Madrid,  España

Más allá de la Pradera: un recorrido muy tranquilo por el Madrid de San Isidro

Si me seguís por aquí desde hace tiempo, sabéis que mi pasión es «pelar» las ciudades como si fueran una cebolla, buscando siempre la capa que hay debajo de la superficie turística.

Y con Madrid me pasa algo curioso: llega mayo, llega San Isidro, y de repente parece que la ciudad solo tiene un código postal: el 28019, el de la Pradera.

Pero, ¿qué pasa con el resto del mapa? ¿Dónde quedó el Madrid de los Vargas, los milagros de los pozos y los rincones que inspiraron a Goya antes de que se llenaran de puestos de comida?

Este post nace de una necesidad personal de reconciliarme con la fiesta del patrón de mi ciudad desde la calma.

He diseñado una ruta que es, en realidad, un viaje en el tiempo.

Te voy a llevar primero al barrio de La Latina, pero no para ir de cañas — que también, tampoco te voy a engañar –, sino para entrar en museos y capillas que quizá todavía no conoces.

Y luego vamos a dar una vuelta que va desde la Real Colegiata de San Isidro hasta la humildad de la ermita mudéjar más antigua de la ciudad (esa que, desgraciadamente, casi nadie conoce).

Si buscas un plan de San Isidro para disfrutar sin muchas aglomeraciones y con mucha historia, este post es para ti.

Bienvenido al Madrid que está más allá de la Pradera.

Pero antes… ¿quién fue San Isidro?

Antes de lanzarte a la aventura, merece la pena que te detengas un segundo a conocer al hombre que hay detrás del clavel y la fiesta.

Porque lo más fascinante de San Isidro es que no fue un guerrero, ni un noble, ni un gran teólogo, sino un hombre sencillo, un trabajador que hoy llamaríamos «un vecino de a pie».

Nacido en el Madrid musulmán del siglo XI — en torno al año 1082 –, Isidro de Merlo y Quintana fue un labrador mozárabe que vivió en una época de fronteras y cambios.

Según los documentos históricos, trabajó casi toda su vida las tierras de la familia Vargas, uno de los linajes más poderosos del Madrid medieval.

Así que no, lo que lo hizo destacar entre los demás no fue el poder, sino su profunda fe integrada en su rutina diaria: se decía que no empezaba a trabajar la tierra sin antes haber dedicado un tiempo a la oración.

Pero San Isidro no recorrió este camino solo. Estuvo casado con María Toribia, a quien hoy conocemos como Santa María de la Cabeza.

A Isidro se le atribuyen hasta 430 milagros (¡toma ya!), pero la mayoría de ellos tienen algo en común: la naturaleza y el agua.

Desde hacer brotar manantiales en años de sequía hasta el famoso rescate de su hijo del pozo (que te cuento enseguida), sus prodigios siempre estaban enfocados a ayudar a los demás y a cuidar de la comunidad.

Falleció en 1172 y fue canonizado en 1622 por el Papa Gregorio XV en una ceremonia histórica junto a figuras como Santa Teresa de Jesús o San Ignacio de Loyola.

El origen: La Latina y el Madrid de los Austrias

Para entender a San Isidro, hay que entender que antes que santo fue vecino.

Y para eso, no hay mejor sitio para empezar que en el barrio de La Latina.

Olvídate por un momento de los bares en la Cava Baja y mírate los pies: estás pisando el Madrid medieval.

Primera parada…

La Iglesia de San Andrés y la Capilla de San Isidro

Este templo aparece mencionado en documentos tan antiguos como el Fuero de 1202 — un conjunto de normas escritas para administrar la vida local de la villa medieval de Madrid — así que tiene bastante historia.

Fue la parroquia de los Vargas — los jefes de Isidro — y el lugar donde el santo fue enterrado por primera vez.

Lo que hoy vemos es una reconstrucción, eso sí.

Y justo al lado se encuentra la Capilla de la Cuadra San Isidro, una joya del barroco que parece sacada de un palacio. ¡Vaya despliegue de ostentosidad!

Museo de San Isidro y el Pozo del Milagro

Apenas caminas unos metros y te topas con este museo, instalado en lo que fue el palacio de los Condes de Paredes de Nava.

Es un sitio que a mí personalmente me encanta porque, además de ser gratuito, esconde el famoso Pozo del Milagro.

Al asomarte a ese pozo, puedes conectar directamente con la leyenda del siglo XIII que cuenta cómo Isidro salvó a su hijo Illán haciendo subir el nivel del agua.

¿Que no la conoces? ¡Te la cuento brevemente!

Pero, querido lector, más allá de todo esto, en el museo también podrás ver restos del Madrid medieval y entrar en la Capilla de los Vargas, un rincón con un artesonado precioso entre el gótico y el renacimiento.

La Biblioteca Municipal Iván de Vargas

Pues sí, ¡hay una biblioteca en la ruta!

Siguiendo por la calle del Doctor Letamendi, llegarás a la Biblioteca Iván de Vargas.

