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10 pueblos mágicos con nombre de mujer: un paseo por la España que nosotras construimos

Sí, no es literal. ¡Aunque más de una mujer se merecería un pueblo con su nombre!

Pero lo cierto es que, si afinásemos un poco más la vista al caminar por las plazas de nuestros Pueblos Mágicos de España, nos daríamos cuenta de que sus nombres están muy presentes, aunque a veces el mapa oficial se olvide de mencionarlas.

A menudo, cuando preparamos una escapada, nos dejamos llevar por la búsqueda del ángulo perfecto para Instagram: esa callejuela llena de flores, el castillo que domina el valle, el atardecer entre molinos de viento…

Y oye, aunque una cosa no quita la otra, a veces nos quedamos en la superficie, en lo estético, y nos perdemos lo que de verdad le da alma a un lugar: su historia.

Esa historia, en España, tiene un calado femenino que hoy me he levantado con ganas de reivindicar.

Para este 8 de marzo, he querido ir un paso más allá y he seleccionado 10 destinos donde la magia está también en el rastro de las mujeres que los habitaron, los defendieron o los crearon.

Mujeres que — desde el poder o desde el anonimato — pusieron las piedras de la España que hoy pisamos. Prepárate, porque hoy no te voy a hablar de monumentos…

¡Vas a conocer a las dueñas de la historia!

1. Alpujarra de la Sierra: las lavanderas

En los municipios granadinos de la Alpujarra de la Sierra, como Mecina Bombarón y Yegen, el agua ha sido históricamente el recurso que ha vertebrado la vida.

Sin embargo, más allá de su uso agrícola, los lavaderos públicos siempre han destacado como los espacios donde se gestionaba la supervivencia cotidiana del pueblo.

La tarea de las lavanderas era de una dureza física extrema, especialmente durante los inviernos de montaña. Con el agua bajando directamente de Sierra Nevada a temperaturas bajo cero, estas mujeres pasaban jornadas enteras de rodillas, utilizando jabones artesanales fabricados por ellas mismas.

Sus manos, expuestas constantemente al frío y a la sosa, son el símbolo de un esfuerzo que rara vez aparece en los libros de historia, pero que durante años ha sido (y en algunos lugares todavía es) indispensable para el mantenimiento de las familias en zonas rurales aisladas.

Además de la limpieza, el lavadero funcionaba como una red de asistencia social en toda regla.

Allí se intercambiaba información esencial sobre el estado de salud de los vecinos o las carencias económicas de las familias, permitiendo que las mujeres se organizaran para cubrir necesidades que el sistema oficial no alcanzaba a atender.

La cantidad de remiendos de una sábana podían decirte cómo estaba una familia. ¡Y estas mujeres lo daban todo por sus vecinos aunque ellas mismas tuvieran poco!

Hoy, si paseas por Alpujarra de la Sierra, no te quedes solo en las vistas y en lo precioso que es el «Pueblo Libro»: ¡haz la ruta de los lavaderos y recuerda a todas estas mujeres tan maravillosas!

2. Arévalo: Maruja Mallo

Aunque nació en Galicia, la figura de la pintora surrealista Maruja Mallo — Ana María Gómez González — está estrechamente ligada a Arévalo por un hito profesional muy concreto.

En 1933, tras regresar de una estancia en París, Mallo obtuvo por oposición la cátedra de Dibujo.

¿Y sabés cuá fue su primer destino oficial? ¡Arévalo, claro! Y más específicamente el Instituto de Arévalo, donde ejerció como docente durante el curso escolar 1933-1934, impartiendo clases de Dibujo y Composición.

Este periodo en tierras abulenses representa un contraste significativo en su trayectoria.

Mallo, que ya era una figura transgresora de la Generación del 27 en Madrid y amiga cercana de artistas como Dalí o Lorca, se trasladó a la sobriedad de la Castilla profunda para cumplir con su labor pedagógica.

