De Arévalo a Piedralaves: un recorrido por los 7 pueblos mágicos que encontrarás en Ávila
Si estás pensando en hacer una escapadita tranquila y sin demasiadas complicaciones, pero no sabes dónde podrías ir, Ávila puede ser una muy buena opción.
No me refiero solo a la capital y su muralla, que ya sabemos que es una visita obligada, sino a los pueblos de la provincia, que muchas veces pasan desapercibidos y tienen muchísimo que ofrecer.
Desde hace un tiempo, algunos de ellos han sido reconocidos como «Pueblos Mágicos», una iniciativa que busca poner en valor localidades con patrimonio, tradiciones, naturaleza y esa forma de vida rural que desaparece poco a poco y que vale tantísimo la pena cuidar y preservar.
En este post te hablo de los siete pueblos mágicos de Ávila: Arévalo, El Tiemblo, La Adrada, Las Navas del Marqués, Madrigal de las Altas Torres, Mombeltrán y Piedralaves. Algunos los conocía de antes, otros los descubrí hace relativamente poco, ¡pero todos tienen algo que los hace especiales!
Si tienes coche y unos cuantos días libres, esta puede ser una ruta perfecta para no gastar mucho y ver un montón. Yo te los menciono por orden alfabético, pero más abajo te dejo un mapita para que puedas visitarlos por orden.
Importante: no olvides tu Pasaporte de Pueblos Mágicos de España, red a la que todos pertenecen. ¡Vas a llenarlo de sellos súper rápido con esta rutaza! ¿Nos vamos?



¿Por qué es «mágica» la provincia de Ávila?
La provincia de Ávila es un lugar que tiene mucho que ofrecer a quien se toma el tiempo para conocerla. Su principal valor está en la combinación de historia, naturaleza y vida tranquila.
La Sierra de Gredos, que ocupa gran parte del sur, es un espacio natural protegido donde se pueden hacer rutas sencillitas o algo más exigentes (¡hay de todo para todos los gustos!), y donde la flora y fauna son muy variadas.
Por esa misma zona, también se encuentra la Reserva Natural del Valle de Iruelas, un paraje perfecto si disfrutas de la naturaleza y la observación de aves protegidas. ¡Un destino muy natural!
Además, Ávila cuenta con un patrimonio histórico muy bien conservado, que va desde la famosa Muralla de Ávila — declarada Patrimonio de la Humanidad — hasta castillos, iglesias y plazas de todo tipo muy bien conservadas.
En esos pueblos se mantienen muchas tradiciones vivas y una gastronomía sencilla pero súper bien reconocida, con productos locales como la carne de ternera, las judías o las yemas de Santa Teresa.
Afortunadamente, la provincia no está muy llena de turistas, por lo que pasear por sus calles o por sus parajes es una experiencia tranquila en la que desconectar de verdad. ¡Y para una chica de Madrid como yo, en eso consiste muchas veces la magia!
A esto se le suma un cielo nocturno reconocido, gracias a su baja contaminación lumínica, que permite disfrutar de noches estrelladas únicas en España. Un plus para quienes aman el astroturismo (como yo). ¡La de noches que me habré pasado mirando al cielo por aquí!

Arévalo: un tostón, pero no como te imaginas
Que no te engañe el titular: en Arévalo el tostón es de los que te hacen la boca agua, no de los que aburren. Y si algo tiene esta villa al norte de Ávila, es que da para mucho más que un buen asado (aunque, ojo, el cochinillo aquí se sirve tan tierno que lo cortan con un plato).
Eso sí, antes de meterte en cualquier sitio a comer, lo suyo es que primero des una vuelta por el pueblo. ¡Y qué mejor que empezar por la Iglesia de Santo Domingo de Silos, que lleva siglos en pie!
Entre reliquias, esculturas barrocas y una reja plateresca del XVI, ya te vas haciendo a la idea de lo que se viene. Desde allí, la Plaza del Arrabal te lanza directo al casco histórico por el Arco del Alcocer, única puerta que queda de la antigua muralla.
Dentro está la Plaza del Real, donde vivieron los mismísimos Reyes Católicos, rodeada de edificios con historia como la Casa de los Sexmos y la antigua sede del Ayuntamiento.