Me gusta mucho mencionarla porque es el ejemplo perfecto de cómo Madrid también sabe cuidar de su pasado.

Se construyó sobre la antigua casa señorial de los señores de Isidro y, al rehabilitarla, dejaron a la vista algunos de sus muros y estructuras antiguas.

Es un lugar de paz absoluta y, sobre todo, de trabajo y mucho silencio. Entra con respeto.

La Real Colegiata de San Isidro: el descanso final

Baja un poco hacia la calle de Toledo para llegar a la Real Colegiata de San Isidro.

¡Este templo es impresionante!

Fue la catedral provisional de Madrid hasta que se terminó la Almudena. Pero lo más importante es que aquí es donde descansan hoy, de forma definitiva, los cuerpos incorruptos de San Isidro y de su mujer, Santa María de la Cabeza.

El traslado se hizo en 1769 por orden de Carlos III, quien quiso que el patrón de la ciudad tuviera el lugar más grandioso posible. ¡Y vaya si lo tiene!

Ver el arca de plata donde reposan, custodiada por la Capilla de la Archicofradía, te hace darte cuenta de que San Isidro es muy importante para Madrid.

El eje sacro-cultural: entre la patrona y el patrón

Al salir de la colegiata, el cuerpo te va a pedir buscar espacios abiertos.

Camina hacia la zona del Palacio Real, donde la figura de San Isidro se cruza con la de la otra gran protagonista de la ciudad: la Virgen de la Almudena.

Este es un tramo del paseo donde Madrid deja de ser pueblo para mostrarse como la capital que es.

La Catedral de la Almudena y su Museo

La Catedral de la Almudena es un lugar lleno de contrastes.

Uno de los puntos clave que tienes que ver aquí es el Arca de San Isidro — en la cripta –, una pieza del siglo XIV hecha en madera y cuero pintado que es, sencillamente, una maravilla.

Estuvo durante siglos en San Andrés y es uno de los pocos objetos originales que nos quedan de la época medieval.

Eso sí, ya que estás, entra en la catedral, date una vuelta por su museo y busca el Códice de San Isidro y sube a la cúpula.

Desde ahí arriba, tendrás Madrid a tus pies y verás perfectamente la ruta que hacía el santo: desde los tejados del Madrid de los Austrias hasta las riberas del Manzanares que más tarde vas a cruzar.

¡Una de las mejores vistas de la ciudad, sin duda!

Las Vistillas y el balcón al Manzanares

Bajando por la calle de Bailén, llegarás a Las Vistillas.

Este lugar tiene un ambientazo en estas fechas.

Históricamente, este cerro ha sido el balcón donde el pueblo venía a refrescarse y a celebrar la verbena mucho antes de que la Pradera fuera tan masiva.

Me encanta porque desde aquí se ve la cúpula de la Real Basílica de San Francisco el Grande — que si no la conoces, ya estás tardando –, y se siente esa brisa que sube del río.

Aquí verás también la estatua de una mujer muy madrileña: la violetera.

¡Un guiño al Madrid más castizo!

¡A cruzar el río!

Para pasar de la Villa a la Ribera, no hay forma más bonita de hacerlo que a través de una de las grandes joyas del barroco madrileño.

Aquí el paseo se vuelve más ligerín y te acompaña, durante un rato, el sonido del agua.

El Puente de Toledo: una entrada triunfal

Para entrar de verdad en el territorio de San Isidro, tienes que cruzar el Puente de Toledo.

Es una obra maestra del siglo XVIII diseñada por Pedro de Ribera, y te aseguro que sus nueve arcos de piedra caliza son el fondo perfecto para cualquier foto.

Pero fíjate bien en el centro: allí, protegidos en sus hornacinas, están las estatuas de San Isidro y su mujer, Santa María de la Cabeza.

Me encanta este detalle porque el puente se convierte, de repente, en un monumento dedicado a los protectores de la ciudad que vigilaban el paso de los madrileños hacia el campo.

Porque (y que bien sienta poder decir esto y que al fin tenga sentido real), ¡todo esto antes era campo!

La Pradera de San Isidro y su Ermita

Sí, ya sé que te dije en la introducción que ibas a conocer el Madrid de San Isidro más allá de la Pradera… ¿Pero qué justicia le estaríamos dando a esta festividad si no te pasases por aquí un rato?

Se trata del lugar que Goya inmortalizó en sus cuadros y donde hoy se celebra la romería más famosa de Madrid.

Pero mi consejo para ese «viaje tranquilo» que te prometí es que te acerques directamente a la Ermita de San Isidro.

Fue construida en 1725 por orden de la reina Mariana de Neoburgo y es un rincón con un encanto especial.

Lo más auténtico es, por supuesto, beber el «agua del santo» en su manantial.

Otra leyenda cuenta que fue el propio Isidro quien hizo brotar agua de esta fuente para calmar la sed de su amo, Iván de Vargas, en un día de calor sofocante.

¡Y es un ritual que tienes que vivir sí o sí!

