España,  Madrid

Madrid y la Real Academia Española: un paseo por la sede donde cuidan nuestro idioma

Hay edificios que, más que de piedra o ladrillo, están hechos de historia e ideas brillantes. Uno de esos lugares se encuentra en Madrid: la sede de la Real Academia Española (RAE).

¿Alguna vez te has preguntado quién decide cómo se escribe una palabra, o por qué ciertas expresiones terminan entrando — o saliendo — del diccionario? ¡Yo un montón de veces!

Pues déjame decirte que detrás de cada tilde, cada nueva acepción, hay un grupo de personas dedicadas a algo tan esencial como fascinante: cuidar de la lengua española.

Y no lo hacen desde cualquier rincón, sino desde un edificio súper discreto a unos pasos del Parque de El Retiro y del bullicio cultural del Paseo del Prado.

Y claro, como buena amante de los idiomas, no pude evitar sentir una mezcla de respeto, emoción y muchísima curiosidad al pararme frente a él. ¿Qué se hace ahí dentro? ¿Quién trabaja ahí? ¿Se puede visitar? ¿Será tan interesante como suena? Este post nace de esa chispa, de esas preguntas.

Hoy te invito a acompañarme en un paseo muy especial por la sede de la RAE. Vamos a descubrir su historia, su arquitectura, sus secretos, y todo lo que necesitas saber para planear tu visita.

Porque viajar no es solo ver monumentos o probar comidas nuevas, también es acercarse a lo que nos hace ser quienes somos. Y el idioma, sin duda, es parte esencial de eso, ¿no crees?

Por eso, entrar en la Academia es entrar en la casa común de todos los que amamos esta lengua.

Érase una vez… la RAE

La historia de la Real Academia Española es también, en cierto modo, la historia de nuestra lengua. Un recorrido de más de tres siglos en el que han cambiado muchas cosas, pero ha permanecido una idea:

“Velar por que la lengua española, en su continua adaptación a las necesidades de los hablantes, no quiebre su esencial unidad”.

Todo comienza en Madrid, en el año 1713, cuando un hombre con visión y amor por nuestra lengua decidió crear una institución destinada a velar por ella. Este hombre fue Juan Manuel Fernández Pacheco y Zúñiga, octavo marqués de Villena, noble ilustrado y gran amigo de las letras, quien además fue su primer director.

Inspirado por el modelo de la Academia Francesa y bajo el reinado de Felipe V, Pacheco reunió a un grupo de sabios para formar una institución que trabajara «al servicio del idioma español”.

Lo más curioso es que sus primeras reuniones no se celebraron en una gran institución, sino en una casa privada, como tertulias ilustradas de café y velas. Pero la iniciativa creció rápidamente y en 1714 obtuvo el reconocimiento oficial del rey, que le otorgó el título de «Real».

¡Y así nació la RAE!

«Limpia, fija y da esplendor”

Este es el famoso lema que ha acompañado a la Academia desde sus inicios. Un lema que refleja su triple objetivo: limpiar el idioma de usos confusos o incorrectos, fijar las normas y reglas ortográficas, y dar esplendor a la lengua, cultivándola y protegiéndola.

Uno de sus primeros grandes logros fue la publicación del Diccionario de Autoridades (1726-1739), una obra colosal de seis tomos que sentó las bases del español normativo. Luego vendrían la Ortografía (1741) y la Gramática (1771), piezas fundamentales para la enseñanza y la estandarización del idioma en todos los territorios de habla hispana.

Durante sus primeros siglos, la Academia tuvo sedes provisionales repartidas por la ciudad, hasta que en 1894 se trasladó a su actual hogar: un edificio clasicista en la calle Felipe IV, junto al Museo del Prado y la iglesia de los Jerónimos.

Además, desde 2007, la RAE cuenta con una segunda sede en los números 187 y 189 de la calle Serrano, donde funciona el Centro de Estudios de la RAE y de la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE).

Pero la RAE no trabaja sola. ¡Qué va!

Desde la creación en 1951 de la ASALE, la Academia colabora con otras 22 corporaciones lingüísticas en América, Filipinas y Guinea Ecuatorial. ¿No es emocionante?

Este enfoque panhispánico se ha convertido en la gran apuesta de la RAE en el siglo XXI: una lengua compartida por más de 500 millones de hablantes, cuidada por una red internacional de académicos, lingüistas y expertos que entienden que el idioma pertenece a todos sus hablantes, no solo a una élite ni a una nación.

La corporación está compuesta por 46 académicos de número, vitalicios, elegidos entre personalidades destacadas del mundo de las letras, la ciencia, la historia, el derecho o la filosofía.

