Nueva York

Mirador Top of the Rock en Rockefeller Center: ¿son estas las mejores vistas de Nueva York?

Cuando John D. Rockefeller concibió esta «ciudad dentro de la ciudad» durante la Gran Depresión, no solo buscaba oficinas: buscaba un símbolo de optimismo.

Hoy, el Top of the Rock, la plataforma de observación del Rockefeller Center, sigue siendo eso para la ciudad de Nueva York. ¡Los problemas se ven distintos desde aquí!

A diferencia de los rascacielos acristalados más nuevos, este mirador mantiene la elegancia art déco de su época y una ventaja técnica imbatible: sus tres niveles de observación (pisos 67, 69 y 70) fueron diseñados para imitar la cubierta de un transatlántico.

¿El resultado? Una visibilidad de 360 grados sin marcos metálicos que estorben tu vista.

Si buscas la mejor perspectiva de Manhattan, quédate. Descubramos juntos por qué este clásico sigue siendo el rey de las alturas en la ciudad que nunca duerme. ¿Te parece?

El sueño de una «ciudad dentro de una ciudad»

Para entender la magia del Top of the Rock hay que viajar en el tiempo a la Nueva York de 1929, un momento en el que la ciudad se encontraba a medio camino entre la ambición desmedida y el abismo económico.

¡No había término medio!

Todo comenzó cuando John D. Rockefeller, gran magnate del petróleo, decidió arrendar unos terrenos a la Universidad de Columbia con una idea fija en la cabeza: levantar un complejo inmobiliario monumental que albergara la Metropolitan Opera House y se convirtiera en el segundo distrito financiero más potente tras Wall Street.

Sin embargo, el destino tenía otros planes… Apenas unos meses después de firmar, el crack del 29 sacudió los cimientos del mundo y los grandes inversores huyeron despavoridos del proyecto.

Ya es mala suerte…

Eso sí, lejos de rendirse ante el desastre financiero de la Gran Depresión, Rockefeller decidió asumir el riesgo en solitario e inventar su «ciudad dentro de la ciudad».

El enfoque cambió radicalmente para dar espacio a las industrias que empezaban a despuntar y que prometían ser el futuro: la radio y la televisión.

Fue así como en 1932 comenzó a construirse el RCA Building, el primer gigante de 70 plantas y 256 metros de altura que serviría de brújula estética para el resto de los edificios. ¡Todos querían ser como él!

Levantarlo fue una auténtica proeza humana en la que participaron más de 40.000 trabajadores, muchos de ellos inmigrantes que encontraban en estas vigas de acero un salvavidas económico en tiempos de hambre.

El diseño del complejo se entregó por completo al estilo art déco — muy de moda en aquel momento –, con esa elegancia geométrica y futurista que hoy nos parece tan icónica.

El propio observatorio Top of the Rock, situado en la cima del edificio que hoy conocemos como 30 Rockefeller Plaza, fue la primera atracción del recinto que abrió sus puertas al público en 1933.

Lo más fascinante es que su diseño no fue casual: los arquitectos quisieron que los visitantes se sintieran como si estuvieran en la cubierta de un lujoso trasatlántico surcando el cielo de Manhattan.

Por aquel entonces, los neoyorquinos pagaban una entrada modesta para sentarse entre plantas de hoja perenne y disfrutar de sándwiches de huevo por $0.30, todo mientras contemplaban un horizonte que apenas empezaba a llenarse de rascacielos.

A pesar de que John D. Rockefeller murió en 1937 sin ver el proyecto culminado, su hijo John D. Jr. tomó el relevo, invirtiendo la astronómica cifra de $250 millones de la época. ¡Que ya era un montón!

Para 1939 el complejo estaba terminado, habiendo superado incluso crisis éticas y políticas, como cuando Rockefeller se negó rotundamente a alquilar espacios a empresas de la Alemania nazi tras conocer las intenciones de Hitler.

Curiosamente, durante la Segunda Guerra Mundial, el complejo terminó sirviendo de base para la inteligencia británica y, décadas más tarde, sus sótanos se equiparon como refugios nucleares durante la Guerra Fría.

El observatorio vivió una época dorada hasta 1986, año en el que cerró sus puertas debido a la baja asistencia y a la necesidad de reformar su exclusivo restaurante, el Rainbow Room.

Durante casi dos décadas, el cielo del Rockefeller permaneció cerrado para el gran público, hasta que el 1 de noviembre de 2005 reabrió tras una restauración que supo respetar cada detalle original.

Como ves, al subir aquí no solo ves el Empire State o Central Park en toda su gloria. ¡Qué va!