Y porque es muy probable que, a diferencia de otros artistas varones de su época, no hayas oído hablar mucho sobre ella, es importante que la recordemos.

Aunque breve, su presencia en la villa supuso un choque de modernidad, ya que aplicó métodos de enseñanza muy innovadores para la época, tratando de despertar la creatividad en sus alumnos a través de la observación del entorno.

Un ejemplo clarísimo de cómo la vanguardia intelectual de la Segunda República se infiltró en las provincias a través de la educación.

¡Una mujer que trabajó mucho por modernizar el país, antes de que el exilio interrumpiera su carrera en España!

3. Cambados: las redeiras

En Cambados, uno de los centros neurálgicos de la comarca de O Salnés, la economía ha dependido históricamente de la pesca y el marisqueo.

Sin embargo, detrás de la actividad extractiva existe una labor técnica fundamental y tradicionalmente invisibilizada: la de las redeiras.

Estas mujeres son las encargadas de la confección, reparación y mantenimiento de las artes de pesca, una tarea que requiere una precisión técnica y una resistencia física considerables, ya que el estado de las redes determina directamente la seguridad y el éxito de las jornadas en el mar.

Pero, querido lector, históricamente, el oficio de redeira se ha desarrollado en condiciones de gran precariedad, a menudo a la intemperie en los muelles o en naves con escaso aislamiento.

Durante décadas, este trabajo se consideró una «ayuda familiar» no remunerada o sumergida, a pesar de ser un eslabón crítico en la cadena de valor del sector marítimo.

De hecho, no fue hasta finales del siglo XX y principios del XXI cuando estas mujeres comenzaron a organizarse en asociaciones y federaciones para profesionalizar el sector, exigir derechos laborales, formación reglada y el reconocimiento de enfermedades profesionales derivadas de las posturas repetitivas y las condiciones climáticas.

Por ello, el reconocimiento de las redeiras no es solo una cuestión de identidad cultural gallega, sino un acto de justicia económica.

Representan a un colectivo de mujeres que, con su conocimiento técnico sobre los diferentes tipos de malla y aparejos, han sostenido la operatividad de la flota pesquera y han luchado por dignificar un oficio esencial que hoy es patrimonio vivo de la costa gallega.

4. Campo de Criptana: Sara Montiel

Campo de Criptana es célebre por su conjunto de molinos de viento en la Sierra de los Molinos, pero también es la cuna de María Antonia Abad Fernández, conocida mundialmente como Sara Montiel.

Nacida en 1928 en el seno de una familia de campesinos humildes, su trayectoria representa uno de los casos de ascenso social y éxito internacional más atípicos de la posguerra española.

Lejos de la imagen simplificada de «estrella de cine», su carrera profesional se caracterizó por una gestión audaz de su propia imagen y una capacidad de negociación poco común en la industria cinematográfica de mediados del siglo XX.

Tras sus primeros pasos en el cine español, Montiel tomó la decisión estratégica de emigrar a México y, posteriormente, a Estados Unidos. En Hollywood, trabajó con directores de la talla de Anthony Mann y Robert Aldrich, compartiendo pantalla con figuras como Gary Cooper o Burt Lancaster.

Su regreso a España en 1957 con la película El último cuplé marcó un hito sin precedentes en la taquilla nacional.

Fue ella quien, con una visión comercial muy clara, revolucionó el género del cuplé — que es un estilo musical español, por si no lo sabes — y lo adaptó a los nuevos tiempos, convirtiéndose en la actriz mejor pagada del mundo en aquel momento, con contratos que superaban el millón de dólares por película.

Pero el legado de Sara Montiel en Campo de Criptana no es solo una cuestión de orgullo local o de anecdotario de «diva». Representa la ruptura de las barreras de clase y de género desde una España rural y empobrecida.

¡No olvides visitar el museo dedicado a ella en el interior del Molino Culebro!

5. Cepeda: las bordadoras

En el municipio salmantino de Cepeda, el bordado popular no es solo una labor ornamental, sino un lenguaje técnico complejo que ha pasado de generación en generación.