Algunos de ellos seguro que te suenan, como los escritores Mario Vargas Llosa — fallecido recientemente — o Arturo Pérez-Reverte.

A lo largo de su historia, la RAE ha sabido adaptarse a los tiempos. Si antes sus obras se publicaban en grandes volúmenes encuadernados, hoy muchas de sus herramientas más consultadas están disponibles online y de forma gratuita.

Además, participa activamente en debates contemporáneos sobre el lenguaje inclusivo, los neologismos, el uso del español en la inteligencia artificial, y mucho más.

Curiosidades para los amantes de la lengua

Visitar la sede de la Real Academia Española no es solo entrar en un edificio histórico. Es también asomarse a un universo lleno de anécdotas, símbolos, tradiciones y pequeños tesoros escondidos que fascinan a los que sentimos debilidad por las palabras.

Aquí te dejo algunas de esas curiosidades que hacen de este lugar un rincón tan especial.

Los sillones con letra: una tradición con significado

Uno de los detalles más curiosos — y simbólicos — de la Real Academia Española es que cada académico de número ocupa una “silla” identificada con una letra del alfabeto.

Sí, como lo lees: en vez de numerarse o llevar nombres, los 46 sillones académicos llevan inscritas letras — tanto mayúsculas como minúsculas — del abecedario latino utilizado en español.

Este sistema, único y con mucho carácter, se remonta a los orígenes de la institución. Las primeras 24 plazas fueron asignadas a letras mayúsculas, pero con el paso del tiempo y la necesidad de acoger a más académicos, se incorporaron también letras minúsculas, ampliando así el número de sillones disponibles.

Actualmente hay 46 sillas activas, pero si la institución volviera a necesitar crecer, todavía quedaría margen: hay ocho letras que aún no tienen sillón (¡entre ellas, algunas tan emblemáticas como la Ñ!).

En concreto, no existen las sillas Ñ, v, W, w, x, Y, y, ni z. Así que, quién sabe… tal vez en un futuro no muy lejano, una nueva letra — o una nueva académica con pasión por las palabras — ocupe alguno de esos lugares aún vacantes.

Yo tengo claro cuál querría que me dieran: el sillón de la Ñ. Porque no hay letra que nos represente mejor como hispanohablantes, ¿verdad?

¡Por cierto! Actualmente, además de la p, está vacante la letra o, cuyo anterior titular fue el arquitecto Antonio Fernández de Alba.  

Y, por si te lo estabas preguntando, no, los académicos oficialmente no cobran, aunque sí tienen una serie de dietas por alojamiento, desplazamiento y comida para acudir al Pleno.

¿Cómo se eligen las palabras que entran al diccionario?

Aunque muchos imaginamos que la RAE impone reglas desde un trono lingüístico, la realidad es más compleja y mucho más democrática. Las palabras nuevas no se «inventan» en la RAE, sino que surgen del uso real que hacen los hablantes.

Los lingüistas y académicos las rastrean a través de corpus digitales, literatura contemporánea, medios de comunicación, redes sociales y consultas ciudadanas.

Cuando una palabra aparece de forma constante, con un sentido claro y extendido, se analiza y, si cumple los criterios, puede acabar entrando en el Diccionario de la lengua española. Así ha sucedido, por ejemplo, con palabras como selfi, dron, sororidad o meme.

La RAE añade… ¡y también elimina!

Ya te he contado cómo la RAE añade nuevas palabras al diccionario, como cringe o machirulo. Pero lo que a veces pasa desapercibido es que la RAE también borra. Sí, sí, como lo lees: hay palabras que, por falta de uso o por considerarse obsoletas, desaparecen oficialmente del diccionario.

Y aunque eso no significa que no podamos seguir usándolas en nuestros poemas, charlas o textos, sí marca un pequeño adiós simbólico. Porque cada vez que una palabra se va, se pierde un pedacito de historia, de identidad…

En los últimos 100 años se han eliminado cerca de 2.800 palabras, como almofrej, ladino, tutía, pardiez, durindaina, minguado, malfaciente, zozobrante

¡Eso sí! Como te digo, que la RAE las quite del diccionario no significa que no puedas usarlas. Significa que ya no están reconocidas oficialmente como palabras de uso actual y generalizado, pero siguen siendo parte de nuestro patrimonio lingüístico.

Son como reliquias de un castellano más barroco, rural o literario. Tesoros olvidados… hasta que alguien, como tú y como yo, los rescata del silencio.

Así que la próxima vez que quieras impresionar en una sobremesa, di: «porfijaré este recuerdo como mío». Y cuando alguien te mire raro, sonríe y acuérdate de que yo estaré, probablemente, haciendo lo mismo en cualquier otro lado.