Un poco más adelante, por la Calle La Alhóndiga, se llega a la Plaza de la Villa, con sus casas de madera y ladrillo y sus tres torres mudéjares que no tienen desperdicio. ¡Una preciosidad!
El Castillo de Arévalo remata la visita: fue cárcel, cementerio y ahora museo de agricultura. Pero lo mejor está al fondo: los ríos Adaja y Arevalillo cruzándose, que dejan una estampa maravillosa.
Ah, y también están las iglesias de San Miguel y San Juan Bautista, donde se esconden auténticas joyas medievales, y la Ermita de la Lugareja, a las afueras, que es puro arte románico-mudéjar.
Así que sí, en Arévalo hay tostón, pero no te vas a aburrir. ¡Ni de lejos!

El Tiemblo: más que los Toros de Guisando
Vale, es cierto: los Toros de Guisando son lo más famoso de El Tiemblo, y con razón.
Están ahí, plantados desde hace más de 2.000 años, misteriosos y rotundos, y encima fueron escenario de un momento clave en la historia de España: en 1468, Enrique IV reconoció a Isabel como heredera al trono de Castilla allí mismo.
¡Pero El Tiemblo no se acaba aquí!
A menos de un kilómetro de los toros, en la ladera del Cerro de Guisando, están las ruinas del Monasterio de San Jerónimo de Guisando. Sin duda, uno de mis lugares favoritos en esta localidad.
Dentro del pueblo, también hay varias paradas obligatorias. La Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, con piezas del XV y XVI que sorprenden por dentro más que por fuera, y la Ermita de San Antonio, que tiene su propio trasiego de peregrinos.



Tampoco puedes dejar de pasarte por el Ayuntamiento, del siglo XVIII, con una placa dedicada a Carlos III. Y para algo más inesperado, los hornos de tinajas, construidos cuando aquí se fabricaban a gran escala para vender por toda España.
Y luego está la parte natural, que en El Tiemblo es súper importante. El Castañar es todo un espectáculo de castaños, robles y pinos (algunos centenarios), y uno de esos sitios donde lo que más apetece es dar un buen paseo (sobre todo en otoño).
Si te gusta el agua, el río Alberche forma el embalse del Burguillo y el Charco del Cura, perfectos para desconectar o hacer algún deporte acuático en verano. También está la Garganta de la Yedra, con varias pequeñas presas escondidas entre montes y senderos. ¡Preciosa!
Pero por si todo esto te pareciese poco, la Cañada Real pasa por aquí, y con ella los históricos puentes de Valsordo y Santa Yusta. Hay incluso restos de calzada romana, una necrópolis visigoda, y hasta un pozo de nieve en mitad del monte.

La Adrada: de vuelta al medievo
Este pueblo, en plena falda de Gredos y al abrigo del Tiétar, es un viejo conocido para mí. ¡Cuántas veces habré venido de niña!
Para mí, el mejor punto de partida para recorrerlo es la Plaza del Riñón. En medio, la fuente con la escultura de la Niña del Agua le da un toque bastante tierno. ¡Y no olvides buscar su gato!
Una vez aquí, ya puedes hacer casi todo el recorrido andando.
A pocos pasos, te encuentras con la Casa del Tío Talís, ejemplo perfecto de la arquitectura tradicional de la zona. Y muy cerca, la Plaza de la Villa, que en sus buenos tiempos fue mercado, cine, plaza de toros y hasta corral de comedias.
Hoy es un lugar donde el pueblo se sigue encontrando: en fiestas, en bailes o simplemente al sol.
Subiendo por Las Escalerillas, entre muros de piedra y balcones de madera, llegas al Torrejón, uno de esos barrios que todavía guardan «las vibes» más antiguas del pueblo. Desde allí, las vistas al valle son para quedarte un rato largo contemplando tu alrededor.
Y si lo que estás buscando es un lugar poco conocido, tienes que visitar el Jardín Botánico Valle del Tiétar. ¡Te vas a enamorar enseguida del lugar y de sus dueños!



Y en lo alto, como debe ser, está el Castillo de La Adrada. Lo que antes eran ruinas es hoy una de las joyas del Tiétar. Restaurado con gusto (por mi tío, por cierto) y convertido en Centro de Interpretación Histórica, es visita obligatoria.
El pueblo también tiene otros lugares imprescindibles, como la Calle Larga, elegante y señorial, con casas blasonadas; la Iglesia del Salvador, con un retablo churrigueresco súper sorprendente; y la Ermita de la Virgen de la Yedra, donde según la tradición, la Virgen se apareció y decidió, literalmente, quedarse en La Adrada. ¡Yo también habría querido quedarme aquí!
Por último, consejo práctico: si es martes o viernes, pásate por el mercadillo. Y si de repente te entra hambre, no te lo pienses: patatas revolconas y vino de Cebreros en la Taberna Museo, antigua Casa del Tío Pedrón. Lo entenderás cuando lo pruebes.

