Ávila,  Pueblos Mágicos

Conoce el Castillo de La Adrada y el amor entre un rey cristiano y una princesa musulmana

Te voy a contar una cosa un poco vergonzosa: mi familia y yo llevamos años teniendo una casita de campo cerca de La Adrada, en Ávila, y nunca había entrado a ver su castillo.

Sí, lo sé, no tengo perdón, pero a veces uno tiene lugares como estos al lado y no los visita. ¡Fatal!

Pero un día me animé, y me alegro un montón, porque aparte de conocer un castillo súper curioso, me llené la mochila de historias que ahora puedo contaros a vosotros.

Y allí descubrí la red de Pueblos Mágicos de España, a la que este municipio también pertenece.

¡Pero hablemos del castillo! En lo alto de pueblo, te vas a dar cuenta de que probablemente no es el más grande que vayas a ver en tu vida, ni tampoco el más famoso, pero tiene un encanto especial que no te esperas.

Quizá porque estar allí arriba, rodeado de montañas y con el aire puro llenándote los pulmones, es justo lo que necesitas cuando quieres desconectar un ratito. Y eso sí que te lo proporciona: un minuto de paz.

Caminar por sus muros y disfrutar de las vistas. ¡Esa va a ser tu única preocupación!

Desde entonces, no paro de recomendarlo como una escapada perfecta si quieres alejarte un poco del ruido de la ciudad y disfrutar de un lugar histórico con 0 agobios. ¿Qué tal te suena?

Un castillo con muchas vidas

Vale, vamos a situarnos un poco.

El Castillo de La Adrada, así como lo ves ahora, restauradito y con sus buenas vistas, ha pasado por bastantes etapas a lo largo de su vida. Y cuando digo bastantes, me refiero a siglos de cambios, reyes, ruinas, olvidos… y una resurrección bastante reciente.

Todo empezó allá por el siglo XIV, cuando un tal Ruy López Dávalos — que era un personaje importante de la corte de Enrique III — decidió levantar una fortaleza sobre lo que antes fue una iglesia gótica.

De hecho, cuando visitas el castillo y bajas a la parte más baja, aún puedes ver restos de esa iglesia original: un ábside, parte de los muros… Y eso mola un montón, porque te recuerda que este sitio tiene capas, como una cebolla histórica (o como Shrek).

Ya en el siglo XV, con el tema de las guerras y la artillería dando fuerte, el castillo se transformó en algo más serio a nivel militar. Se construyó la torre del homenaje — que hoy sigue siendo lo más llamativo del castillo — y se añadieron más defensas, como un cubo artillero, que servía básicamente para aguantar bien los cañonazos.

En esta época, el castillo llegó a ser residencia de varios reyes. O sea, no es solo una construcción bonita: por aquí pasaron tipos como Enrique III, Enrique IV, Juan II… Vamos, que si sus piedras hablaran, tendríamos para hacer una serie de Netflix con varias temporadas.

Pero el tiempo pasa, la moda cambia (la arquitectónica también, querido lector), y en el siglo XVI, lo militar ya no estaba tan de moda. Así que el castillo se empezó a convertir más en un palacio de recreo, con soportales renacentistas, espacios más cómodos, y mucho menos rollo defensivo.

Los marqueses de la zona querían comodidad, no batallas. Tiene sentido, ¿verdad?

Más tarde vinieron siglos de pasar de mano en mano: primero los Montijo, luego la Casa de Alba… y con ellos, el abandono poco a poco.

En el siglo XIX, ya casi nadie le hacía caso al castillo. De hecho, como pasaba con muchas construcciones de la época, la gente del pueblo empezó a usar las piedras del castillo para construir sus casas. Literal.

De ahí que durante años no fuera más que un montón de muros medio caídos y ruinas. Y que los restauradores tuvieran tantísimos dolores de cabeza…

Sin embargo, de manera inevitable llegó el siglo XX y, con él, la conciencia de que igual no estaba bien dejar perder estos lugares. En los años 90 y sobre todo en los 2000, el castillo fue recuperado poco a poco gracias a varios proyectos de restauración.