Estás pisando un monumento histórico nacional que sobrevivió a la quiebra y cambió de manos en varias ocasiones (llegó a ser propiedad del grupo japonés Mitsubishi, incluso).

Y, querido lector, casi un siglo después de su apertura, sigue siendo el mejor ejemplo de la resiliencia y el estilo de una ciudad que nunca ha dejado de mirar hacia arriba.

De los pies de Atlas al cielo de Manhattan

¡Hablemos de la experiencia completa!

Todo empieza con un paseo a los pies de este edificio gigante, en la Quinta Avenida y frente a los Channel Gardens, un paseo ajardinado que separa con elegancia los edificios dedicados a Francia y Gran Bretaña (un Canal de la Mancha floral, oye).

Allí verás enseguida la Estatua de Prometeo, que vigila desde su pedestal la plaza del Sunken Garden.

Es un rincón especial donde, desde 1936, el sonido de las cuchillas sobre el hielo de su famosa pista de patinaje lo llenan todo durante el invierno neoyorquino. Yo estuve en verano, pero he visto tantas películas donde sale… ¡Súper fácil de imaginar!

A muy pocos metros, el titán Atlas sostiene el mundo sobre sus hombros frente al International Building. Un fotón precioso, si lo haces de cara a la Catedral de San Patricio.

Esta «ciudad dentro de la ciudad» es un laberinto de 19 edificios art déco conectados entre sí por The Concourse, un hormiguero de túneles llenos de tiendas de lujo, restaurantes y acceso directo al subway.

¡Te mueves sin pisar la calle!

Pero yo sé que tú has venido a este post buscando otra cosa, ¿no es así?

El verdadero objetivo está en el número 30 de Rockefeller Plaza: ¡nos disponemos a subir al mirador Top of the Rock!

Al llegar, la puntualidad es importantísima: si tu entrada marca las 19:30, no intentes pasar antes porque el personal, con esa eficiencia tan neoyorquina, te pedirá que despejes la zona hasta que llegue tu minuto exacto.

Una vez dentro, la subida es un espectáculo en sí mismo.

Te introducirás en un ascensor — aunque parece más una «lanzadera espacial» — con techo de cristal que, mientras asciende a toda velocidad, se convierte en una pantalla donde se proyectan clips históricos desde los años 30 hasta hoy.

En apenas 42 segundos habrás alcanzado la planta 67. ¿No te parece muy loco?

Al abrirse las puertas, una gran habitación panorámica te da la bienvenida con las primeras vistas a través de grandes ventanales. Es el lugar ideal para refugiarse del frío (o del calor) en su cafetería, The Weather Room, o admirar la araña de cristal de Swarovski que replica la forma del edificio de forma invertida.

Pero el flujo natural de la visita te empujará hacia las escaleras mecánicas para alcanzar la planta 69. Aquí el aire de Manhattan te golpea la cara por primera vez.

Estás rodeado de una barandilla que emula plantas de hoja perenne y paneles de vidrio de casi tres metros que cortan el viento, pero que inteligentemente dejan espacios libres entre cristal y cristal para que puedas asomar tu cámara y capturar la ciudad sin reflejos molestos.

En este nivel se encuentra la famosa viga de The Beam, donde por $25 puedes sentarte y elevarte para recrear la mítica foto de los obreros de 1932. Una experiencia de apenas un minuto que requiere dejar todas tus cosas abajo y confiar ciegamente en los arneses de seguridad.

¡A mí me daría mal rollito!

Si buscas vivir la experiencia al máximo, sube el último tramo de escaleras hacia la planta 70.

Esta terraza es estrechita y aquí no hay cristales ni barreras de seguridad que se interpongan entre tus ojos y el horizonte. Hacia el sur, el Empire State Building se alza tan cerca que parece que pudieras tocarlo, escoltado a lo lejos por la silueta de la Estatua de la Libertad y el One World Observatory.

Si giras 180 grados hacia el norte, verás Central Park, ese inmenso océano verde que contrasta con los nuevos rascacielos de la calle 57.

Hacia el oeste, los neones de Times Square parpadean sin parar, mientras que al este, la silueta del Edificio Chrysler te confirma que estás en el mejor mirador de la ciudad.

¡Se ve todo desde aquí!

Ah, y si quieres ir un poco más allá, desde octubre de 2024 existe el Skylift, una plataforma circular de vidrio que, por unos $38 dólares extra, te eleva otros nueve metros sobre el piso 70, girando lentamente durante tres minutos y medio para ofrecerte una vista 360 a 274m de altura.

Aunque pagar por este breve «viaje» puede parecer excesivo si ya estás disfrutando de las vistas de la terraza, para muchos es el broche de oro a una visita que termina bajando de nuevo al bullicio de la calle, quizás para ver un programa en directo en los estudios de la NBC o perderte entre las tiendas.