El conocido como «bordado popular de la Sierra de Francia» destaca por su riqueza simbólica, con motivos de fauna y flora — leones, águilas, flores de loto… — que tienen raíces en la estética medieval y renacentista.

Durante siglos, las bordadoras de Cepeda han sido las depositarias de este conocimiento, ejecutando con una precisión matemática puntos como el realce, el cordoncillo o el pasado sobre telas de lino y lana tejidas a mano.

¡Una preciosidad!

Pero esta actividad no se limitaba a la confección de ajuares domésticos, sino que el bordado era una pieza fundamental de la economía de subsistencia y del prestigio social de las familias.

Las mujeres dedicaban meses de trabajo minucioso a la creación de los trajes de vistas y las mantelerías, piezas que hoy son estudiadas por etnógrafos debido a su complejidad técnica y su valor antropológico.

Además, el rigor con el que estas artesanas han mantenido la pureza de los diseños originales ha permitido que el bordado de la zona sea reconocido actualmente como Bien de Interés Cultural, protegiendo así una propiedad intelectual colectiva creada íntegramente por mujeres.

6. Comares: las viudas

¡Pero no unas viudas cualquiera!

En 1838, Comares dejó de ser solo un pueblo blanco de la Axarquía para convertirse en el epicentro de un escándalo político que llegó hasta el Palacio Real.

Todo empezó con una injusticia: los maridos de María Castillo y Ana Cabezas, ambos antiguos alcaldes, murieron de tifus en las cárceles de Málaga tras ser arrestados por orden del mando militar de Granada bajo acusaciones falsas.

Lejos de resignarse al luto silencioso, estas dos mujeres decidieron que la muerte de sus esposos no quedaría impune y emprendieron un viaje casi imposible para la época: llegar a Madrid para pedir justicia ante la Corona.

¡Y vaya si lo hicieron!

Sin formación ni recursos, atravesaron España a pie y en diligencias, convirtiéndose por el camino en un símbolo de la lucha contra el autoritarismo.

Su llegada a la capital provocó tal revuelo en la prensa liberal y el Congreso que la propia Reina Regente, María Cristina de Borbón, las recibió en audiencia oficial en julio de aquel año.

Allí, vestidas de luto y frente a la soberana, defendieron el honor de sus maridos y denunciaron los abusos de poder que habían sufrido en su tierra, logrando que su causa fuera escuchada en las más altas esferas del Estado.

¡Todo un hito de resistencia civil femenina!

Y es que la dignidad no entiende de clases sociales y ni distancias geográficas…

7. Combarro: las mariscadoras

Combarro es famoso por sus hórreos a pie de mar, pero hay otra cosa que sostiene este pueblo: ¡y está en la arena de su ría!

Allí, las mariscadoras han trabajado históricamente a merced de las mareas, realizando una de las labores físicas más exigentes del sector primario.

Durante décadas, su oficio — al igual que el de las redeiras — se ha visto como una tarea complementaria y doméstica, cuando en realidad eran ellas quienes garantizaban los ingresos estables de las familias marineras, especialmente en los momentos en los que la pesca de altura flaqueaba.

Por otro lado, esta labor es un ejemplo perfecto de gestión sostenible del territorio liderado por mujeres.

Ellas no solo extraen el producto, sino que son las responsables de la limpieza de las playas, de la siembra del molusco y de la vigilancia de los arenales.

Aunque te tengas que levantar muy pronto para verlas trabajar, hazlo porque es un lujo. Te ayudarán a entender que la belleza del paisaje gallego es, en gran medida, resultado de su esfuerzo constante por cuidar y producir el mar.

8. Frómista: Doña Mayor de Castilla

Frómista es una parada obligatoria en el Camino de Santiago francés, pero uno de sus monumentos más emblemáticos, la Iglesia de San Martín de Tours, no existiría tal y como la conocemos sin la intervención de Doña Mayor de Castilla.