El Ayuntamiento de La Adrada, con ayuda de la Junta de Castilla y León, fondos europeos y mucho trabajo, logró devolverle la vida. Excavaron, consolidaron muros, y lo más guay: adaptaron el espacio sin cargarse para nada su esencia.

Y hoy, el castillo alberga el Centro de Interpretación Histórica del Valle del Tiétar, donde puedes ver cómo ha ido cambiando la zona a lo largo de los siglos: desde los vetones hasta la Edad Media, pasando por visigodos y todos los demás. ¡Una pasada de sitio!

Zaida y Alfonso VI: un amor complicado

Pero tú llegaste a este post un poco por el chisme… ¡A mí no me engañas!

Cuando visité el castillo por primera vez, una de las cosas que más me llamó la atención no fueron ni las vistas (aunque son una pasada), ni la torre del homenaje, ni el silencio del patio interior…

Fue enterarme de que, según algunas fuentes históricas y leyendas locales, aquí se vivió una historia de amor imposible. Si es que no tengo remedio, me encantan los romances. ¡Qué le hago!

Eso sí, déjame decirte que no te voy a hablar de un cuento inventado para turistas. Hoy te voy a hablar de dos personas reales: Zaida (o Zoraida), una princesa musulmana andalusí, y Alfonso VI, rey cristiano de Castilla y León.

Spoiler: su historia no acabó bien. Pero empecemos por el principio.

La historia empieza en el siglo XI, en pleno Al-Ándalus. Zaida era parte de la familia del rey de Sevilla, al-Mutámid. No se sabe con certeza si era su hija o su nuera, pero el caso es que pertenecía a una de las familias más poderosas de aquel momento.

Era una mujer culta, preparada, muy joven, y dicen que guapísima. Los cronistas de la época no escatimaron en halagos. Si ya lo decía Guillén de Castro en su obra teatral Las mocedades del Cid:

«De Zaida las luces bella quieren verte, porque dice que, movida a tus querellas, lloran tu estrella infelice sus ojos, que son estrellas»

Pero claro, no vivió en tiempos tranquilos. En el sur, los almorávides — otro grupo musulmán del norte de África — estaban arrasando con todo. Así que, en medio del caos, Zaida acabó huyendo. ¿Y dónde buscó refugio? Pues en el norte, en tierras cristianas.

Concretamente, con Alfonso VI, que justo acababa de conquistar Toledo y andaba en modo expansión.

Ahí se cruzan sus caminos. Alfonso y Zaida acabaron teniendo una relación que, para su época, era bastante explosiva. Él, rey cristiano, divorciado varias veces, sin heredero varón. Ella, princesa musulmana, extranjera, refugiada.

Y aún así, decidieron estar juntos. Zaida se convirtió al cristianismo (se bautizó como Isabel, según varias fuentes), y de esa unión nació un hijo: Sancho. Por fin Alfonso tenía un heredero.

¿Y qué tiene que ver La Adrada en todo esto? Pues que se dice — y esto lo recogen tanto guías locales como publicaciones del Ayuntamiento y algunos historiadores — que el castillo fue uno de los refugios donde la pareja se veía.

No era un palacio de corte, ni una ciudad importante. Era un lugar discreto, en plena sierra, perfecto para estar alejados de miradas incómodas y de todos esos nobles que probablemente no veían con buenos ojos esta relación.

Así que imagina la escena: Alfonso y Zaida alejados de todo, paseando por estos muros, disfrutando de un poco de intimidad en un mundo donde nada era privado. ¡Qué bucólico!

Pero como suele pasar en estas historias, el final no fue feliz.

Zaida murió joven, probablemente al dar a luz a Sancho. Años más tarde, el hijo que Alfonso tanto había esperado también perdió la vida en la batalla de Uclés, en 1108, con tan solo 19 años.

El rey quedó destrozado, sin heredero y sin su gran compañera, y todo aquello que habían construido juntos, se deshizo. ¡Qué final más triste!

Información práctica

Si después de todo lo que te he contado te estás planteando una escapada a La Adrada, ¡bien hecho! Es un plan súper redondo si te apetece estar tranquilo.

En este apartado te dejo todo lo que necesitas saber para organizar la visita sin complicaciones.