10 (+1) curiosidades

Quien me conoce bien sabe que me encantan las curiosidades de los lugares con tanta historia, y que intento, siempre que puedo, recuperar al menos 10 de ellas. ¡Y yo te traigo siempre una más de regalito!

Aquí van algunas de las más interesantes sobre el Rockefeller Center, el Top of the Rock y la zona:

  1. En la azotea del 620 de la Quinta Avenida hay unos jardines que dicen que son preciosos, pero el público general no puede acceder a ellos. Así que excepto que vayas invitado a un evento… ¡No podrás verlos! En mi carpeta de destacados de Nueva York en Instagram te he dejado una foto para que los veas.

  2. En el Radio City Music Hall se esconde un apartamento secreto. Se suele usar como zona VIP del Radio City y si quieres conocerlo, lo puedes hacer con su tour guiado. Por si no te suena este lugar, es sede de conciertos y eventos tan sonados como los premios Tony, los más importantes del teatro de Broadway.

  3. En la II Guerra Mundial, algunas de sus oficinas sirvieron como base de la Inteligencia Británica en Estados Unidos. Su papel, básicamente, se centraba en hacerles ver porque era importante que los americanos se unieran a esta guerra europea. Eso sí, se cuenta que antes de los británicos, los nazis intentaron alquilarlas con un nombre falso. ¡Los terminaron pillando! También se usó como sede para el Servicio de Información de Guerra de Estados Unidos.

  4. En el 30 de Rockefeller Plaza, en la planta 65, se encuentra uno de los restaurantes más exclusivos del Nueva York: el Rainbow Room. Se llama así porque hasta 1986 tuvo un órgano con luces de colores en la pista de baile. El menú — entrante, primer plato y postre — ronda los $175 por persona.

  5. Aquí se encuentran también los estudios de la NBC, que seguro que te suenan por «Saturday Night Live» o «The Tonight Show with Jimmy Fallon». Si visitas esta zona por la mañana, en la Rockefeller Plaza podrás ver como graban «Today», el programa matutino de la NBC.

  6. Bajo el Rockefeller Center se extiende The Concourse — esto ya te lo he contando, pero amplío info –, unos túneles llenos de cafeterías, restaurantes, tiendas… Para acceder, puedes hacerlo desde la estación 47-50St., desde la plaza central o desde el interior del edificio Comcast (donde se encuentra el Top of the Rock).

  7. Una de las fotos más famosas e icónicas del mundo se realizó aquí, durante su construcción: ¡la de los obreros comiendo sobre una viga! Es tan famosa que se ha recreado un montón de veces en momentos muy diversos de la historia de la televisión, del comic, de la cultura pop…

  8. No mucha gente lo sabe, pero en el Rockefeller Center hay unas pinturas que dan la bienvenida a las visitas y que son uno de los murales más espectaculares de la ciudad. Lo más curioso, sin embargo, es que esta obra de arte vincula Cataluña con Nueva York, ya que fueron realizados por un catalán: Josep María Sert.

  9. Como curiosidad extra, el encargo de estos murales estuvo rodeado de polémica. En un inicio, Sert y el británico Frank Brangwyn iban a decorar solo las paredes junto a los ascensores, mientras que el mural del vestíbulo se había confiado a Diego Rivera. Sin embargo, al incluir la figura de Lenin en su obra, Rivera vio su trabajo interrumpido y el encargo cancelado. Finalmente, Sert asumió también ese mural, además de la decoración de techos y algunas paredes de las escaleras del edificio.

  10. Si vienes en Navidad, ¿qué hay más navideño en Nueva York que el árbol del Rockefeller Center? Su encendido es uno de los eventos más importantes de esta época del año. Esta tradición empezó durante la construcción de este conjunto de edificios, cuando los trabajadores pusieron un pequeño arbolito para celebrar la Navidad en 1931.

Y de regalo, y como dato súper «boni» del árbol, mide 21-24m y cada año se dona a Habitat of Humanity. Su madera se utiliza para construir viviendas para los más desfavorecidos. ¿No es maravilloso?

Top of the Rock vs. otros miradores

Esta es la pregunta del millón: «María, solo tengo presupuesto para uno, ¿a cuál subo?».

Nueva York ha vivido una auténtica «guerra de las alturas» en los últimos años y lo que antes era una elección entre dos, ahora es un dilema entre cinco gigantes.

¡Normal que estés un pelín confuso!

El Top of the Rock sigue siendo mi recomendación personal para quienes visitan la ciudad por primera vez, principalmente por su equilibrio perfecto: es el único que te ofrece la estampa clásica del Empire State justo en frente y Central Park al otro lado sin cristales que arruinen tus fotos.