Las Navas del Marqués: un pueblo de leyenda
En el umbral entre el Macizo de Guadarrama y la sierra de Gredos, entre pinos altos y berrocales de granito, Las Navas del Marqués se asienta como un enclave lleno de historia, arte y naturaleza.
Un lugar de leyenda, sobre todo por su pasado noble y monástico, pero también por la fuerza con que su paisaje y patrimonio capturan a quienes lo visitamos. ¡Es que me flipó!
La gran protagonista es la fortaleza renacentista del Castillo de Magalia, construida hacia 1540 por don Pedro Dávila y Zúñiga, primer marqués de la villa. Su elegante fachada, las galerías con columnas jónicas, los escudos heráldicos y su monumental torreón lo convierten en uno de los castillos-palacio más importantes de Ávila.
Hoy, convertido en espacio cultural, sigue siendo el centro simbólico del municipio. Y lo primero que vas a visitar aquí, seguro. Quizá atraído por sus leyendas…
Muy cerca, la Iglesia Parroquial de San Juan Bautista conserva su planta gótica, columnas dóricas, y un retablo barroco de gran belleza.



Junto a ella, el Convento de Santo Domingo y San Pablo, fundado por los primeros marqueses en el siglo XVI, y que habla de siglos de enseñanza, fe, invasiones francesas y desamortizaciones. Aunque abandonado desde 1936, todavía impone un montón.
La devoción popular tiene su centro en la Ermita del Cristo de Gracia, de origen ganadero y gran fervor local, y en la Iglesia de la Ascensión, alzada en 1954 en el barrio de la estación, con su original estética de inspiración colonial.
En su interior, destaca un mural dedicado a la Virgen pintado por las hermanas Gracia.
Y bajo los pies, reposa la historia más antigua: sepulturas antropomorfas excavadas en la roca, posiblemente de época altomedieval, diseminadas por el término municipal y rodeadas de leyendas que todavía se cuentan de padres a hijos. ¡De las que más me gustan a mí!
Obviamente, por el lugar en el que se encuentra, aquí también vas a encontrarte con un espacio natural increíble. Hay muchas rutitas, pero yo te recomiendo la del Camino de las Esculturas, en plena Dehesa Boyal, para empezar.

Madrigal de las Altas Torres: ha nacido una reina
Madrigal de las Altas Torres es tranquilo. Muy tranquilo. Está rodeado por una muralla que se conserva bastante bien, con cuatro puertas que dan paso al centro del pueblo. Solo por pasear por aquí ya merece una visita.
Pero es que, querido lector, si te gusta la historia, Madrigal de las Altas Torres debería ser para ti una parada obligatoria. Este pueblo del norte de Ávila es bonito, sí, pero lo que lo hace especial es que aquí nació Isabel la Católica.
¡Cómo no iba a ser mágico!
En una habitación del Palacio de Juan II, que hoy es el convento de Nuestra Señora de Gracia, dio sus primeros pasos Isabel, una de las figuras más conocidas de la historia de España.



Dentro del recinto está la Iglesia de San Nicolás de Bari, que impone con su torre y sorprende por dentro. ¿Lo más llamativo de su interior? La pila donde bautizaron a Isabel. ¡Si es que aquí todo gira en torno a ella!
También vale la pena acercarse a la Iglesia de Santa María del Castillo. Está un poco más alta, construida sobre lo que probablemente fue una fortaleza, y aunque por fuera parece sencilla, guarda unos frescos románicos que estuvieron tapados durante siglos hasta los años 60.
Fuera del pueblo, entre los campos, están las ruinas del Convento Agustino, al que en su día llamaron «el Escorial de Castilla». Ahora queda poco de él, pero lo suficiente para hacerte una idea del tamaño que un día tuvo.
Y si vas con tiempo (que yo te lo recomiendo), echa un ojo también al Hospital de la Purísima Concepción, al Arco de Piedra o a la Bodega de los Frailes. Son sitios algo menos conocidos, pero todos suman para entender por qué este pueblo fue tan importante.

