metros de altura vuelen a lucir impresionantes (gracias, también, a casi más de 2.000 puntos de luz nuevos) y los frescos restaurados de las capillas laterales ahora muestran nuevos colores.
Te sientes pequeñito, pero para nada oprimido.
Siguiendo el circuito de visita establecido — no te puedes mover por tu cuenta –, caminarás en el sentido de las agujas del reloj. En este trayecto, es obligatorio detenerse ante los rosetones.
El rosetón norte es una maravilla del siglo XIII que conserva casi todos sus vidrios originales, y en él verás a la Virgen rodeada de 80 personajes del Antiguo Testamento. Pero es el rosetón sur el que atrae todas las miradas cuando el sol incide sobre él.
¡Vaya preciosidad!
Eso sí, entre tanto color, no olvides buscar las 113 vidrieras que tiene la catedral. Cada una cuenta algo diferente y ahora, tras haber sido limpiadas a mano, brillan con una nitidez asombrosa.


Más adelante, al llegar al coro, verás toda una mezcla de estilos donde el gótico convive con una sillería de madera barroca del siglo XVIII preciosa, decorada con bajorrelieves que sobrevivieron (¡menos mal!) al incendio.
Presidiendo este espacio está La Piedad de mármol blanco y justo detrás en la capilla axial, se encuentra la joya de la corona: el fragmento de la Corona de Espinas en su nuevo relicario.
¿Mi consejo? Que mires a todas partes.
Fíjate en el Gran Órgano — tiene más de 8.000 tubos y, tras el incendio, se necesitó una limpieza milimétrica para quitar el polvo de plomo tóxico sin dañar el sonido –, en el mobiliario litúrgico contemporáneo y, si tienes la oportunidad, siéntate en alguno de los nuevos bancos de roble macizo y fíjate en su diseño.
¡Simbolizan las olas del Sena!
Un último detalle: no dejes pasar la oportunidad de subir a las torres. Ahora que están abiertas — algo que yo no pude hacer–, no hay mejor plan que contemplar París desde la misma perspectiva que Quasimodo, el jorobado de Notre Dame.
10 (+1) curiosidades
Quien me conoce bien sabe que me encantan las curiosidades de los lugares con tanta historia, y que intento, siempre que puedo, recuperar al menos 10 de ellas. ¡Y yo te traigo siempre una más de regalito!
Aquí van algunas de las más interesantes sobre la Catedral de Notre Dame de París:
Antes del incendio, al armazón de madera de la catedral se le llamaba «El Bosque» (La Forêt, en francés). ¿La razón? Para construirlo en el siglo XII hubo que talar más de 1.300 robles, lo que equivalía a unas 21 hectáreas de bosque. Toda una selva.
Por cierto, la nueva reconstrucción del armazón ha sido toda una proeza. Se han vuelto a usar hachas manuales y técnicas del siglo XII para tallar los nuevos robles, pero ahora cuentan con un sistema de nebulización de agua y cortafuegos de última tecnología ocultos. ¡Tradición por fuera, alta seguridad por dentro!
En el tejado de la sacristía viven unas 180.000 abejas en tres colmenas. Lo más increíble es que sobrevivieron al incendio de 2019. Mientras el fuego consumía el techo, el humo simplemente las adormeció. ¿No serán estas las abejas más resistentes de Francia?
Si miras la fachada con atención, verás que las dos torres no son idénticas. La torre norte — la de la izquierda — es un poco más robusta que la sur. En la Edad Media, la perfección absoluta se consideraba algo reservado solo a Dios, por lo que a menudo dejaban pequeñas asimetrías a propósito.
Notre Dame fue el lugar donde nació la polifonía (música con varias voces a la vez). En los siglos XII y XIII, la «Escuela de Notre Dame» revolucionó la música europea. ¡Básicamente, los primeros hits musicales de la historia sonaron aquí!
Las 21 campanas de la catedral tienen nombre. La más famosa es «Emmanuel», que pesa 13 toneladas y está en la torre sur. Se dice que es una de las campanas con mejor sonido de Europa porque, según una leyenda, cuando se fundió en el siglo XVII, las parisinas ricas tiraron sus joyas de oro y plata en el metal fundido.
Durante las excavaciones tras el incendio, se descubrió bajo el suelo de la catedral un sarcófago de plomo antropomorfo perfectamente conservado. Resultó ser el de un joven noble del siglo XIV.