Sin embargo, cada mirador tiene «su aquel».

Mientras el Empire State es el romanticismo puro y la historia del cine, el Summit One Vanderbilt es una locura de espejos y arte inmersivo que parece sacada de una película futurista.

Por otro lado, si lo tuyo es el vértigo, The Edge te saca literalmente fuera del edificio en una plataforma suspendida, y el One World Observatory te ofrece la perspectiva más alta y solemne desde el Downtown, aunque con la pega de estar totalmente cerrado tras cristales.

Para que lo veas claro y decidas según tus gustos, he preparado esta comparativa rápida:

Información práctica

Organizar una visita a uno de los lugares más concurridos del mundo requiere un poco de estrategia.

El Rockefeller Center es un laberinto maravilloso, pero no querrás perderte entre sus pasillos subterráneos cuando el sol está a punto de ponerse y tú sigues buscando la entrada al mirador. Aquí tienes la hoja de ruta definitiva.

¡Con toda la info que necesitas para organizarte!

¿Cómo llegar?

El Top of the Rock se encuentra en el 30 Rockefeller Plaza, con la entrada principal en la calle 50, entre la Quinta y la Sexta Avenida. Si te mueves en subway (la forma más neoyorquina de hacerlo), estas son tus mejores opciones:

  • Líneas B, D, F o M: Te dejan en la estación 47-50 sts – Rockefeller Center, prácticamente en la puerta.
  • Línea 1: Para en 50th Street (Broadway), a unos cinco minutos caminando.
  • Línea 6: Te deja en 51st Street (Lexington Ave), a unos ocho minutos a pie.

Horarios y tarfifas

El mirador abre todos los días de 9:00 a 22:00/23:00 (aunque en momentos puntuales el horario puede ampliarse de 8:00 a 00:00, échale un ojo).

En cuanto al precio, suele variar ligeramente según la temporada y la hora de subida. La entrada general — para mayores de 13 años — cuesta entre $40 y $61, mientras que la de niño — de seis a 12 años — cuesta entre $34 y $55 y la de mayores de 62 entre $38 y $59.

¡Puedes comprarlas directamente aquí!

Si tienes la New York CityPASS, la Go City o la Sightseeing Pass, la entrada está incluida. Mi consejo es que reserves tu franja horaria online en cuanto tengas el pase para no quedarte sin hueco.

Consejitos de viajera

Seré muy breve. Si quieres que tu visita sea redonda, apunta estos detalles:

  • La técnica del «aterrizaje suave»: Si vas a ver el atardecer, llega al menos 45 minutos antes de la hora oficial de la puesta de sol. Entre el control de seguridad y los dos tramos de ascensores, el tiempo vuela. No querrás que el sol se esconda mientras tú estás viendo un vídeo en la cola del ascensor.

  • Suena a tontería, pero usa los baños de la planta 67 antes de subir a las terrazas superiores. Una vez que estás en la planta 70, entre el viento y la emoción, no querrás perder tu sitio para bajar dos pisos a buscar un servicio. Por cierto, ¡están impecables!

  • ¡Cuidado con el outfit! En la planta 70 el viento no tiene piedad. Si vas en invierno, aunque abajo te sientas bien, arriba la sensación térmica baja varios grados de golpe. Y un consejo para las fotos: evita las faldas muy ligeras o los sombreros sin sujeción si no quieres que tu visita termine en un momento «Marilyn Monroe» no deseado o viendo cómo tu gorra favorita vuela hacia la Quinta Avenida.

  • Si decides quedarte en las plantas con cristales — lo mismo tienes algo de vértigo –, pega tu móvil o cámara completamente al vidrio. Si dejas aunque sea un centímetro de separación, los reflejos aparecerán en tu foto arruinándola.

  • Aprovecha el «The Concourse» para comer. Nueva York es cara, y comer cerca de Times Square o el Rockefeller puede ser un atraco. Sin embargo, en los túneles subterráneos del complejo hay opciones de comida rápida como Shake Shack o Blue Bottle Coffee que no están mal de precio.

  • No te olvides del vestíbulo. Antes de salir del edificio 30 Rock, levanta la cabeza para ver los murales de José María Sert. Mucha gente sale corriendo y se pierde una de las decoraciones más potentes de todo Manhattan.

Y ahora que ya conoces todos los secretos del Rockefeller Center, me muero por saber tu opinión: ¿eres del team Top of the Rock por sus vistas a Central Park o tu corazón sigue perteneciendo al clásico Empire State? ¡Cuéntamelo en los comentarios!

Y si ya has subido, ¿qué tal fue tu experiencia? Te leo para seguir soñando con Nueva York.

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