Mombeltrán: castillo, paseos y «ñam, ñam»
¿Un castillo medieval, rutas por la sierra y bien de buen comer? ¡Mombeltrán!
Este pueblo se encuentra en el sur de Ávila, en el Barranco de las Cinco Villas, y lo primero que te va a llamar la atención de él, inevitablemente, es su castillo, que se ve casi desde cualquier punto del municipio. ¡Incluso antes de entrar en él!
El castillo es del siglo XV y se puede visitar los fines de semana. Apúntalo porque desde allí arriba verás todo el valle del Tiétar, y te podrás sentir un poco Juana La Loca, pues la encerraron aquí un tiempo…
Más allá del castillo, en el pueblo también encontrarás la Iglesia de San Juan Bautista, gótica, grande y con un retablo churrigueresco del XVIII que no esperas encontrar en un pueblo tan pequeño.
O el Hospital de San Andrés, del siglo XVI, que está justo al lado de la antigua calzada romana. Antiguo hospital de peregrinos, hoy acoge la oficina de turismo y un mercadillo bastante curioso que se monta algunos fines de semana.
Un poco más arriba, junto al castillo, está la Ermita de la Soledad y un parque con vistas. Ideal para sentarse un rato y mirar el valle. Y si vas fijándote, encontrarás restos de calzadas, molinos, casas blasonadas y fuentes antiguas que siguen funcionando.
¡Hay incluso restos visigodos en los alrededores!



Y si lo tuyo es andar, dar paseos o hacer senderismo, vas a disfrutar un montón aquí. Casi veinte rutas señalizadas recorren el entorno, y van desde paseos suaves hasta sendas más exigentes. Algunas salen directamente desde el centro del pueblo y se pierden por la sierra.
¡En otoño es una pasada!
Y luego viene el «ñam ñam». En este pueblo no se andan con tonterías: patatas revolconas, torreznos crujientes, chuletón de Ávila que ocupa media mesa… Y si eres de dulce, apunta: mantecados, perrunillas y pan de los buenos. El olor ya alimenta.
Ah, ¡y una curiosidad de las que tanto nos gustan! En Mombeltrán todavía se habla una variante del castellano que solo se da en esta zona. Lo llaman barranqueño, y lo cuidan un montón. Hablarlo, ya no lo habla casi nadie joven, pero escucharlo, todavía se escucha.

Piedralaves: el paraíso del agua
Aunque alfabéticamente este pueblo quede el último, te aseguro que lo vas a querer poner rápidamente en tu lista de favoritos. ¡Piedralaves es un paraíso real en Ávila!
Aquí el agua está súper presente: baja por la garganta, corre entre las casas, salta de fuente en fuente… Al pueblo lo cruza la garganta del Nuño Cojo y el sonido del agua bajando acompaña casi cualquier paseo. Muy, muy relajante.
¡Si hasta te puedes bañar en ella!
Uno de los sitios más conocidos es la Charca de la Nieta, una piscina natural metida entre piedras y árboles, con agua clara y fría que baja directa desde Gredos.



Piedralaves está metido en la ladera de la montaña, con sus casas bien agarradas a la piedra y unas calles que suben y bajan sin seguir ninguna lógica. Un trazado algo desordenado que nació sin plano, a base de costumbre y necesidad.
Camilo José Cela lo describió como «lindo y minúsculo como una flor», y me encantó esa descripción. Es pequeño, sí, pero está lleno de rincones con un encanto especial: balcones de madera, fachadas de piedra, escaleras empinadas y un montón de fuentes que brotan aquí y allá.
Por otro lado, Piedralaves tiene varias ermitas, como la de San Roque o la de la Concepción, y una iglesia con un artesonado mudéjar que sorprende muchísimo por lo bien conservado que está.
Delante de la iglesia encontrarás la Cruz de los Enamorados, un pequeño monumento del siglo XVII donde, dicen, se sentaban las parejas al salir de misa.
La plaza principal es la de la Constitución. Allí verás el Ayuntamiento y la Torre del Reloj, un edificio robusto que hoy funciona como oficina de turismo. Desde ahí salen la mayoría de rutas a pie por el pueblo, o simplemente sirve de referencia para orientarse un poco entre tanto callejón.
Ya ves que visitar los pueblos mágicos de Ávila es una forma perfecta de desconectar, descubrir lugares con historia y disfrutar de un ritmo de vida un pelín más tranquilo. ¡Es una ruta genial! Así que te animo a que hagas la maleta y te adentres en esta cara mucho menos conocida de la provincia.
Y ahora dime, ¿con cuál de estos pueblos te quedas tú? Me encantaría leerte en los comentarios.
Y si te has quedado con ganas de saber más sobre alguno en particular — dónde comer, qué rutas hacer, rincones secretos –, cuéntamelo también. Estaré encantada de preparar un post más a fondo.
¡Nos vemos en el próximo destino mágico!
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