En el portal norte, hay una figura de un ángel que parece sonreír de forma muy sutil. Se dice que es el antecedente del famoso «Ángel de la Sonrisa» de la catedral de Reims. Un poquito de ternura gótica para romper con la seriedad de los juicios finales.
Tras el incendio, el Gran Órgano no se quemó, pero quedó «mudo» por el polvo de plomo. Lo curioso es que el aire necesario para que suene proviene de unos pulmones mecánicos gigantes ocultos en el sótano. Para limpiarlos, los expertos tuvieron que trabajar con trajes de astronauta para evitar la contaminación.
Los expertos en sonido temían que, al limpiar la piedra y quitar el hollín, el eco de la catedral cambiara. Se hicieron mapas acústicos antes y después para asegurar que el sonido del órgano y los coros siguiera teniendo esa reverberación mística de siete segundos que la hace única.
Y, como curiosidad extra, te diré que, al parecer, durante la reconstrucción de la aguja y del armazón del tejado, se ha documentado que los trabajadores, artesanos, bomberos y donantes han dejado sus firmas y mensajes ocultos dentro de las ensambladuras de madera.
¡Es su forma de «firmar» la reconstrucción del siglo!


Información práctica
Si ya estás haciendo la maleta para ir a ver a la «nueva» Gran Dama, saca papel y boli (o guarda este post en favoritos, que sería lo suyo), porque la logística ha cambiado un poco tras la reapertura.
¡Aquí tienes toda la info que necesitas saber!
¿Cómo llegar?
¡Seré muy breve!
La catedral está en pleno centro, en la Île de la Cité, así que lo mejor para llegar es usar el transporte público.
Las estaciones de metro más cercanas son Cité (línea 4) y Hôtel de Ville (líneas 1 y 11). Si prefieres el RER, las líneas B y C (estación Saint-Michel – Notre-Dame) te dejan a nada de la puerta.
Y si prefieres evitar el meterte bajo tierra, estás de suerte, porque Notre Dame es uno de los puntos mejor conectados de la ciudad. Tienes varias opciones que te dejan prácticamente en la puerta: las líneas 21, 38, 47, 85 y 96 tienen parada en Cité – Palais de Justicia o en las inmediaciones de la plaza.
Horarios y tarifas
La catedral abre todos los días desde las 8:00 hasta las 16:45, ampliando un poquito el margen hasta las 19:15 los sábados y domingos.
Sobre el tema del presupuesto, la mejor noticia es que entrar sigue siendo totalmente gratuito.
Eso sí, desde la reapertura de 2024, es imprescindible gestionar una reserva de franja horaria online a través de su web oficial. ¡Las plazas vuelan y es la única forma de evitar colas infinitas!
Si después de recorrer la nave te quedas con ganas de más, puedes visitar el Tesoro de 9:30 a 18:00 de lunes a sábado y de 13:00. a17:30 los domingos por 12€ (6€ para estudiantes y menores de 12 años, y gratis para personas con discapacidad y un acompañante) para ver las reliquias de cerca.
Por otro lado, subir a las torres es posible ya, aunque cuesta 16€.
Sin embargo, hay muchísimas formas de disfrutar de esta subida de forma totalmente gratuita, algo que no todo el mundo sabe y que conviene tener muy en cuenta.
Por ejemplo, si viajas con menores de 18 años, ellos no pagan entrada, y lo mismo ocurre con los jóvenes de entre 18 y 25 años que sean nacionales de países de la Unión Europea o residentes regulares no europeos en Francia y las personas con discapacidad junto a un acompañante adulto.
Y aquí va mi truqui favorito: si tu viaje coincide con el primer domingo de los meses de enero, febrero, marzo, noviembre o diciembre, ¡la entrada es gratuita para todo el mundo!
Solo recuerda que, aunque no pagues, la reserva de franja horaria sigue siendo vital para asegurar que las gárgolas te estén esperando a tu llegada.
Ah, y entrar a la cripta, querido lector, también cuesta dinero: 11€ (gratis hasta los 17 años).
¿Mi consejo? Echa un ojo a los tours y los paquetes de entradas que hay disponibles. Algunos de ellos son bastante interesantes e incluyen tours guiados, como estos que te dejo a continuación.
También puede resultarte intersante hacerte con el The Paris Pass, que incluye todas menos el Tesoro.
¡Te ayudo a organizar tu viaje! 🚀
He seleccionado estas herramientas para ti porque son las que yo misma uso.
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