Nueva York

¿Quién construyó Nueva York? 5 paradas en el mapa del poder femenino de la Gran Manzana

La ciudad de Nueva York es, posiblemente, la más filmada y fotografiada del mundo.

Nos han contado mil veces que Manhattan es un cúmulo de rascacielos levantados por hombres con apellidos famosos, puros en la mano y mucho ego.

Pero si rascas un poco bajo esa superficie y te alejas un segundo de lo que crees conocer, te das cuenta de que el alma de esta ciudad la han construido, gestionado y salvado ellas. ¡Sus mujeres!

En este post te voy a contar más acerca de visionarias que salvaron barrios enteros cuando los políticos querían llenarlo todo de autopistas y de mentes brillantes que se sentaron en despachos donde antes no las dejaban ni llevar el café.

Así que sí, querido lector, hoy nos vamos a alejar un pelín de la Estatua de la Libertad y nos vamos a patear las calles de verdad. ¿Qué tal te suena el plan?

Primera parada: ¡la ONU!

Eso es, nos acercamos hasta la sede de la Organización de las Naciones Unidas, a orillas del East River.

Este es el lugar donde el concepto moderno de dignidad humana tomó forma gracias a una mujer que se negó a ser una figura decorativa del brazo de un hombre.

Te hablo de Eleanor Roosevelt, quien tras la Segunda Guerra Mundial fue nombrada delegada ante la Asamblea General de la ONU por el presidente Harry S. Truman.

Como presidenta de la Comisión de Derechos Humanos, Eleanor fue la fuerza motriz detrás de la redacción de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, aprobada en 1948.

En un contexto de posguerra, con el mundo dividido y los delegados de diferentes naciones enfrentados por cuestiones ideológicas, ella utilizó su capacidad de negociación para unificar criterios.

Se dice que su tenacidad era tal que los delegados, agotados por sesiones «maratonianas», terminaron cediendo ante su visión de un mundo más justo. ¡El que la sigue la consigue!

Ella fue quien insistió en que los derechos humanos no eran una cuestión de estados, sino de individuos. Como ella misma dijo en un famoso discurso que dio en la propia ONU en 1958:

¿Dónde comienzan los derechos humanos universales?
En pequeños lugares, cerca de casa.

Y es que aunque hoy nos puede parecer algo obvio, Eleanor luchó para que el lenguaje de la Declaración fuera inclusivo.

Se aseguró, por ejemplo, de que el artículo 1 pasara de decir «Todos los hombres nacen libres e iguales» a «Todos los seres humanos nacen libres e iguales», un cambio pequeño en la forma pero gigante en el fondo.

Segunda parada: ¡el Puente de Brooklyn!

Es, sin duda, uno de los iconos más fotografiados del skyline neoyorquino, pero lo que seguro que no sabes es que se terminó gracias a la tenacidad de una mujer.

Cuando el ingeniero jefe de la obra, Washington Roebling, quedó postrado en cama por la «enfermedad de los cajones» –descompresión, o básicamente lo que ocurre cuando tu cuerpo se convierte en una botella de refresco agitada — durante las obras, fue su esposa, Emily Warren Roebling, quien tomó las riendas del proyecto durante los siguientes 11 años.

Emily no tenía formación académica en ingeniería, pero ante la crisis, se convirtió en la voz y los ojos de su marido en la obra. Estudió matemáticas avanzadas, cálculo de curvas catenarias y resistencia de materiales de forma autodidacta para poder dar instrucciones precisas a los obreros y contratistas.

Ella era quien bajaba a pie de obra cada día, gestionaba los presupuestos y lidiaba con los políticos de la ciudad que dudaban de que el puente pudiera terminarse.

Su papel fue tan crucial que el día de la inauguración, en 1883, el congresista Abram Stevens Hewitt dijo en su discurso:

El nombre de Emily Warren Roebling estará grabado en la estructura de este puente como una prueba de que la capacidad de las mujeres para el estudio y la dirección de grandes obras ha sido ignorada durante demasiado tiempo.

¡Busca la placa!

Ah, por cierto (y como curiosidad extra), Emily fue la primera persona en cruzar el puente de forma oficial en carruaje.

Pero no lo hizo de cualquier forma, no… Lo hizo llevando un gallo blanco en el regazo, un símbolo de victoria y buena suerte que marcó el final de una de las mayores proezas técnicas del siglo XIX.

Tercera parada: ¡el Financial District!

Estamos en el barrio de la Bolsa y los hombres con maletín y mucha prisa. Sale en todas las pelis de Nueva York, así que sabes de cual te hablo 100%.

Pero en medio de este lugar con rascacielos casi tan altos como llega la vista, nos encontramos con la Fearless Girl, una escultura de bronce de apenas 1,30 metros de altura creada por la artista Kristen Visbal.

Aunque hoy es una parada obligatoria para cualquier turista en Nueva York, su historia oficial comenzó como una acción temporal de «guerrilla» publicitaria.