Una biblioteca de otro tiempo

La RAE no solo custodia el idioma: custodia también sus huellas. Y uno de los espacios más fascinantes de su sede es, sin duda, su biblioteca. ¡Ay, cómo me gustó!

Este lugar guarda alrededor de 300.000 volúmenes: desde los libros que han acompañado los trabajos académicos desde la fundación de la RAE en 1713, hasta primeras ediciones de obras como las de Cervantes, Lope de Vega, Rosalía de Castro o Rubén Darío.

También hay manuscritos, incunables, y piezas rarísimas, muchas de ellas donadas por los propios académicos o por amigos de la institución, lo que convierte este fondo en una biblioteca viva.

La biblioteca está especializada en lengua y literatura españolas e hispanoamericanas, pero entre sus estantes también hay tesoros inesperados sobre los más diversos temas: desde gramáticas coloniales hasta tratados de lexicografía, filología y curiosidades del español.

Y, aunque no está abierta al público general, sí pueden acceder a ella investigadores acreditados, los propios académicos y todos aquellos colaboradores que trabajan en los proyectos panhispánicos de la institución.

Una parte fundamental de su riqueza proviene de dos legados excepcionales: el del bibliógrafo Antonio Rodríguez-Moñino y María Brey, y el del poeta y director de la RAE entre 1968 y 1982, Dámaso Alonso. Ambos conservan su identidad propia dentro del conjunto de la biblioteca y son, por derecho propio, miniuniversos literarios dentro de este gran cosmos académico.

Si te ha dado un poco de pena (como a mí) no estar dentro de ese círculo tan selecto de personas que pueden pasearse entre estos libros únicos, déjame contarte algo que seguro te alegra el día: desde hace años, la RAE trabaja en un ambicioso proceso de digitalización que ya permite consultar en línea más de 4.800 obras repartidas en 5.250 volúmenes.

No es lo mismo que hojear un incunable en silencio reverencial, lo sé… pero, oye, no está nada mal.

¿Se puede visitar la sede?

La sede de la RAE, ubicada en el número 4 de la calle Felipe IV, en el distrito de Retiro de Madrid, no está abierta al público de forma habitual.

Eso sí, de vez en cuando la RAE — y otras instituciones, como la Mutua Madrileña — organizan eventos especiales y visitas guiadas que nos permiten a los ciudadanos de a pie acceder a sus instalaciones.

Por ejemplo, en el marco de la iniciativa «La Noche de los Libros» (en abril), se ofrecen visitas guiadas a la sede, permitiendo a los visitantes recorrer espacios emblemáticos como la sala de plenos, la biblioteca académica y el salón de actos.

Además, en ocasiones especiales como «Madrid Otra Mirada» (en octubre), la RAE ha abierto sus puertas al público general, ofreciendo visitas gratuitas con inscripción previa.

Para obtener información actualizada sobre futuras visitas o eventos, te recomiendo consultar la página oficial de la RAE o contactar directamente con su departamento de comunicación. ¡Ellos sabrán guiarte!

¿Cómo llegar?

Si eres de los afortunados que han conseguido plaza en alguna de sus visitas guiadas, querrás saber cómo llegar hasta allí. ¡Obviamente! Y déjame decirte que hacerlo no solo es fácil, sino que además el camino puede convertirse en un paseo cultural por sí mismo.

En Metro, puedes tomar la línea 2 y bajarte en Banco de España. Desde ahí, solo tendrás que caminar unos 10 minutos. También puedes tomar la línea 1, bajarte en Atocha Renfe, y subir a pie por el Paseo del Prado (unos 15 minutillos) o tomar un autobús.

De hecho, son muchas las líneas de la EMT que tienen parada en el Paseo del Prado, a escasos metros de la sede de la RAE. Las más recomendables son: 001, 10, 14, 19, 27.

Si estás disfrutando del centro de Madrid, puedes llegar caminando desde:

  • El Museo del Prado (1 minuto).
  • El Parque del Retiro (entrada por la Puerta de Felipe IV, a 2 minutos).
  • La Puerta del Sol, en un paseo de unos 20 minutos.

También puedes llegar en taxi sin problema, e incluso en coche propio, ya que la zona no pertenece al área de bajas emisiones de Madrid. Eso sí, aparques en el exterior o en un parking público, tendrás que pagar. ¡No lo olvides, o te pondrán una multa!

Y por último, te dejo un pequeño consejito de viajera: aprovecha tu visita para recorrer también el Triángulo del Arte. Muy cerca de la sede de la RAE están el Museo Reina Sofía, el Museo Thyssen-Bornemisza y, por supuesto, el Prado.

¡Un plan redondo para los amantes de la cultura, el arte y el idioma!

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