¿Cómo llegar?

El castillo está en el pueblo de La Adrada, que está en el sur de la provincia de Ávila, en pleno Valle del Tiétar.

Desde Madrid en coche hay más o menos una hora y 45 minutos (unos 100km), dependiendo del tráfico, y desde Ávila hay poco más de una hora. Llegar es muy fácil y el paisaje del final del trayecto es precioso, sobre todo si vas en primavera u otoño.

Además, en el propio castillo hay aparcamiento gratis y bastante amplio, así que no deberías tener que preocuparte por ello. También puedes subir andando desde el propio pueblo tras haber dado una vuelta por el municipio.

Si lo que te apateces es ir en transporte público hasta La Adrada, desde Madrid puedes pillar un autobús de la empresa Samar en la Estación Sur (Méndez Álvaro). ¡Una maravilla si no quieres coger el coche y dejarte llevar!

Horarios y tarifas

Esto sí conviene que lo tengas muy claro para no darte el paseo y encontrártelo cerrado. Te dejo aquí los horarios del castillo, que varían según el día de la semana:

  • Martes a jueves: abierto de 10:00 a 14:00

  • Viernes y domingo: de 10:00 a 15:00

  • Sábados: de 10:00 a 15:00 y de 16:00 a 19:00

Detalle importante: solo dejan entrar hasta 40 minutos antes del cierre, así que no te confíes pensando que te da tiempo de sobra, porque igual llegas y ya no te dejan pasar. ¡Avisado quedas!

Los festivos abren igual que en fin de semana, y tanto los lunes como los días 24, 25 y 31 de diciembre y 1, 5 y 6 de enero permanece cerrado.

En cuanto al precio, acceder al interior cuesta 3 € (puedes dar un paseo por el interior de su muralla exterior de forma gratuita). Si prefieres asegurarte tu entrada — sobre todo si vas en días festivo o con grupo—, puedes reservarla online en la web de la Red de Patrimonio Histórico.

Consejitos de viajera

Y para finalizar, mis truquitos favoritos para que tu plan salga requetebién.

  • Si puedes, ¡llévate a tu perro! Sí, este castillo es completamente dog friendly, así que puedes hacer este viaje tranquilamente con tu peludito. Obviamente, tendrá que ir siempre atado y tendrás que asegurarte de que todo quede limpísimo tras su visita.

  • Ve prontito. Sobre todo si vas en finde o temporada alta. Por la mañana hay mucha más calma, la luz es preciosa para fotos y te evitas el calorazo (que en verano, ojo, aprieta).

  • Bien de calzado cómodo. No hace falta que lleves calzado de trekking, pero sí que vayas con zapas o sandalias con suela buena. Hay escalones, piedra irregular y alguna que otra subidita.

  • Lleva agua (para ti y tu peludito) y crema solar. No hay máquinas de bebida dentro ni fuentes, así que una botellita de agua te va a venir genial. Y si vas con perrete, para él también. ¡Lleva de sobra!

  • No olvides tu Pasaporte Mágico. ¡Aquí te lo van a poder sellar!

  • Sube a lo más alto, sí o sí. Las vistas desde arriba son lo mejor. El pueblo, el valle, el silencio… Además, no es una subida complicada. Solo un par de tramos de escaleras.

  • Ve con tus peques. Si tienes niños, has de saber que el castillo es seguro, no es muy grande, y el museo tiene maquetas, vídeos y cosas que les van a entretener un montón.

  • Y sobre todo, tómate tu tiempo. Lo bueno de sitios como este es que no te obligan a correr. Puedes sentarte un rato en el patio, admirar el paisaje, cerrar los ojos, dejar el móvil a un lado. Suena a frase de taza, pero es real: esos momentos de no hacer nada también son parte del viaje. ¡Y para mí son de lo mejor!

Y nada, ¡eso es todo! Tenía este castillo al lado desde hace años y no fue hasta hace relativamente poco que decidí entrar y verlo con calma. ¡Incluso he ido varias veces ya!

Si te animas a ir, o si ya has estado, pásate por comentarios o escríbeme, ¡que me encanta cuando estos posts se convierten en una conversación!

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