Fue instalada en la víspera del 8 de marzo de 2017, colocada estratégicamente frente al famoso Charging Bull (el toro de Wall Street).

Y lo que iba a ser una intervención de una semana se convirtió en un fenómeno social tal que el Ayuntamiento de Nueva York, tras recibir miles de peticiones ciudadanas, decidió que la niña se quedara para siempre en el Distrito Financiero. ¡A mí me parece estupendo!

De hecho, su ubicación original frente al toro generó un debate mundial sobre la presencia de las mujeres en los consejos de administración y en los puestos de alta dirección.

En 2018, debido a la congestión de turistas, la ciudad la trasladó a su ubicación actual: justo frente a la Bolsa de Nueva York, la New York Stock Exchange, donde sigue hay plantada con su mirada desafiante.

Por cierto, no te vayas sin leer la placa que tiene a sus pies:

Know the power of women in leadership. SHE makes a difference.
(Conoce el poder de las mujeres en el liderazgo. ELLA marca la diferencia).

¡Nuestra presencia en el mundo es imparable!

Cuarta parada: ¡el Meatpacking District!

Al poner un pie en el Meatpacking District, cuesta imaginar que hace apenas unas décadas este era un laberinto de almacenes de carne y suelos industriales que nadie quería pisar al caer el sol.

¡Daba verdadero terror!

Pero su transformación en el barrio cultural que conocemos hoy tiene un nombre propio: el de la diseñadora de moda belga-estadounidense Diane von Furstenberg (DVF).

Ella no solo trasladó aquí su sede mundial en 1997, cuando aún era zona «prohibida», sino que se convirtió en la principal guardiana de su identidad. A ella se la considera la «godmother» (la madrina) de este barrio.

Eso sí, la contribución más importante de Diane a este lugar no fue solo estética — que también –, sino urbanística.

Fue la fuerza motriz y la mayor donante privada detrás de la creación de la High Line.

Donde los promotores inmobiliarios solo veían una vía de tren vieja, oxidada y lista para ser demolida, ella — junto a la comunidad local — vio un parque elevado que podía salvar el West Side.

DVF no solo revolucionó el armario femenino con el wrap dress — un vestido cruzado pensado para dar libertad y seguridad a la mujer trabajadora, y que todas llevamos a día de hoy –, sino que demostró que el éxito empresarial puede ir de la mano de la recuperación del espacio público.

Según los registros de Friends of the High Line, DVF realizó la donación privada más grande en la historia de los parques de Nueva York: ¡más de 20 millones de dólares! Todo para asegurar que este jardín elevado fuera una realidad.

Consejito de viajera: ven al atardecer y pásate por la puerta de su estudio en la calle 14.

Quinta parada: ¡la estación Grand Central!

Y por último, querido lector, si hoy podemos levantar la vista y disfrutar del techo de las constelaciones en el vestíbulo principal de Grand Central, es gracias a una batalla legal y mediática que lideró una de las vecinas más icónicas de la Quinta Avenida: Jacqueline Kennedy Onassis.

En los años 70, la estación estuvo a un paso de correr la misma suerte que la antigua Penn Station: ser demolida para construir sobre ella una mole de oficinas de 55 plantas.

Pero con Jackie fueron a topar.

¡Y no se limitó a recoger firmas! Se unió a la Municipal Art Society of New York y lideró la campaña «Save Grand Central», llegando incluso a escribir una carta personal al entonces alcalde, Abraham Beame, con una pregunta que se hizo súper famosa:

¿No es cruel dejar que nuestra ciudad muera poco a poco, despojada de todos sus monumentos orgullosos, hasta que no quede nada de su historia y de su belleza para inspirar a nuestros hijos?

Su implicación llevó el caso hasta el Tribunal Supremo de los Estados Unidos.

En una sentencia histórica de 1978Penn Central Transportation Co. v. New York City — , el tribunal falló a favor de la ciudad, estableciendo que Nueva York tenía el derecho legal de proteger sus edificios históricos incluso frente a los intereses de las grandes corporaciones.

Gracias a ella, no solo se salvó esta terminal, sino que se blindó el patrimonio de todo el país. Sin el activismo de Jackie, el concepto de «monumento protegido» (landmark) tal como lo conocemos no tendría la fuerza legal que tiene hoy.

Consejito de viajera: entra en el Vanderbilt Hall, el antiguo salón de espera principal. Allí encontrarás una placa de bronce en su honor.

Así que no, querido lector, Nueva York no es solo una colección de rascacielos y luces de neón; es el resultado de siglos de decisiones valientes, muchas de ellas tomadas por mujeres que no esperaron a que les dieran permiso para construir el futuro.

La próxima vez que cruces el charco, te propongo un reto: no te limites a seguir las rutas de siempre.

Y ahora, dime: de estas cinco paradas, ¿cuál es la primera que vas a apuntar en tu lista? ¿O hay alguna otra mujer cuya huella en Nueva York te fascine y deba estar también en ella? ¡Te leo en los comentarios!

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