Reina consorte de Pamplona por su matrimonio con Sancho Garcés III, Doña Mayor fue una mujer con una gran formación y una capacidad de gestión política extraordinarias.

Tras quedar viuda, se retiró a sus dominios en Castilla, donde ejerció un papel fundamental como promotora cultural y religiosa en un momento clave para la consolidación del románico en la península.

Fue ella quien, en su testamento de 1066, dejó constancia de la fundación del monasterio de San Martín de Frómista, dotándolo de recursos y asegurando su construcción. Pero su visión no fue meramente espiritual…

Doña Mayor entendió que potenciar los hitos del Camino de Santiago era una estrategia política para dinamizar el territorio y atraer conocimiento y comercio desde Europa.

Así que sí, gracias a ella, Frómista es el referente artístico que es y su iglesia sigue siendo el modelo por excelencia del románico europeo más puro. ¡Toda una visionaria!

9. Molina de Aragón: Doña Blanca de Molina

Molina de Aragón es conocida por su gigantesco castillo fortaleza, pero su historia más personal está ligada a la figura de Doña Blanca, quinta señora del territorio.

En un siglo XIII marcado por las tensiones dinásticas y territoriales, Doña Blanca heredó el Señorío de Molina y lo gobernó con una autonomía y una inteligencia política que permitieron al territorio prosperar al margen de las grandes disputas de la Corona.

Su mandato fue el de una mujer que entendió que la estabilidad de su pueblo dependía de su firmeza ante los más poderosos y de su cercanía con sus vasallos.

Y es que a diferencia de otros gobernantes de la época, Doña Blanca se instaló de forma permanente en la villa y se dedicó a fortalecer sus instituciones. Fundó iglesias y monasterios, pero sobre todo se centró en la gestión de los fueros y en garantizar que Molina mantuviera sus privilegios y su independencia económica.

Su decisión de legar el señorío a la Corona de Castilla bajo condiciones muy específicas demuestra que fue una estratega que buscaba, por encima de todo, la protección a largo plazo de sus vecinos.

¡Una buena política, digamos!

10. Sahagún: Urraca I de León

Estaremos de acuerdo en que Sahagún es bastante conocido por ser otro punto clave del Camino de Santiago francés y también por su arte mudéjar.

Pues déjame decirte que también lo es por ser uno de los lugares preferidos de la primera mujer en la historia de Europa que ejerció el poder real por derecho propio, sin ser la «esposa de» ni la «madre de»: Urraca I.

A menudo apodada injustamente «la Temeraria» por las crónicas de la época, esta mujer heredó el trono de León, Galicia y Castilla en el año 1109, en una época en la que la sola idea de una mujer al mando era vista como una «anomalía» muy peligrosa.

Su vinculación con Sahagún estuvo definida por la inestabilidad de su tiempo.

En esta villa, sede del poderoso Monasterio de San Benito, la soberana centralizó gran parte de su actividad política y militar, tratando de mantener el control de un reino fragmentado por las disputas sucesorias y la oposición de los estamentos privilegiados.

¡Por eso la historia de Urraca en estas tierras es la de una resistencia feroz!

Tuvo que defender su legitimidad frente a su propio marido, Alfonso I de Aragón, y frente a los nobles que preferían ver a un hombre en el trono.

En Sahagún, Urraca demostró ser una estratega militar y política brillante, capaz de liderar ejércitos y de firmar pactos que aseguraran la supervivencia de su reino.

A pesar de que las crónicas de la época, escritas mayoritariamente por monjes, intentaron retratarla como una mujer inestable o conflictiva, la realidad histórica muestra a una gobernante que mantuvo la integridad de sus territorios bajo una presión extrema.

Y si todo esto no lo sabías ya, ¡menos mal que he llegado yo para contártelo!

Ahora dime tú, ¿qué otro rincón mágico de nuestro país añadirías a esta ruta de memoria femenina? ¡Te leo en comentarios!

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