La Capilla de la Archicofradía Sacramental de San Isidro

Casi pegada a la ermita, se encuentra la entrada al cementerio y su capilla.

La Sacramental de San Isidro es el cementerio más antiguo de Madrid y está declarado Bien de Interés Cultural, así que date una vuelta. ¿Cuánta más paz necesitas?

La Capilla de la Archicofradía, por otro lado, es un lugar lleno de arte y cargada de historia. Es el punto donde el bullicio de la fiesta se desvanece por completo.

Pasear por aquí es descubrir un Madrid señorial, artístico y profundamente espiritual que muy pocos turistas — y no tantos madrileños — se detienen a conocer.

Así que sí, este es otro secreto a voces de Madrid. ¡Pero no mucha gente se para a mirar!

El final del viaje en Carabanchel

Para terminar esta ruta, tendrás que hacer un último esfuerzo y llegar hasta Carabanchel.

Y es que aquí se encuentra…

La Ermita de Santa María la Antigua

No solo es preciosa, es que estamos ante el templo mudéjar más antiguo de todo Madrid, del siglo XIII.

Es el único ejemplar completo de este estilo que nos queda en la capital, y su torre campanario y su ábside son una verdadera maravilla.

Pero, como seguro que ya te estabas esperando, lo que hace que este sitio sea el final perfecto para este post es su conexión emocional con el santo.

Aquí se encontraban los campos que San Isidro trabajaba de sol a sol. Aquí, lejos de las grandes iglesias barrocas y los arcos de plata, es donde estuvo al Isidro más humano.

Y esta eramita era su refugio de oración.

Además, en los alrededores es donde se sitúan una gran cantidad de los milagros que se atribuyen al santo, siendo uno de ellos el del lobo. ¡Te lo cuento!

¡Y por eso tienes que venir hasta aquí!

Ahora sí, solo la encontrarás abierta los sábados a las 11:00, para la misa.

Bonus track: ¡a comer!

¡No podíamos cerrar este post sin darnos un buen capricho!

Porque en Madrid, las tradiciones también se saborean.

Si has hecho toda la ruta, seguro que te ha entrado hambre, así que vamos a darle un final dulce a este recorrido.

No te puedes ir sin probar los clásicos que hacen que esta fiesta sea, literalmente, para chuparse los dedos.

Las Rosquillas del Santo: ¿tontas, listas o de Santa Clara?

Es el gran dilema de cada año. Las rosquillas son la estrella absoluta y, aunque la masa es la misma para todas, el «traje» que llevan por fuera cambia por completo la experiencia:

  • Las «tontas»: son las más humildes, sin ningún tipo de cobertura. Solo huevo, harina y un toque de anís. Son perfectas si no te gusta el dulce empalagoso y quieres apreciar el sabor de la masa tradicional.

  • Las «listas»: ¡mis favoritas! Van bañadas en un glaseado de azúcar, huevo y limón que les da un toque ácido y una textura que se deshace en la boca. Se llaman así porque, lógicamente, son las más «listas» al ser las más ricas.

  • Las de Santa Clara: cubiertas con un merengue seco de color blanco. Son crujientes por fuera.

  • Las «francesas»: una versión que surgió por petición de la reina Bárbara de Braganza, que las encontraba muy simples, y llevan una capa de almendra picada.

Y si como yo no puedes comer gluten, has de saber que todavía no he encontrado en la Pradera ningún puesto que las hagan para nosotros.

¿Pero tú te crees que eso va a impedirme hincarle el diente a unas rosquillas del Santo?

En este reel te dejo una receta deliciosa para que las prepares tú en casa. ¡Nada que envidiar a las de por ahí!

Un bocata de gallinejas y entresijos

A mí no me gusta nada, no te puedo mentir. ¡Pero tengo que mencionarlo!

Si te acercas a la zona de la Pradera, verás puestos donde se fríen estas piezas de cordero que son el ADN de la casquería madrileña.

Dicen que tiene un sabor bastante potente y una textura muy crujiente.

Si eres de los que disfruta con los sabores intensos «de toda la vida», pedirte un bocadillo de gallinejas es el bautismo definitivo como chulapo.

Pero si no… ¡ni te rayes!

El barquillo y el vermut de grifo

Para bajar la comida, nada como buscar a un barquillero con su parpusa y su cesta de mimbre.

Girar la ruleta para ver cuántos barquillos te tocan es un ritual que devuelve a la infancia a muchos de nuestros mayores. ¡Una tradición que no debería perderse nunca!

Y si te tomas un buen vermut de grifo bien frío con su aceituna y su rodaja de naranja en alguna taberna de La Latina, te estás pasando el juego.

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One Comment

  • Ángela

    Un buen paseo por ese Madrid me apetece muchooooo y más después de leer tu blog……y hasta me daría ese paseo vestida de chulapa 😉🤩🎉🎉🎉🎉🎉 y me tomariaxese vermut y probaría cada una de las rosquillas….para q decir otra cosa ..mayo una de cada 😂😂😂😂

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